William Castillo: Piedra, Papel o Tijera – «Bakunin subvierte el orden de la enfermedad»

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William Castillo: Piedra, Papel o Tijera – «Bakunin subvierte el orden de la enfermedad».

Con el anuncio de Vladimir Putin de que Rusia ha producido la primera vacuna contra el virus SARS CoV-2, se oficializa la guerra de las vacunas; una encarnizada batalla política, económica y mediática, que hasta ahora se libraba soterradamente en los laboratorios de algunos de los centros de investigación más prestigiosos del mundo, en las Bolsas de Valores y en las hojas de cálculo que tasan la rentabilidad de la pandemia.

Inmediatamente, desde la industria de la desinformación, se ha destapado una suerte de “rusofobia epidemiológica” que busca -con mayor o menor elegancia- invisibilizar o descalificar el hallazgo del Instituto de Epidemiología Gamaleja de Moscú.

 

Poco importa que -para darle fuerza al anuncio- Putin haya dicho que su propia hija recibió una dosis de la vacuna. Los dispositivos del sentido se han movido con rapidez para tender una suerte de “cordón sanitario informativo” antes de que se propague la infausta noticia: como en 1957, cuando lanzó el primer satélite al espacio, Moscú, nuevamente, le ha ganado la carrera a Occidente.

 

La propia Organización Mundial de la Salud, en el epicentro de esta batalla monumental de intereses y presiones, reaccionó con indisimulada incomodidad al hallazgo ruso.

“¡Falta la fase tres, aún no ha llegado la vacuna”, exclamó desde Ginebra la OMS; que calcula en 100 mill millones de dólares la cifra para lograr la ansiada vacuna. Un montón de plata que a cualquiera le produce declaraciones de semejante tenor.

Hace apenas unos días, la organización que dirige el sr. Tedros dijo que hay más de 140 proyectos de vacunas diferentes contra el coronavirus, y anunciaba los seis proyectos “más promisorios”, todos occidentales y vinculados al Big Pharma -salvo por supuesto los de China- y entre los que no se contaba a los científicos rusos.

 

William Castillo: Piedra, Papel o Tijera – «Bakunin subvierte el orden de la enfermedad»

 

Un día después del anuncio de Putin, la farmacéutica Astra Zéneca informó que fabricará la “vacuna de Oxford” ( el nombre ya es más potable y hollywoodense) en Argentina y México, para traer la salvación al continente americano.

Mientras, la DW, la agencia de noticia vinculada al Gobierno alemán, dice -casi en anonimato- que científicos alemanes creen que hay razones para “temer a la vacuna rusa”. Hay poco de interés científico y nada de solidaridad en estas reacciones del “mercado”. Nadie quiere perder su tajada del negocio.

Razones de peso hay para no alegrarse con la noticia que difunde el Kremlin. Detrás de esta nueva “quimera del oro”, de esta desenfrenada puja a contrarreloj por la vacuna, se encuentra una batalla geopolítica y una ambiciosa competencia mercantil global por los beneficios del ansiado milagro contra el COVID. Y en fin de cuentas por el mercado de la salud, o mejor, por el lucrativo negocio de la enfermedad.

 

William Castillo: «Bakunin subvierte el orden de la enfermedad»

El negocio de la enfermedad

En el negocio farmacéutico lo que más se prescribe es el dinero. El mercado de los fármacos vale 1,25 billones de dólares. De ese gigantesco mercado (que tiene en las enfermedades coronarias, el cáncer y la diabetes, los motores de la salud financiera del llamado “Big Pharma”), el mercado de las vacunas ocupaba hasta hora la modesta porción de 60 mil millones de dólares. Sólo las proyecciones de inversión en la vacuna del COVID de la OMS casi duplican esa cifra.

El Coronavirus ha vuelto patas arriba la zona de confort de las grandes corporaciones de la enfermedad. Y no se trata sólo de la vacuna.

El mercado del plasma (una de las grandes promesas para tratar a los pacientes más graves de la infección) produce 20 mil de dólares al año; incluso, la polémica hidroxicloroquina podría alcanzar ventas por 2.300 millones de aquí a 2027.

A eso súmele usted la economía de los suministros y equipos debido a la nueva realidad-paranoia del contagio. Todo ello, sin hablar del negocio cloro y de los desinfectantes, el tratamiento recomendado de Donald Trump.

 

Y es que el descubrimiento ruso pone en cuestión todo el entramado dirigido privatizar la solución al COVID19. El brote de ébola en el Congo a partir de 2014 fue una muestra difícilmente mejorable de cómo funciona el negocio de la enfermedad. La vacuna fue desarrollada por el Instituto de Salud Pública de Canadá con dinero público.

Pero, cuando estaba en la llamada fase III (con 75% de probabilidad de éxito) apareció el gigante Merck, compró la vacuna e inmediatamente la comercializó. El resto es historia: hoy el ébola sigue matando gente en el Congo y en otros países. Pobres y excluidos que hubieran podido salvarse si la vacuna fuese pública y gratuita.

¿Qué pasará en el mercado y en el negocio global de la enfermedad si la vacuna rusa confirma su éxito, si Putin la coloca a disposición de los países pequeños y pobres? En respuesta al anuncio de Moscú, Cuba ha informado que ya está en condiciones de fabricar la vacuna Sputnik V.

¿Qué pasará si la vacuna china, próxima a salir, es puesta efectivamente a disposición, de todos los ciudadanos, pobres o ricos de forma gratuita, como “bien público mundial”, tal como ha prometido el presidente Xi Jiping?

 

Dejen en paz a Bakunin

“La mano que mece la cuna, es la mano que dominará el mundo”, se suele decir. La mano que pondrá la vacuna definirá el futuro de los sistemas de salud por los próximos años. Y ¿por qué no? Si los científicos rusos y chinos tienen éxito ¿por qué no repensar todo el modelo de salud?

Si algo ha puesto en evidencia la pandemia es la naturaleza profundamente inhumana y criminal de las soluciones del sistema de mercado. La incapacidad filosófica, estructural y económica de un sistema basado en el egoísmo, en el sálvese quien pueda y el dinero, para lidiar con un fenómeno colectivo, que no distingue y que se expande por el aire, no puede ya ser ocultada. El Coronavirus ha roto ese velo, ha destruido esa ridícula ilusión de engaño occidental.

 

La incertidumbre, la desesperación, la exclusión y la muerte son las palabras que mejor definen la fallida respuesta del sistema del Capital ante el coronavirus. Y ya pueden lanzar todas las campañas que quieran contra la vacuna rusa, contra la siguiente vacuna china, o contra el interferón cubano. Nadie puede ocultar el sol con los medios.

Al final del día, la verdad de quién apoyará y apostará por la vida y quién por el dinero, se probará en la práctica. Como dice Michel Foucault, el filósofo que pensó con mayor agudeza la relaciones entre el poder y el cuerpo, no debería ser el poder el que prevalezca, sino la humanidad, a la que nos debemos todas y todos.

 

Hace días, alguien en broma propuso llamar a la vacuna rusa “Bakunin”, un simpático acrónimo que juega con el nombre del gran anarquista ruso. Pues bien, amigos del Capital: dejen de perseguir a Bakunin. Su subversión es legítima, necesaria… y deseada.

Dejen tranquilas a Rusia y China y dejen de descalificar a sus científicos. Paren la persecución a Cuba, y por una vez dignifiquen el Premio Nóbel otorgándoselo a las brigadas médicas cubanas.

 

Veamos si estos buenos y tremendos esfuerzos científicos, pioneros y esperanzadores pueden ayudar al mundo a salir de la pandémica tragedia. O si el modelo de la salud, de la vida y sus tormentos es -al menos- repensado. Si es así, en parte se lo deberemos a “Bakunin”.

William Castillo Bollé

 

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