¡Yo vuelvo a la Caminata de San Sebastián! | Carmen Pacheco

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Este último sábado del mes de enero se celebró la Caminata de San Sebastián 2026, y Guacara aceptó el reto de los cuarenta y dos kilómetros a través del Parque Nacional “Henri Pittier” hasta llegar a la iglesia de Ocumare. Es un evento que abarca religión, deporte y naturaleza.

Quería saber, de primera mano, qué se siente atravesar esa montaña que embriaga con su naturaleza; vivir ese clima que varía de lo fresco a lo húmedo según la hora. Al rayar el sol, la temperatura aumenta y la humedad se impone con más fuerza, transformando por completo la experiencia del camino.

Le pedí a una senderista que me narrara su experiencia en la caminata, ya que esta es su segunda vez en San Sebastián. Su nombre es Anaís Marbelia Risso. Hoy, más descansada, aunque con las piernas “templadas”, como ella dice, logró contarme entre risas y quejas lo que vivió en el sendero que lleva a Ocumare:

 

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En realidad, empecé a hacer la Caminata de San Sebastián por mi hermana Ana María. Ella fue la primera de nosotras que comenzó a asistir a esa caminata y le preguntábamos: “¿Cómo es esa caminata?” Porque la veíamos ruda.

Mi hermana nos motivó diciéndonos: “Si pueden, claro que pueden, vamos a lograrlo, entrenen”. Y le hicimos caso. Esta es mi segunda caminata. Unos meses antes comienzo a subir cerro, corro y voy al gimnasio, que es algo prioritario para mí.

En esta aventura están mis dos hermanas: Ana María Risso, Marbelys Risso y una amiga de muchos años, Wendy Acevedo. Nos hacemos llamar “El cuarteto”. Durante toda la travesía es pura diversión, echadera de broma, quejas, sobre todo cuando ya estamos cerca de la recta final.

 

DE LA MISMA AUTORA: UN PORTAL SIN RETORNO

 

Todo comienza el día anterior con las comidas y la hidratación. Los carbohidratos son esenciales para llevar reserva para ese largo camino y la hidratación es básica para tener energía al otro día. Mi desayuno es rico en carbohidratos. Hay quien come suave y luego anda muriéndose de hambre en la caminata.

Yo iba animando a mi hermana Marbelys porque ella llegó de última en la caminata anterior y le decíamos: “¡Vamos, Marbe, que sí se puede!”; sin embargo, la condenada me pasaba e iba adelante la mayor parte del recorrido. Decidí ir más lento por lo de los músculos porque bajar veinte kilómetros seguidos no es fácil.

Esta vez hice más trote que el año anterior. Me di cuenta de que el cuerpo está diseñado para lo que uno se propone. Yo me decía: “Sí puedo”, y lo hice, deteniéndome un ratico y luego seguía; eso me hizo sentir bien.

Uno se va encontrando con personas cansadas que ya no pueden más y las invitamos a seguir adelante. También vi a niños, no sé si llegaron a concluir el recorrido. Algo que no entendí fue por qué llevaban niños a esa caminata tan fuerte en distancia y clima.

Vi muchas personas adultas que me motivaban a seguir y yo me decía: “Si ellos pueden, ¿por qué no voy a poder yo? Siempre te consigues con alguien con quien bromear. Hubo un momento en que íbamos las tres hermanas tomándonos fotos y pasó un señor y nos dijo: “Yo pensé que saldría en la foto con estas mujeres tan bellas”.

Algo muy curioso sucedió en los últimos diez kilómetros, que son los más complicados o difíciles porque el sol a esa altura de la carrera es muy fuerte. Yo iba destruida. Me dolían las piernas, me salió una ampolla en el pie izquierdo; en eso veo a un señor bastante mayor caminando firme y le digo: “¡Señor, lléveme a caballito!”. Y él me dice: “¡No, no, hija, prefiero pagarle la moto, yo también voy espichao!”.

Otra cosa fueron los kilómetros marcados a la orilla del camino. A medida que avanzas, sientes que se está acercando el final, pero en mi delirio vi que decía “treinta y siete” y el que seguía también decía “treinta y siete” y yo grité: “¡Dios mío, cómo que treinta y siete, si yo acabo de pasar ese número, ¿cómo es que aparece otra vez?”… ¡Es una vaina loca!

Marbelys y yo preparamos un plan, donde los primeros doce kilómetros los caminaríamos a paso rápido; los veinticuatro, trotando, y los últimos diez remataríamos trotando. Pero fue imposible porque en los últimos diez ya íbamos deshechas. ¡Lo que quieres es que pase una moto, una ambulancia o un caballo que te lleve!

Estaba muy cansada. Me dolía todo. Aparte, los zapatos me mataron esta vez. Eran mis zapatos running los que venía usando. Estaban bien, pero no aptos para esta caminata; al final lo entendí.

Al pasar la meta nos imponen la medalla y nos entregan cambures y agua. No puedes dejar de caminar hasta que te montan en una camilla y los terapeutas comienzan a darte masajes para aminorar la fatiga de los músculos.

Habíamos alquilado habitaciones en una posada y nos metimos, de una, a la piscina. Era imposible caminar por los dolores. Yo pensaba que era a mí, solamente que me dolía, pero no. Para donde volteabas veías a las personas caminando igual que un “robot”, como nosotras.

Para mí, el deporte es muy importante. Independientemente de los dolores que dejan al terminar y que me duran como tres días. El contacto con la gente y estar en la naturaleza me encanta. Ver tantas personas adultas es motivante. Como ese señor que me dijo: “¡Yo estoy espichao!”. De esa manera yo quiero llegar a mi vejez, fuerte, activa y valiéndome por mí misma, y sí, ¡volveré!

 

​Cada persona es un mundo, y el de Anaís Marbelia se nutre de un motor particular: la inspiración de ver a adultos activos. Su ambición no es solo cumplir años, sino llegar a ellos siendo la mujer que ya es: alegre, emprendedora y con la audacia intacta para lanzarse a lo desconocido.

El grito de «¡Ahí viene el cuarteto!» retumbó por toda la montaña, anunciando un ánimo inquebrantable que repartía alegría a su paso. Así, entre risas y complicidad, fueron devorando kilómetros, demostrando que el camino es más ligero cuando se recorre con el corazón encendido.

 

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Carmen Pacheco-columna Crónicas del peatón-portada

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia / RN