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Un portal sin retorno | Carmen Pacheco

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La Junta de Condominio del edificio dio a conocer la decisión de contratar una empresa para la limpieza de los tanques de agua. Las otras dos torres también se pusieron de acuerdo con dicha empresa para el mantenimiento de sus tanques por un costo bastante económico.

Algunos vecinos no estuvieron de acuerdo y alegaban que esa labor la venían realizando ellos desde hacía tiempo en cooperación con todos los que ahí hacían vida, quienes incluso se encargaban del almuerzo e hidratación de los que colaboraban ese día; alegaban además que era un gasto innecesario traer personas de afuera.

Días después, una cuadrilla de la empresa contratada llegó con el gerente y ocho jóvenes. Los encargados del condominio los recibieron e indicaron los tanques a limpiar.

Algunos de los vecinos que no estuvieron de acuerdo con la contratación murmuraban por los pasillos:

—Me parece absurdo toda esta gastadera de dinero al contratar a personas para hacer lo que veníamos haciendo los vecinos —comentó alguien.

—Según ellos, el precio de la limpieza es barata —respondió una vecina.

Mientras tanto, el dueño de la compañía subió junto con los ocho jóvenes para comenzar a limpiar los tanques aéreos. Terminaron alrededor de las dos y media de la tarde.

 

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—¡Raúl, vamos bajando. Ábranos la puerta del tanque subterráneo! —gritó el dueño de la compañía.

¡Estamos abajo! —le contestaron.

Después de hacerse con los implementos para la limpieza del tanque subterráneo, los jóvenes comenzaron a bajar sin saber que en cuestión de minutos estarían cruzando un portal del cual no volverían jamás.

Comenzaron a sacar agua a punta de tobos, pero eso era agotador e infructuoso. Fue cuando el encargado llamó por teléfono para que le trajeran una bomba de achique para agilizar la limpieza.

El hombre andaba enredado con otras cosas personales y les dijo a los del Condominio:

—Tengo que ir al Centro Comercial para sacar unas copias, en cualquier momento llegará una camioneta roja con la bomba para que la reciban.

Efectivamente la bomba de achique llegó como lo había dicho el encargado. Esta la colocaron arriba, a un lado del tanque. Sin ninguna orientación, los  jóvenes optaron por bajar la bomba, la encendieron y continuaron su labor.

Ellos quedaron por su cuenta y los encargados del condominio no estaban al tanto de saber si se estaba haciendo bien el trabajo. Hasta que uno de los jóvenes salió arrastrándose por las escaleras y dijo: “Mis compañeros se están asfixiando con el humo…”.

Uno de los vecinos, que siempre había limpiado el tanque, estaba cerca y corrió a auxiliarlo. “¡Antonio, Antonio, ayúdame! ¡Hay que sacar a los muchachos del tanque, se están asfixiando!”. Lo cargó en sus brazos y el chico se desmayó.

Antonio corrió y lo ayudó a poner al muchacho en el suelo, mientras le gritaba: “¡No tenemos mascarillas para bajar y es un riesgo. Es preferible que alguien llame a los bomberos!”.

Los vecinos, al oír los gritos, se asomaron y al ver lo que pasaba comenzaron a su vez a gritar y a llorar: “¡Sáquenlos, sáquenlos, no dejen que se mueran!”.

El tiempo que pasó entre el primer joven que salió y la llegada de los bomberos fue eterno.

Cuando todos fueron sacados finalmente del tanque a los pasillos, desde arriba la vista era dantesca. Todo eran lamentos desesperados e impotentes. Fueron ocho jóvenes que ni siquiera sabían qué hacer en esta labor porque los contrataron en la calle a sabiendas de su nula experiencia; la negligencia del dueño de aquella empresa al dejarlos por su cuenta fue la receta para una muerte segura.

Se trató de ocho vidas que fueron truncadas por la avaricia de un individuo irresponsable que pensó que ese día podría hacer su agosto, les pagaría una miseria y él saldría con el bolsillo lleno.

El edificio se cubrió de tristeza y dolor por tanta impotencia, por no poder ayudar a aquellos infortunados muchachos que atravesaron aquel portal impensable para siempre.

 

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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia / RN