Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Autana, estado Amazonas y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

 

El portal de la isla del Carmen de Ratón, los senderos del Autana  y el orgullo de la bandera

Hay lugares donde el tiempo no se mide en horas, sino en el vaivén de las aguas y en la memoria sagrada de la tierra. Al suroccidente del estado Amazonas, allí donde el río Orinoco se ensancha para abrazar a su isla más grande, emerge Isla del Carmen de Ratón, el corazón y la capital del municipio Autana. Nacido en los albores de la década de 1920 bajo la mirada de Pedro Joroima, este poblado comenzó a dibujarse entre el aroma del barro fresco y el cobijo tradicional del bahareque. Sus calles, trazadas por el pulso de los generales Urbina y Falcón, son hoy pasajes de gratitud viva que susurran los nombres de aquellos primeros habitantes, Olimpia Rodríguez, Vicente Rodríguez, Miguel Colina y Justo Moreno, grabados en el paisaje urbano como muestra eterna de respeto.

Como un guardián en la entrada de la isla, se levanta el mojón referencial, un hito fronterizo revestido de un blanco impoluto que cuenta una historia de valentía que estremece el alma. Cuentan los abuelos que, a mediados de los sesenta, voces vecinas pretendieron cuestionar la venezolanidad de la isla. Fue entonces cuando el coraje local se hizo sentir en los brazos de Miguel Ángel Colina, quien con amor patrio plantó un asta y elevó la bandera nacional en puntos estratégicos, dejando claro a los vientos que esta tierra tiene dueños. Décadas más tarde, en febrero de 1992, la diplomacia formalizó legalmente lo que ya el pueblo había defendido con el corazón, sellando una inscripción indeleble que reza: Venezuela, Isla Ratón.

Aquellas veredas abren las puertas a un territorio de asombro donde espacios como Caño Ceje, San Vicente, los cerros Mereu y Loro, Munduapo y San Pedro del Orinoco configuran un mapa de ensueño. Es en la temporada de verano cuando el paisaje revela su secreto más íntimo: al retirarse las aguas, la geografía obsequia un festival de playas fluviales de arenas doradas que invitan al mundo a descubrir que aquí la belleza no se apura: se contempla y se respira

 

MÁS DE LA MISMA AUTORA: MUNICIPIO ATURES: ESTADO AMAZONAS

 

La piel de la selva y el abrazo de los gigantes

Para entender el alma de Autana hay que escuchar el lenguaje de sus fronteras, que no son líneas de tiza, sino abrazos de agua y verde. Hacia el norte la tierra se hermana con Atures; al este se dilata en Manapiare; mientras que por el sur y el poniente, los ríos Sipapo y Orinoco corren como venas abiertas que dibujan su silueta. Es un territorio que comulga con sus hermanos. El clima es un latido húmedo y constante; las nubes, cargadas de generosidad ecuatorial, bendicen la tierra con lluvias copiosas que alimentan el milagro de la vida. El paisaje danza entre mesetas colosales, planicies infinitas y los ancestrales tepuyes, esos gigantes de piedra que sostienen el firmamento. Bajo ese techo de neblina, una piel vegetal, espesa y celosa, lo cubre todo, cobijando las cuencas de los ríos Cuao, Sipapo, Autana y Guayapo antes de ofrendar su tributo al soberbio Orinoco. El suelo, alfombrado por la hojarasca sabia del bosque, es un vientre fértil donde late la Reserva Forestal del Sipapo, un santuario donde la vegetación juega a cambiarse de ropa: a ratos es sabana abierta, luego bosque impenetrable, y en las orillas se teje como un encaje de selva de galería.

Más allá de las individualidades, el oeste del Escudo Guayanés nos regala la Serranía Cuao-Autana. Este monumento natural es un despliegue colosal de cerros milenarios nacidos en los albores del planeta. Vivir en sus cumbres es un acto de heroísmo de la naturaleza: allí, donde la radiación es intensa y los vientos golpean con fuerza, la fauna y la flora han aprendido a dialogar con la adversidad, creando un universo de especies endémicas adaptadas bellamente a los caprichos del clima. Dos de sus hijos más ilustres, el cerro Sipapo o Paraque y el propio Cerro Autana, comparten en sus cimas especies vegetales idénticas, un lazo verde que hace suponer que, en un pasado geológico remoto, estuvieron unidos en un solo y descomunal macizo, antes de que el agua y el viento tallaran el abismo que hoy los separa.

 

Nakuanü iboto y el Árbol Sagrado de la Vida

El relieve de Autana no solo custodia la inmensidad del paisaje, sino también las huellas de lo sagrado impresas en la roca. Una de las manifestaciones más movedoras es el Cerro del Hombre Mundo, conocido en lengua jivi como Nakuanü iboto. Este coloso de lajas es un santuario vivo perfumado por árboles de manaca, ceje y cucurito, donde la vida late silenciosa con el paso esquivo de la lapa, el picure y el oso hormiguero. Cuenta la memoria ancestral que este fue el lugar elegido por Dios para descansar durante la creación, y que de estas cumbres colgó el primer sebucán del mundo. Como testimonio, el tiempo dibujó en la piedra una silueta misteriosa: para algunos, un soldado con morral; para la mirada profunda del nativo, un hombre que lleva a cuestas su catumare junto a la silueta de un sebucán y una cruz, custodiado por las comunidades de Mirabal y la Alcabala Guahibo.

Municipio Autana

Navegando el misterio, se alza el Cerro Autana, un santuario geológico y espiritual que emerge abruptamente sobre la selva siempre verde. Escondida en sus alturas, el cerro está atravesado de lado a lado por una cueva colosal que representa un milagro único en la espeleología mundial, al ser la única caverna del planeta esculpida enteramente en roca cuarcítica. Sin embargo, para los pueblos Piaroa y Jivi, el tepuy es el carácter sagrado mismo. Es el Daú-taná o mata de platanillo; es el Wahari-Kuawai, el árbol de los frutos del mundo; o el Caliberri-nae, el árbol de la vida. Cuenta el mito que de su follaje primigenio brotaron los seres humanos y de sus ramas colgaron todas las frutas y semillas que habrían de sustentarlos. Al contemplar su silueta truncada, no se ve un accidente topográfico; se mira la huella eterna del día en que el árbol de la vida fue derribado para dar paso al nacimiento del mundo. Custodiado por la comunidad de Raudal de Ceguera, este coloso declarado Monumento Natural en 1978 sigue siendo un faro de misticismo que demuestra que en Amazonas, la naturaleza y el mito respiran bajo el mismo cielo.

 

El canto del agua y los misterios de la fe

El agua aquí es la compañera limpia del camino. El río Sipapo avanza paralelo al Orinoco recogiendo las aguas de su serranía para desembocar frente a Isla de Ratón; es un río de aguas oscuras que, de cerca, revelan la transparencia del cristal, siendo el cauce más puro de la comarca. A él se une el Caño La Fortuna, cuyas corrientes nutren el día a día de las comunidades, siendo el remanso donde se lava la ropa y se mitiga el calor. En estas orillas, las piedras parecen esculpidas por una imaginación mítica: allí descansa la Piedra Encantada, una mole que desafía la gravedad al sostenerse sobre dos pequeñas rocas como columnas, señal de antiguas migraciones aborígenes; y la Piedra de Camisón, cuya roca mayor siluetea la prenda holgada de las antiguas mujeres venezolanas.

A la orilla de estos caños, la vida originaria fluye en el tobogán natural Tai-tai Jóncato o Chorro Campana. Tallado sobre una inmensa formación rocosa por donde se desliza el caño Samariapo, este rincón es el corazón y balneario de comunidades como Campo Florido, Puerto Venado, Horizonte, Morrocoy de Venado, Brisas de Nazareth y La Virgen. Aquí el agua es un lazo social: las mujeres lavan entre risas y los niños se deslizan por la piedra reviviendo los mismos juegos de sus antepasados. La identidad también se teje con hilos de milagro. Detrás del altar de la parroquia Nuestra Señora del Carmen habita la Cruz de Holanda, un crucifijo de bronce que se quedó en la isla por un bendito accidente, asumido como un lazo sagrado de protección. Ese mismo amparo se siente en el Orinoco medio con la Virgen de Castillito, erigida en 1984 sobre una roca que desafía la corriente, convirtiéndose en la patrona indiscutible de los navegantes del Orinoco.

 

Los rostros de la raíz y el último raudal

La verdadera historia de Autana está grabada en sus centros poblados. En la puerta de entrada emerge Puerto Samariapo, fundado por Emiliano y Enrique Cariban, donde las familias Lovera, Guaipo, Correa y Caballero levantaron un espacio donde conviven las churuatas tradicionales y los espacios de encuentro. La selva adentro revela el valor del conuco en comunidades como Corozito, que rinde homenaje al fruto del corozo y donde se transforma el bosque en arte a través de chinchorros y muebles de mamure. Ese amor se repite en Santa Teresita con la siembra del mapuey, y en Puente Morrocoy, fundada por Alfonso Fuentes y Margarita Mendoza para garantizar que el arte del casabe y el almidón pase a las nuevas generaciones.

La arquitectura se vuelve poesía en Venecia, un asentamiento Piaroa donde las majestuosas churuatas techadas con palma de temiche se levantan como templos de frescura. Por su parte, la Alcabala Guahibo alza con orgullo su gran galpón casabero, un espacio ritual donde la comunidad se une en torno al budare para amasar el sustento. Este viaje culmina donde el Orinoco demuestra su fuerza indómita. Naciendo desde el raudal de El Gallo se desata la bravura del Raudal de Carestía, una imponente formación rocosa que provoca corrientes abruptas que desafían la gravedad, siendo el epicentro de la pesca artesanal donde los pescadores de Puente Gómez tienden sus redes con destreza milenaria. Y cerca de la desembocadura del Samariapo, emerge el Raudal de Pata de Gallo, una caída libre que florece en verano para bendecir la economía y el turismo local.

Finalmente, la reverencia a los que partieron se resguarda en sus camposantos. Desde el misticismo del Cementerio Piaroa de Pedro Camejo, vedado al forastero, hasta el Cementerio Jivi al norte de Santa Inés, donde los difuntos son despedidos con jarrones, vasijas con agua y monedas; ofrendas de amor que identifican su paso por el mundo y aseguran que, en su viaje al más allá, jamás olviden el camino de regreso a su raíz. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.comEscritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

Ciudad Valencia/RM