Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas. El pasado 6 de agosto se cumplieron doscientos años del legendario triunfo militar en las pampas de Junín, llanura sin vegetación arbórea, ubicada a unos 4100 metros sobre el nivel del mar; que otorgó a los patriotas el control de la zona central de Perú y abrió el camino para el triunfo definitivo en la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824; victoria con la que se pondría fin al dominio español en territorio suramericano. La batalla de Junín demostró, una vez más, el talento y la capacidad estratégico-militar del Libertador Simón Bolívar, así como la extraordinaria capacidad combativa de la caballería patriota, gran parte de ella, llaneros venezolanos.
¿Por qué luchar en Perú?
Bolívar siempre tuvo una visión continental de la guerra y de la política. Desde fecha bastante temprana como el año 1815, analizaba en la llamada Carta de Jamaica la situación política del continente, vislumbrando posibles escenarios de integración tras los procesos de liberación de los pueblos americanos. El Libertador siempre tuvo claro que la independencia de estos pueblos no estaría asegurada mientras persistieran vestigios de dominio español. Su derrota debía abarcar a todas las naciones del continente.
En 1818 escribía carta al Director de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Martín de Pueyrredón, enfatizando que la unión podría convertir a los pueblos de América en “la reina de las naciones y la madre de las repúblicas”. Más tarde, tras el triunfo en la segunda batalla de Carabobo, envió comunicación al protector de Perú, general José de San Martín, indicándole: “Mi primer pensamiento en el campo de Carabobo, cuando vi mi patria libre, fue V.E, el Perú y su ejército libertador”. Con similares palabras dirigió comunicación al Director de Chile, Bernardo O`Higgins señalando: “Lleno de los más ardientes deseos de participar de las glorias del ejército libertador del Perú, el de Colombia marcha a quebrantar cuantas cadenas encuentre en los pueblos esclavos que gimen en la América meridional”.
Esa convicción la afianzó tras los triunfos en Bomboná y Pichincha con los que se alcanzó la liberación de Quito y consolidó la integración de Colombia. El siguiente paso fue definir el curso de la guerra hacia el Sur, aspecto que quedaría resuelto tras su entrevista con San Martín en julio de ese año. Sin embargo, Perú hacía parte de otra organización político territorial, creada desde la colonia, que la convirtió en sede de un Virreinato, el segundo más antiguo de América. Las tropas colombianas debían evitar ser percibidas como un ejército invasor.
Tal situación quedaría zanjada con la invitación cursada al Libertador por el Congreso peruano para contribuir con su independencia. Bolívar era entonces el líder más importante de Suramérica, prestigioso militar y presidente de Colombia. A su llegada a Perú, en septiembre de 1823, consiguió una nación dividida donde existían dos presidentes: José de la Riva Agüero, destituido por el Congreso tras su arribo al país y Bernardo de Torre Tagle, designado nuevo presidente. El territorio estaba igualmente dividido: el norte partidario de la República controlado por los patriotas y el sur promonárquico dominado por los realistas.
El alzamiento de la guarnición de El Callao, en febrero de 1824, que facilitó el avance de las tropas realistas hasta la ciudad de Lima, obligó a Bolívar a establecer la dictadura asumiendo plenos poderes para enfrentar la situación de anarquía que afrontaba la nación peruana. Fue en este contexto que ocurrió la histórica batalla de Junín, cuyo triunfo marcaría el rumbo de lo acontecido posteriormente en Ayacucho.
Un ejército suramericano
La batalla de Junín tuvo varias características: su protagonista fue la caballería, ejecutándose el combate jinete a jinete con lanzas y sables; quedando ausentes fusiles y cañones. Fue un enfrentamiento librado a una altitud considerable que supuso gran esfuerzo para los soldados, sobre todo venezolanos, habitantes de zonas bajas en los llanos de su país. Se estima que su duración fue de unos 45 minutos, lo que destaca más la capacidad combativa de la caballería libertadora. El ejército republicano estuvo integrado por combatientes suramericanos: venezolanos, neogranadinos, quiteños, argentinos, chilenos, peruanos, incluso ingleses.
Al triunfo patriota contribuyeron varios factores: las fuerzas realistas estaban divididas entre el Virrey José de la Serna y el general Pedro Antonio de Olañeta. Alegaba el general que el Virrey había sido nombrado por el gobierno liberal en España, designación que había perdido legitimidad tras el retorno del régimen absolutista. En tal circunstancia a las fuerzas realistas del Norte comandadas por el general José de Canterac, les resultó imposible unirse con las tropas del general Gerónimo Valdez, enviado por el Virrey a combatir la rebelión de Olañeta.
El día 6 de agosto los ejércitos se enfrentaron en las pampas de Junín. El avance de la caballería patriota por un camino de difícil tránsito en las proximidades de la laguna de Reyes, rodeado por cerros y pantanos, dificultaba el rápido despliegue de la caballería, que sin embargo, al salir a la llanura intentaba formarse rápidamente. Esta primera avanzada estuvo integrada por el batallón “Granaderos de Colombia” comandados por el mayor Otto Phillipp Braun.
Fueron ellos los primeros en recibir las cargas de la caballería realista, resistiendo la dura embestida con coraje y valentía hasta lograr abrirse paso momentáneamente en la sabana, pero la dura arremetida enemiga les hizo retroceder. Creyéndose victoriosos y actuando de forma imprudente, el ejército de Canterac intentó una persecución desordenada que les impidió percatarse de las columnas patriotas que estaban ubicadas por su flanco derecho, quienes aguardaron el paso de los realistas para ejecutar ataque por la retaguardia. Repentinamente los españoles quedaban envueltos y atacados por ambos frentes. Esta acción resultó decisiva para el triunfo republicano.
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La victoria patriota permitió el control de las provincias de Tarma, Lima, Huancavilca, Huamanga y parte del Cuzco, es decir la zona central del país. Los realistas quedarían arrinconados en el alto Perú y la fortaleza de El Callao. También proveyó importante cantidad de armas y pertrechos abandonados por los realistas en su retirada. Fortaleció la moral y espíritu de combate de los republicanos, quienes afrontarían con mayor convicción de triunfo el combate en Ayacucho.
Aunque Bolívar alcanzaba una importante victoria que consagraba más su grandeza política y militar, le fue impedido culminar la guerra. Las intrigas y conspiraciones orquestadas desde Bogotá, hicieron que el Congreso retirara los poderes especiales que le había otorgado para dirigir la campaña de Perú y requiriera su presencia en la capital. Correspondería al “Abel de América”, Antonio José de Sucre, alcanzar la Gloria que las intrigas y la mezquindad política negaron al Padre de la Patria.
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
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