El corazón tiene razones que la razón ignora.
Blaise Pascal

 

Ella se podría considerar como una persona igual a las demás, hace las mismas cosas que el resto, se ocupa cada mañana de que las oraciones de otros sean escuchadas, no las que van a Dios, las que van a las personas, ella escribe para otros. Comenzó como un favor para un amigo.

Ese amigo se le acercó un día y le pidió que entrara a su mente y, sobre todo, a las sensaciones que estaba experimentando por la chica que lo dejaba sin sueño. Ella pensó que sería una bonita y única experiencia, siendo una persona que tenía tanto que decirle a este mundo y que tal vez por pena callaba.

Entonces se sentó con ese amigo y lo escuchó hablar sobre tantas tardes que sonreía porque el sol le daba en la cara y él pensaba en la chica que lo dejaba sin sueño. Así escribió la primera carta para otros, luego ese amigo tuvo un conocido, el conocido otros más; por alguna extraña razón las personas que le pedían escribir cartas de amor, de salutación o de reconciliación habían sido más que todo hombres. Ella sospechaba que a ellos se les había inculcado tanto no hablar de sus sentimientos que hasta su mente se había quedado sin voz.

Por alguna razón, esa comunicación emergente había empezado a cambiar un poco en ella. Al portero de su urbanización le preguntó una mañana: “¿Estás bien?”, a lo que él le dijo: “¡Claro, señora!, ¿se le ofrece algo?”, ella hizo un gesto de negación con el rostro y continuó. Había entendido que el lenguaje de las personas es también su soledad, el tesoro de todas las palabras que guardan sus silencios.

Comenzó a ver distinto a las personas que la rodeaban, incluso hizo un juego con ella misma mientras se detenía a escribir a mitad de la tarde con un café ni tan caliente, ni tan frío. Se imaginaba que a las personas que estaban en las otras mesas les escribía cartas para tratar de conectar con lo que ella veía y sospechaba que estaban sintiendo.

El mundo secreto de las ideas, jugar con la imaginación mientras simulas ser un ciudadano común, es de los pocos ejercicios mentales que deja libre el mundo occidental, sin prejuicios, sin partidización. Al otro día, ya a mitad de su jornada, recibe la llamada de una voz femenina, a juzgar por su tono es una mujer madura.

Le dijo: ­“¿Es usted la señora de las cartas?”. Ella respondió: “Depende, ¿ha sido usted agredida por alguna de ellas?”… La voz madura respondió: “¡No!, deseo decirle a mis hijos lo mucho que los voy a extrañar”. Quedaron en conocerse, lo hicieron y ella redactó una de las cartas más difíciles que le tocó escribir.

A la mañana siguiente le preguntó al portero: “¡Oye!, ¿extrañas a tus hijos?”, a lo que él respondió: “Señora, no, viven conmigo, los veo a diario, me tienen harto esos muchachos. ¿Qué películas anda viendo usted?”. Ella hizo un gesto de negación con el rostro, fue  inevitable soltar una carcajada, le hizo saber que no mientras caminaba a su trabajo. La gracia de ese comentario le duró bastante rato.

Pasaron meses, mientras periódicamente en su vida se tenía que disfrazar emocionalmente de alguien más para ayudarlos a expresar sus sentimientos, a cada tanto le iba preguntando al portero por su necesidad de saber la respuesta. Jamás volvió a contactar a las personas, no hacía falta entender las palabras del destinatario cuando el remitente desnudaba tantas y tantas verdades. Ya eso formaba parte del secreto mundo de las personas. Ella ni siquiera deseaba saberlo.

Un día una voz diferente la llamó, le dijo: “¿Es usted la señora de las cartas?”. Ella respondió: “Depende, ¿eres de los que deseas que te lea tu destino?”. La voz diferente respondió: “¡No!, mi amigo quiere decir adiós y no sabe cómo hacerlo. Sólo me ha dejado este mensaje de tres palabras. ¿Pudieras ayudarlo a despedirse?”, ella respondió sonriente: “¡Claro!, además es especial porque es mi carta número 100. Será memorable! Entonces conversaron un poco sobre la situación y accedió a hacer la carta. Era la primera vez que no hablaba directamente con la persona que la enviaría. Aun así, entendieron que para despedirse siempre hay palabras que funcionan.

En una hoja pequeña, de esas de tacos de oficina, había escritas tres palabras: «Deja la insistencia», ella abrió grandes sus ojos. Se quedó sin habla mientras que la persona en cuestión le daba detalles de todo lo que sabía que su amigo había querido expresar y no hizo.

 

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Ella se mantuvo casi todo el tiempo en silencio, luego preguntó: “¿Hubo algo que hizo mal?, ¿se ha desinteresado de la chica?”, y así estuvieron conversando para intentar darle a ese cierre unas palabras dignas. A juzgar por lo que mandó el hombre, cualquier cosa era más digna que eso.

Entonces lo hizo, escribió la carta más detallada, de tono exacto, sin justificación ni culpa, trascendental, humana. Y a los pocos días la recibió de vuelta. Para ese entonces, su riza ya había mermado, porque reconoció la letra de la persona que amaba en ese papelito que todavía conserva, su verdadera carta de despedida, la que estaba escrita de puño y letra de él en tres palabras.

«Deja la insistencia» recogía todos los alfabetos del universo. No le habían importado las cien cartas que había escrito para los demás, con una sola que recibió, la verdadera, supo que ninguna palabra tiene tanta fuerza como las del corazón de la persona que las siente.

 

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Mirih BERBIN-foto columna-Después de Todo-las palabras

Mirih Berbin (berbinm@gmail.com) es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster en Lectura y Escritura en la Universidad de Carabobo (UC). Es profesora asistente de la UC y de la UAM. Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia con más de cien lecturas de poesía dentro y fuera del país. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación.

Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, páginas y antologías. Fue columnista de la página cultural semanal del Diario La Costa entre el 2009 y 2011. Ha publicado: Mareas (2009) y Hacerme Templo (2016), e Hilos Nacientes se encuentra en imprenta. Su poesía ha sido traducida al árabe, francés, italiano, catalán e inglés.

 

Ciudad Valencia / Fotografía de la autora @machmillan