A diario la constante de identificar cuándo se ha dado un salto al vacío de las palabras es algo que ocupa a los que, como a mí, nos importan. La ausencia se convierte en la intermitencia del universo y de las ideas que no fluyen como solían.

Sin embargo, siempre queda algo por decir, algo que mencionar, aunque sea pequeño, para sí mismo o aunque parezca insignificante; eso es tal vez lo que otro necesita leer.

Escribir es encontrar plumas invisibles por todo el camino, pistas que no se desvanecen porque tienen un sonido destino. Una conversión que nada tiene que ver con la suerte, son ellas las que hacen que todavía nos asombren los poemas, los escritos, los finales.

La sinceridad es incluso esa sorpresa en la carta que se entrega a destiempo. Las palabras, como los amores, tienen un momento, un mensaje, una decodificación propia. Un «Si no llegas al puente al atardecer del día del mes que nos juntamos sabré que lo nuestro ha terminado»…

¿Cómo se le explica que la carta no llegó a tiempo? ¿Cómo se le explica que no se le dio oportunidad a la persona para elegir entre ir o no ir a ese puente, a esa posibilidad?

Antes se cubrían la mano de tinta pero ahora nada de eso ocurre, ni la necesidad de tirar un papel a la basura porque hemos equivocado las palabras, la ortografía, o nos hemos desviado del tema principal de la carta.

De pronto, a mí me gustaría escribir la historia de muchos tiempos, recrear en todas las vidas que me precedieron el deseo de estar en otra época, pero de una manera extraña que no sabría cómo explicar, en este mismo tiempo, en esta mi única época, he podido escribir a máquina, dedicar poemas, ser contratada para escribir poemas de amor a otras personas, sentarme en una plaza para dibujar, escribir, hacer del arte mi oficio.

Es un viaje increíblemente interesante que pocos en este siglo y en este año han tenido la oportunidad de hacer. Bailar el cuerpo es una cosa, pero bailar las ideas es un arte que bien he sabido explorar y que me encanta. Entonces no me resulta para nada malo el vivir en mi tiempo, porque, al fin y al cabo, somos nosotros mismos los que decidimos lo qué haremos con él.

Desde mi última mirada hasta ahora se van sumando ideas, palabras, cuentos a medio decir, leamos qué palabras nos vienen a decir:

«No puedes recoger las palabras»… es un anuncio fuerte, una declaración de vida para asumir el compromiso de cargar con ellas, como si se tratase de todas las formas de identificación provenientes de nuestros labios.

Con los libros la sensación es distinta, las historias que se entrelazan te hacen ser un poco de cada personaje. Leamos un fragmento de la novela de Ernest Hemingway «El viejo y el mar» (1952):

 

 (…) y cuando volvió, el viejo estaba todavía dormido.
–Despierte, viejo –dijo el muchacho, y puso su mano en una de las rodillas.
El viejo abrió los ojos y por un momento fue como si regresara de muy lejos.
Luego sonrío.
–¿Qué traes?–pregunto.
–La comida –dijo el muchacho–. Vamos a comer.
–No tengo mucha hambre.
–Vamos, venga a comer. No puede pescar sin comer.
–Habrá que hacerlo –dijo el viejo, levantándose y cogiendo el periódico y
doblándolo. Luego empezó a doblar la frazada.
–No se quite la frazada –dijo el muchacho–. Mientras yo viva no saldrá a pescar
sin comer.

 

Este pudiese parecer un fragmento insignificante en la trama, pero es en realidad una motivación para todo lo que sigue. Luego de no correr con suerte en las pesas durante bastante tiempo, Santiago «el viejo» recibe una suerte de fortuna con un pez gordo, que durante las tribulaciones pierde el atractivo del mismo, lo que nos recuerda que ninguna victoria es eterna, es solo brevedad de los momentos de felicidad o plenitud

Sin embargo, también trae consigo la fortuna del hallazgo, del descubrimiento, no importa cómo terminara ese pez, Santiago lo ha encontrado, lo ha pescado, ese pez le ha dado sentido a su vida y aunque para el resto ese pez ya ha sido devorado, para el viejo no es así. Porque un joven le recordó lo bueno, la amabilidad y la compañía, y ese no despegarse, no desprenderse de la columna vertebral del pez, aunque sea lo único que de él quede. Muy buen libro, debo reconocer.

Y si algo podemos decir es que Hemingway hizo con las palabras una historia de derrotas y conquistas con dos miradas contrapuestas y unos personajes antagónicos, fugaces, que sólo vinieron brevemente a devorar lo que en una vida al viejo le llevó obtener. Hermosos recordatorios de la vida y de lo que podemos construir con las palabras que nos dan.

En los sonidos que se despiertan describimos jornadas como la de Josefina Aguilar con su novela «Laguna brava» (1996). Collete se siente agotada por el viaje, por el calor y por este polvo fino que logra meterse por todos los resquicios del tren que, ruidoso y destartalado, parece estarlos conduciendo al fin del mundo. A Juan Bautista nada lo incomoda, tan grande es su alegría por volver.

Habían recorrido kilómetros («leguas. Se dice leguas», la corrigió él) de un paisaje llano como un plato y habían hecho escala en innumerables pueblos. Todos tan aburridamente iguales, piensa Colette. Y cuando cree que la tortura del viaje no va a terminar, su marido le anuncia que está cerca…

 

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En esta novela la cotidianidad es distinta, igual que la interacción, pero es el viaje de la travesía y la conjunción de miradas diferentes y complementarias a la vez. La entrada a una realidad aparentemente tranquila en comparación con otros países y continentes, puede guardar tramas tan existenciales como la vida misma.

En su brevedad se compone de pequeñas visiones y puntos de vista que te ayudan a recrear el viaje. Como la mirada de una obra de arte desde todo punto o perspectiva y de esa manera se crea una consciencia más amplia y unificada de la historia.

Estos libros breves esconden una verdad que se hace entendible, somos nosotros los que a diario completamos las historias, con nuestra lectura, con nuestra observación siendo la mirada que complementa las palabras del autor, el protagonista callado que se lleva la historia a su trabajo, a su lugar de descanso, que la lleva en la mano, en algún bolso o maletín, que la guarda en la mesa de noche al lado de la cama, entonces… después de todo, hemos descubierto, al fin, qué hicimos de las palabras que nos dieron en recompensa.

 

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Mirih BERBIN-foto columna-Después de Todo-las palabras

Mirih Berbin (berbinm@gmail.com) es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster en Lectura y Escritura en la Universidad de Carabobo (UC). Es profesora asistente de la UC y de la UAM. Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia con más de cien lecturas de poesía dentro y fuera del país. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación.

Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, páginas y antologías. Fue columnista de la página cultural semanal del Diario La Costa entre el 2009 y 2011. Ha publicado: Mareas (2009) y Hacerme Templo (2016), e Hilos Nacientes se encuentra en imprenta. Su poesía ha sido traducida al árabe, francés, italiano, catalán e inglés.

 

Ciudad Valencia / Fotografía de la autora @machmillan