“Coro, más que un origen afectivo” por José David Capielo

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Mi ciudad natal, Coro, capital del estado Falcón, es no solo origen y afectos, sino también base fundamental en la conformación de mi propio patrimonio cultural, de mi identidad y de mi conciencia; para transitar desde allí los siempre complicados caminos de la vida.

Los afectos siempre me han acompañado y he tratado de corresponderlos, aun en la lejanía o en el relativo poco contacto, dado que circunstancialmente, luego de salir de allí a finales de los años ‘60, no volví a residenciarme como tal en ese terruño añorado.

Creo que ser integrante de una familia numerosa, de recursos escasos, nos condiciona, ya que debemos esforzarnos más para alcanzar algunos logros, donde destaco lo académico. Pero también nos reta en la necesaria coexistencia, en el convivir y compartir con el resto de la familia y el entorno; en especial con nuestros padres, que son significativos en nuestra formación en estos primeros estadios de vida.

Considero que tuve posibilidad de una infancia feliz, dentro de todas las limitaciones. Con una relación amplia tanto con mi padre y mi madre, aun estando separados, con mi abuela paterna, con mis hermanos uterinos (8), e igualmente con la madrastra y los hermanos paternos (13).

Mi padre era un hombre honesto y trabajador, y pese a las desavenencias, mantuvimos siempre mucho respeto e igual cariño. Mi madre era laboriosa, independiente y exigente, pero a la vez amorosa y solidaria, con una preocupación particular porque estudiáramos y saliéramos adelante.

Es significativo para mí el haber trabajado desde niño con mi padre, cumpliendo distintas labores de apoyo, en un pequeño comercio de su propiedad, lo que fue gran enseñanza. Eso sí, atendiendo prioritariamente los estudios formales, bajo la tutela de mi madre, que entre otras cosas lo conectaban a uno con otras realidades, desde la más inocente primaria, hasta los estudios en el liceo, que formaban de por sí conciencias, en esos tiempos convulsos de los años ‘60 en toda esa región falconiana.

Lo cierto es que ya fuera de Coro, siempre buscaba yo la forma de no desconectarme, de realizar aunque fuesen visitas cortas, no solo individualmente, sino posteriormente con mi propia familia. Debo reivindicar también el carácter solidario de toda mi gente, encabezados por mi progenitora, con quien compartimos mucho, y que estaba siempre atenta de todos sus hijos y descendientes.

Es de grato recuerdo todo lo vivido en ese sector de Coro de la calle Churuguara abajo, en no más de dos cuadras, donde vivían tanto mi madre y mi núcleo familiar, como también mi padre, su nueva familia y la abuela; zona identificada como Barrio Las Panelas, de la parroquia Santa Ana.

También llegué a identificarme con los distintos sitios y edificaciones emblemáticos de la localidad. Recorríamos así el Teatro Alcázar, el liceo “Cecilio Acosta”, donde estudié; la Biblioteca Pública “José David Curiel”; la Casa de las Cien Ventanas, la Alameda y la llamada Zona Colonial, que en 1993 fue declarada por la UNESCO, junto con La Vela de Coro, Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Y un monumento natural falconiano por el que he sentido especial estima son los Médanos de Coro, decretado Parque Nacional en 1974, el cual se extiende a lo largo de los 30 kilómetros del Istmo que une la Península de Paraguaná con la ciudad capital. Son algo majestuoso esas montañas de arena, que se mueven permanentemente por la acción del viento; una visita visita obligada para mí en cada regreso al terruño.

Según la historiadora Elina Lovera (UPEL, 2012), es admirable el espíritu gregario de los falconianos, y es claro su sentido de pertenencia, como parte del gentilicio regional. No olvidamos nuestros orígenes y el trato especial a nuestros coterráneos. Lo sentimos así, por ejemplo, con Alí Primera, con su canto y poesía; y esto refuerza lo “necesario” y revolucionario de su obra imperecedera.

Santa Ana de Coro fue fundada un 26 de julio de 1527 como uno de los primeros asentamientos en tierra firme, desde donde los invasores españoles desarrollaron su acción expoliadora y evangelizadora. No bastó el espíritu relativamente apacible de la mayoría aborigen caquetía; para diezmar igualmente estas tierras y reducir su población a menos de la mitad, para el momento del triunfo independentista en 1823.

 

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Sin pretender ser fatídico, ya que creo que todos vivimos hasta el día que nos toque partir, y no antes, reflexionaba a finales del año 2019, luego de cumplir siete décadas de existencia, con una especie de prosa “poética”:

“Es claro que la tierra nos llama / y que nuestro gentilicio nos sensibiliza/ por eso, al término de lo que la vida hubo/ más que sepultura, nuestro orgullo/ es volver a ella, aún sea vuelto cenizas.

En las circunstancias actuales, con la pandemia del covid-19 y nuestras dificultades nacionales propias; se hace bastante cuesta arriba el cumplimiento de tal asunto “testamentario”. Por lo pronto sigamos adelante con el impulso de lo positivo. “Escribiendo, que algo queda”. ¡Que así sea!

 

José David Capielo / Ciudad VLC