El Morro de San Blas es, desde tiempos coloniales, el vigía natural de la parroquia San Blas. Sin embargo, su destino cambió para siempre con la llegada de los Padres Pasionistas en 1928. Aquellos hombres de fe no solo vieron una montaña, sino un espacio para materializar la espiritualidad de la Pasión de Cristo. Esta crónica rescata la historia de la Cruz del Morro de San Blas, como se le conoce ampliamente por sus vecinos.
Se trata de un vestigio que resiste el paso del tiempo y que guarda entre sus estructuras de cemento armado los ecos de una devoción que definía la identidad valenciana.
1933: La titánica labor de la Sociedad del Santo Cuerpo de la parroquia San Blas
La iniciativa nació del Padre Florentino García, (1894-1970) el segundo párroco pasionista de San Blas, quien en 1933 —declarado el Año Santo de la Redención— decidió elevar un testimonio de fe en la cumbre. Para lograrlo, no contó con grúas ni maquinaria, sino con el fervor de la Sociedad del Santo Cuerpo de la Parroquia San Blas.
Los relatos recuperados de los archivos parroquiales describen una labor épica: los hombres de la sociedad religiosa, «enamorados» de la visión del padre Florentino, subieron a pulso los materiales necesarios. Saco a saco, el cemento, la arena, las cabillas y el agua fueron transportados hasta el lugar seleccionado para erigir una cruz de 12 metros de altura, con un costo superior a los 800 Bs. para la época.
La obra se inauguró el 29 de octubre de 1933, fecha que coincidió con la festividad de Cristo Rey, desde ese día, los pasionistas comenzaron a llamar al Morro de San Blas como el «Cerro Cristo Rey«, bautizándolo así bajo la liturgia que cerró ese año católico.

El antiguo sendero «El Camino de la Pasión» y el camino actual
El equipo de producción del programa Vestigios del Pasado, siguiendo las pistas dejadas por esos relatos de los archivos parroquiales, realizó la búsqueda del antiguo camino por el que transportaron todos esos materiales y el que después fue el sendero oficial para llegar a la Cruz. Tras ese recorrido épico de escasos 15 minutos, no se evidenció escalones de cemento, pero si se vio restos de pequeñas bases de concreto con tubos y perfiles de lo que parece ser pasamanos (se desconocen mayores detalles). El camino está actualmente tupido de arbustos y borrado en ciertos tramos, por lo que se procederá a su limpieza para el redescubrimiento del antiguo camino de los Padres Pasionistas y revivir ese recorrido, como lo denominó el equipo de producción en ese momento: «El Camino de la Pasión«.
Una vez arriba en la Cruz existe otro camino realizado en la actualidad, mucho más corto, más ancho y totalmente despejado de arbustos y apto para su tránsito, en el cual también se evidenció pequeñas bases de cemento con tubos incrustados y cortados en la tierra.
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El Cristo de Bronce y la bendición de Monseñor Gregorio Adam
Por más de dos décadas, la cruz se mantuvo como un símbolo austero de cemento. Fue en 1957 cuando la historia estructural del cerro alcanzó su plenitud. Bajo la bendición de Monseñor Gregorio Adam, tercer obispo de la ciudad, se decidió que la cruz debía portar la imagen del Redentor. Esta imagen del Cristo crucificado no es como se cree popularmente el «Cristo de la Buena Muerte» que está en el Templo de San Blas, del cual se hablará más adelante en una entrega exclusiva, en efecto son dos obras religiosas diferentes, de acuerdo a lo que sostiene el párroco Luis Manuel Díaz.
Fue entonces en 1957, que se mandó a elaborar un Cristo de bronce (autor desconocido por los momentos) de 2,5 metros de largo, 200 kilos y fundida en bronce por la Fundición Carabobo, con un costo superior a 4,000 bolívares. Una pieza de gran peso y valor artístico que fue subida y anclada a la estructura original, donde Monseñor Adam bendijo personalmente la imagen en la misa vespertina del 30 de noviembre de 1958 y al día siguiente, domingo 1° de diciembre, fue colocada en la cruz consolidando el cerro como un punto de peregrinación regional.
En la base de dicha cruz, se colocó una placa de mármol conmemorativa que sellaba el pacto entre la comunidad y su protector de las alturas (placa desaparecida actualmente). Gracias al aporte de la profesora Alicia Delgado, se evidencia por medio de una foto ya algo deteriorada por el tiempo, un fragmento de la transcripción de aquella antigua placa que decía lo siguiente:
«La Sociedad del Santo Cuerpo de la parroquia San Blas y su digno director Pbro Florentino García C. P erigen este monumento en conmemoración del Centenario de La redención».

Importante mencionar la historia oral narrada por el señor Rafael Castillo, conocido popularmente como el Cronista de San Blas, quien recuerda el proceso del traslado de la pesada escultura de Cristo, desde tempranas horas de la mañana hasta la noche, con períodos de descanso intermitentemente, además de la gran cantidad de hombres para subirla y ubicarla perfectamente arriba en la Cruz, montados en andamios con ayuda de mecates para asegurarlo, así fue como quedó la imagen incrustada en el concreto incluso con una corona y una plaquita de bronce que decía INRI. El señor Rafael fue testigo de aquel acontecimiento.
Otro dato importante que aportó a la historia de esta Cruz, fue que en esa época, personas devotas dejaban ofrendas por agradecimiento a favores concedidos, como medallitas, cruces pequeñas y cadenitas entre otros.
La vida en el cerro y el esplendor de Semana Santa
Pocos recuerdan hoy que el Morro de San Blas o el Morro de Cristo Rey, como lo denominaban los padres Pasionistas, fue un lugar de profunda devoción pasionista. Los padres pasionistas fueron los que iniciaron esta edificación de la cima, manteniendo una presencia constante en el lugar. Esta cercanía permitió que las celebraciones de Semana Santa adquirieran una solemnidad única.
Durante los días santos, el cerro se transformaba en un calvario vivo. La comunidad de San Blas y peregrinos de toda Valencia ascendían masivamente para participar en las misas de la Pasión.
La rutina era inquebrantable:
El ascenso: Los fieles subían en riguroso ayuno desde tempranas horas.
El ritual: Se rezaba el rosario en el camino y, una vez en la cima, se ofrecían confesiones y la Eucaristía bajo los pies del Cristo de bronce.
El compartir: Al finalizar los oficios religiosos, el ayuno se rompía con un compartir comunitario, aprovechando la panorámica de la ciudad como un espacio de esparcimiento familiar.
El declive de una era y el grito de rescate
La tradición de subir al cerro se mantuvo firme hasta el año 2000. Ese año marcó un punto de inflexión triste para la comunidad: la partida de los Padres Pasionistas de Valencia debido a la falta de vocaciones. Con su salida, el fervor comenzó a apagarse y el cerro quedó a merced del tiempo.
Hoy, el entorno muestra las cicatrices del abandono. Según la tradición oral de la parroquia, las escaleras de cemento que facilitaban el ascenso se han desmoronado por las lluvias y el desuso, borrando por completo su evidencia y dificultando el acceso a los adultos mayores que aún desean visitar la cruz. La placa de mármol original fue robada, dejando un vacío en la base de la Cruz.
Además, la presión urbana y las construcciones improvisadas amenazan con cercar este patrimonio histórico religioso el cual este año arriba a sus 93 años de antigüedad.

Hacia el centenario del Monumento: La Cruz del Cerro Cristo Rey de los Padres Pasionistas
A pesar de las pérdidas materiales, como la corona, la placa superior que decía INRI, la placa inferior de mármol y cualquier otro elemento aquí no descrito, la Cruz y su Cristo de bronce permanecen intactos, mirando hacia San Blas, hacia la poniente del Sol. Con la investigación liderada por el párroco actual, el padre Luis Manuel Díaz y los antiguos archivos del cronista local Felipe Quintero, se busca recuperar los documentos, las fotos antiguas y los recortes de prensa que registró las decenas de peregrinaciones consecutivas que se realizaron en el pasado.
Al cumplirse 93 años de su construcción en este 2026, el Cerro El Morro de San Blas aguarda una restauración que no solo es de cemento y piedra, sino de identidad. Para los vecinos de la parroquia de San Blas, recuperar el acceso de sus escaleras, reponer la placa y devolverle a la municipalidad sus procesiones de Semana Santa es una deuda con los antepasados que, con el cemento al hombro, levantaron la fe de toda una parroquia.
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