Existe una persistente y cómoda ceguera histórica que insiste en fechar el nacimiento del pensamiento en América a partir de la llegada de los conquistadores.
Se nos enseñó a leer el territorio como una hoja en blanco que solo cobró sentido cuando fue nombrada en castellano. No obstante, mucho antes de que los arcabuces cobraran vidas en el Orinoco, el mundo ya existía.
Así lo demuestra el mito tamanaco de Amalivacá, un relato de la tradición oral cuyo rescate resulta urgente, no como adorno exótico del pasado, sino como columna fundacional de nuestra identidad.
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Abordar este relato, exige desprenderse del sesgo eurocéntrico. En este sentido los aportes del investigador Alberto Rodríguez Carucci han sido fundamentales para sacudirnos el polvo de la colonización cultural.

Rodríguez Carucci nos ha recordado con insistencia que las cosmogonías indígenas no son “fábulas ingenuas” ni copias defectuosas de canon judeocristiano; son, por el contrario, sistemas complejos de pensamiento con valor histórico y literario propio.
Clasificar el Amalivacá como el Noé americano es un reduccionismo perezoso. El mito de la gran inundación orinoquense existía siglos antes de que la Biblia cruzara el Atlántico, reflejando una forma de concebir el tiempo, el lenguaje, la geografía, que ya latía con fuerza propia.
Es precisamente en el núcleo de este relato donde emerge, con una belleza conmovedora, el arquetipo del protector y del padre. Ante la devastación de las aguas, Amalivacá no se presenta como un dios lejano o juez punitivo. Es el gran artesano y cuidador.
A bordo de su canoa navega el caos para reordenar el cosmos. Su paternidad no es de carne y sumisión, sino de siembra y resguardo: al instruir a los sobrevivientes —un hombre y una mujer— a lanzar las semillas de la palma moriche sobre sus espaldas. Amalivacá germina la continuidad de la especie humana a través del árbol de la vida.

Esta poderosa herencia no se quedó solo para ser leída, sino para ser interpretada y revisitada en el mural creado por el artista plástico y dramaturgo César Rengifo, quien libró su propia batalla contra el olvido en el mismo asfalto de Caracas, tejido con más de un millón de mosaicos policromados en el Centro Simón Bolívar; tomó prestado el mito de la selva y lo incrustó sabiamente en el concreto de la ciudad.
Al inmortalizar los cuerpos de arcilla, las aguas revueltas y el morichal, el mural es una resistencia visual que vislumbra que las aguas del mítico Orinoco corren y su suave murmullo nos recuerda que, antes de la tormenta de la conquista, ya teníamos un protector que velaba por nuestro destino.
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María Auxiliadora Castillo Espinoza (Valencia, Carabobo) es docente e investigadora de la Universidad de Carabobo (UC). Exrectora de la Universidad Politécnica Territorial de Valencia. Comunicadora social y productora y conductora del programa radial Verdiras y Mentades (RNV Región Central 90.5 FM).
Magister en Investigación Educativa y estudios de Postgrado en Lingüística; Doctora en Educación por la Universidad de Carabobo, ha llevado a cabo estudios postdoctorales en investigación y Especialización en Gerencia Pública.
Ciudad Valencia/RN











