Doña Soledad

La soledad no es una casa vacía ni la noche que cae sobre la avenida Bolívar sin que nadie la espere. La soledad es una sustancia dura, transparente, que se nos mete por los ojos cuando miramos mucho tiempo una pared de bloque desnudo. Nos acostumbramos a creer que estar solo es la ausencia de alguien, pero quien ha caminado Valencia a las tres de la tarde, bajo ese sol que desgarra la piel y convierte las aceras en platos de loza caliente, sabe que la soledad es una presencia activa. Pesa. Ocupa espacio. Se sienta en la silla de madera del comedor antes que nosotros.

Hay hombres que le hablan a las plantas del patio no por amor a la botánica, sino para comprobar que el aire todavía sale de la garganta con forma de palabra. El lenguaje se vuelve una cosa mecánica si no choca contra el oído de otro. Por eso inventamos el ruido. El radio prendido en la cocina sin que nadie lo escuche, el televisor encendido en la sala transmitiendo nieve o noticias lejanas, el tictac de un reloj al que se le da cuerda como quien alimenta a un animal hambriento. Hacemos cosas extrañas para fingir que el silencio es una elección y no un mudo paredón contra el que tropezamos a diario.

Un poema no nace del exceso de compañía. El poema es la grieta por donde se filtra esa agua limpia y terrible que es no tener a quién decir que la mañana está fría. En esta ciudad de calles cruzadas por el polvo y la prisa, la gente camina junta en la buseta, hombro con hombro, sintiendo el sudor ajeno en la camisa, y sin embargo cada uno va encerrado en su propio pozo. La multitud es el disfraz más elaborado de la huérfana costumbre de estar solo.

 

El perro ladra

a la sombra del poste

no hay nadie ahí

el perro sabe

que si no ladra

la noche se lo traga

 

Oficios de la noche y la memoria

¿Qué hace un hombre cuando la casa se vuelve un túnel? Limpia las tazas dos veces. Mueve los libros de la repisa al escritorio y del escritorio a la repisa, buscando una simetría que no existe en el pecho. La soledad inventa oficios minuciosos. Nos vuelve artesanos de lo inútil. Hay quienes escriben cartas que nunca van a meter en un sobre, quienes arreglan aparatos viejos que ya no sirven para nada, solo por el placer de sentir las herramientas frías entre los dedos y apretar un tornillo hasta que la mano duele.

 

DEL MISMO AUTOR: ARMANDO REVERÓN: EL TRAPO Y LA LUZ

 

El dolor físico es un recurso desesperado. Cuando el alma se pone demasiado blanda por falta de contacto, el cuerpo busca el borde de las cosas: el filamento de la navaja, la esquina del mueble, la quemadura leve del café hirviendo. Es la prueba de vida. «Estoy aquí», parece decir la piel cuando arde.

En los barrios de la periferia, donde el alumbrado público es una promesa a medias, la soledad huele a humo de leña y a tierra mojada por el rocío de la madrugada. Ahí la gente no le tiene miedo al silencio de los campos, le tiene miedo al silencio de los hombres. Cuando dos conocidos se cruzan en una esquina oscura y no se saludan, no es mala educación: es el peso de la sospecha. La soledad prolongada nos vuelve animales territoriales. Miramos al otro no como a un semejante, sino como a un obstáculo o a una amenaza. Nos hace huraños, nos desgasta las aristas de la compasión hasta dejarnos con un corazón duro como una piedra de río.

 

Busqué en la gaveta

el hilo azul

encontré

un pedazo de pan seco

y la llave

de una puerta

que ya no existe

 

La conversación con las sombras

Solía mirar las manos de los viejos en la plaza Bolívar. Manos con venas gruesas, como raíces que salieron a la superficie buscando agua. En esas manos está escrita la historia de todo lo que la soledad nos obliga a construir. Hacemos torres de papel, llenamos cuadernos con una caligrafía apretada, caminamos kilómetros sin rumbo fijo, desde Naguanagua hasta el centro, solo para que las piernas se cansen y la mente deje de dar vueltas sobre el mismo punto fijo.

El insomnio es el hijo legítimo de la soledad. A las tres de la mañana, la mente no razona: rumiaba. Desentierra a los muertos, revive las discusiones de hace diez años, corrige las frases que dejamos a medias, busca las respuestas que no supimos dar a tiempo. ¿Cuántas decisiones fundamentales de la vida no se han tomado a esa hora mala, cuando la luz del velador parece la única vela encendida en un barco a la deriva?

Nos casamos a veces para no cenar solos. Aceptamos trabajos miserables para no estar a solas con el pensamiento. Compramos cosas que no necesitamos para que el vendedor nos mire a los ojos y nos diga «gracias», aunque sea una gratitud de tres segundos comprada con un billete. La economía del mundo se mueve, en gran medida, por el pánico que le tenemos a la habitación vacía.

 

No llames a la puerta

la madera está podrida

si entras

verás que la silla

ocupa toda la estancia

no hay lugar

para dos

 

La pequeña física del abandono

Hay una física de la soledad que nadie enseña en las escuelas. El plato único en la mesa. La preparación de la comida en cantidades microscópicas: un huevo, una arepa pequeña, una taza de té que se enfría antes de la mitad. Se pierde el sentido del rito. Comer deja de ser una fiesta comunal para convertirse en un trámite biológico que se cumple de pie, cerca del lavadero, mirando por la ventana cómo el vecino lava su carro o cómo los pájaros se disputan una miga en el alero.

El solitario pierde la noción del volumen de su propia voz. Cuando habla después de tres días de silencio, la voz le sale carrasposa, extraña, como si perteneciera a un tercero que habita en su garganta. Por eso los solitarios murmuran. Hablan entre dientes mientras caminan por la calle Constitución, diciendo cosas indescifrables que los transeúntes confunden con la locura. No es locura; es el intento desesperado de mantener el hilo de la razón mediante el sonido.

 

Beber agua

del grifo

sentir el metal

en los dientes

eso es todo

lo que ofrece

esta tarde

 

La costumbre de ser nada

Aceptemos la soledad no como una condena, sino como la forma original de la madera. Venimos solos y nos vamos solos, pero en el intervalo inventamos el teatro de la compañía. Las ciudades son ese intento monumental de no estar solos, una acumulación de ladrillos, cables, asfalto y tubos de ensayo para ver si apretándonos unos contra otros logramos encender una chispa que nos caliente las manos.

Valencia es una ciudad dura para estar solo. Sus árboles viejos, sus casas de zaguán profundo donde el aire huele a humedad vieja, parecen diseñadas para el eco. Si gritas en un zaguán del centro, el eco no te devuelve tu nombre: te devuelve la nada de la que saliste. Sin embargo, en esa desnudez hay una verdad limpia. Quien ha mirado la soledad de frente, sin parpadear, sin correr a encender la radio ni a buscar un trago de ron, conoce el límite exacto de sus fuerzas.

Sabe que no necesita tanto para sobrevivir. Que la vida cabe en una mesa limpia, un pedazo de papel, un lápiz bien afilado y la certeza de que el sol, mañana, volverá a salir sobre el Cabriales, indiferente a nuestra pequeña y cotidiana desesperación.

 

El lápiz se gasta

la hoja queda en blanco

la palabra

que no dijiste

es la única

que era tuya

 

El regreso a la casa vacía

Al final del día, todos volvemos a la misma prueba. La llave que gira en la cerradura. El golpe seco del pestillo. El olor a cerrado que nos recibe como un perro fiel. Nos quitamos los zapatos con lentitud, dejamos el reloj sobre la mesa de noche y nos miramos en el espejo del baño antes de lavarnos la cara.

Ese rostro que nos mira desde el vidrio gastado no engaña a nadie. Tiene las marcas de la jornada, la sombra de la fatiga y esa luz opaca que deja la contemplación del vacío. No hay que tenerle miedo. La soledad también es el espacio donde el hombre se recupera a sí mismo, donde se despoja de las máscaras que usó durante el día para complacer al jefe, al amigo, al transeúnte.

Ahí, en la penumbra de la habitación, cuando los ruidos de la ciudad se van apagando y solo queda el murmullo lejano de alguna autopista, nos damos cuenta de que la soledad no nos hace peores ni mejores: simplemente nos revela. Nos muestra la materia de la que estamos hechos cuando nadie nos mira. Y tal vez esa sea la lección más difícil de aprender en esta ciudad de polvo y sol: aprender a estar con uno mismo sin tener que pedir perdón por el silencio.

 

Apagas la luz

la noche

no necesita

tu permiso

para entrar

 

Poesía

Solo.

La multitud pasa de largo.

Nadie me ve.

 

Cuento

A doña Soledad de la Santísima Trinidad el aislamiento le había agriado la sangre mucho antes de que las primeras canas le marchitaran las sienes. Vivía en una casa de altos paredones corroídos por el salitre, donde el único ruido perceptible era el crujido implacable de la madera consumida por el comején. Había descubierto, con una certeza casi científica, que el único modo de sentirse viva en un mundo que parecía haberla olvidado era declarar una guerra personal y cotidiana contra cuanto ser respirara a su alrededor.

Peleaba con una ferocidad ceremonial. Por las mañanas, salía a la acera a barrer las hojas secas del almendro y terminaba a escobazos limpios con los vecinos del frente, acusándolos de conspirar con el viento para arrojar la basura en su portal. En la bodega de Don Chepe, un gallego terco que pesaba los granos de caraota con la precisión de un alquimista, doña Soledad montaba en cólera por un gramo de sal de más o por la sospecha infundada de que las mantecas venían bautizadas con agua de lluvia. Discutía con los pericos, con la sombra de los postes y con los vendedores ambulantes, cuyos pregones interpretaba como insultos dirigidos exclusivamente a su estirpe.

El vecindario terminó por levantar un cerco de silencio a su alrededor. Cuando ella salía a la calle, las puertas se cerraban con un golpe seco, los niños suspendían sus juegos y hasta los perros callejeros cambiaban de acera para no tropezar con la tormenta de su mirada. Aquel vacío era una afrenta insoportable. Necesitaba el roce del odio ajeno para confirmar que su cuerpo aún ocupaba un lugar en el espacio.

La catástrofe sobrevino un martes de calor sofocante, a bordo del autobús que cubría la ruta del puerto. El vehículo avanzaba a los tirones, repleto de pasajeros que sudaban un aire espeso y amarillo. Doña Soledad iba de pie, aferrada a la barra de aluminio, sintiendo cómo el silencio indiferente de los viajeros la devoraba por dentro. Junto a ella viajaba un anciano de barbas venerables y ojos transparentes, que permanecía sentado en santa paz, apoyando ambas manos sobre el puño de plata de un bastón de guayacán.

El hombre no le había dicho nada. Ni siquiera la había mirado. Pero esa absoluta ausencia de provocación fue precisamente el detonante. Cegada por una furia repentina y misteriosa, que no era más que el pánico abismal de no ser vista por nadie, doña Soledad alzó la mano y le asestó al anciano un bofetón tan seco que retumbó por encima del rugido del motor.

El autobús frenó en seco entre los gritos de escándalo de los pasajeros. El anciano, sin entender la causa de aquel rayo caído del cielo, se llevó la mano a la mejilla encendida con la resignación de los santos. Dos policías que custodiaban la esquina subieron al vehículo y, tras una refriega memorable en la que doña Soledad repartió pellizcos y mordiscos a diestra y siniestra, la llevaron a rastras hasta el calabozo municipal.

La encerraron en un pabellón estrecho y sombrío, habitado por cuarenta mujeres de vida torcida que conversaban en susurros sobre sus propios infortunios. Doña Soledad creyó que allí, en la densidad de aquel encierro, encontraría finalmente la horma de su zapato. Intentó buscar camorra desde el primer instante: insultó a la tuerta que custodiaba el único grifo de agua, le tiró el plato de sopa fría a una mulata gigantesca y desafió a duelo verbal a la matrona de la celda.

Pero el milagro de la discordia no ocurrió. Las presas, curtidas por dolores más antiguos y profundos, la miraron con una compasión terrible. La mulata recogió el plato del suelo sin decir palabra, la tuerta le cedió el paso en la cola del agua con un gesto cansado y nadie respondió a sus gritos. Aquellas mujeres, unidas por una fraternidad silenciosa de barrotes y sombras, la ignoraron con una delicadeza infinita.

Fue entonces cuando doña Soledad comprendió la magnitud de su condena. Rincón a rincón, rodeada de cuerpos calientes y respiraciones ajenas, descubrió que la celda no era más que la prolongación de su propia casa. Estaba atrapada en la cárcel más impenetrable de todas: una multitud que caminaba a su alrededor sin tocarla, dejándola a solas con el eco de sus propios gritos en el centro exacto del olvido.

José Luis Troconis Barazarte.

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia / RM