I took a deep breath and listened to the old brag of my heart: I am, I am, I am.
(Respiré profundamente y escuché el viejo alarde de mi corazón: Yo soy, yo soy, yo soy)
Sylvia Plath
Yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
Alejandra Pizarnik
La ciudad no siempre es un lugar. A veces es un cuarto cerrado, una página en blanco, una cicatriz que no cierra. A veces es un espejo que devuelve una imagen que no reconocemos.
En esa ciudad sin calles ni semáforos, donde el tránsito es interno y el ruido viene de adentro, se encontraron, sin saberlo, dos mujeres que escribieron con la sangre de sus pensamientos: Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik.
Ambas nacieron en la primera mitad del siglo XX, en extremos distintos del mapa, pero con la misma convulsión en la voz. Plath, nacida en Boston en 1932, hija del invierno, con su inglés afilado como bisturí. Pizarnik, nacida en Avellaneda en 1936, hija de inmigrantes rusos y de la melancolía porteña, con su español que se deshace en susurros. Las dos, sin embargo, escribieron desde un mismo lugar: el centro exacto del dolor.
DEL MISMO AUTOR: MACONDO ENLUTADO DE MARIPOSAS
Sylvia, con su poesía confesional, nos dejó entrar a su mente como quien abre una casa en llamas. En Ariel, cada verso es una llamarada, un grito contenido que se desborda. Alejandra, en cambio, susurra desde el hueco del lenguaje. En El infierno musical, cada palabra es una nota que se niega a sonar del todo, como si la música estuviera atrapada en la garganta.
Pero no nos equivoquemos: no son solo poetas del sufrimiento. Son arquitectas del lenguaje. Plath construye con imágenes brutales: «Soy vertical, pero preferiría ser horizontal». Pizarnik, con silencios: «Y sin embargo, al despertar, soy yo la que emerge del pozo». Ambas entienden que escribir es una forma de embrujo, pero también de ruego. No huyen del abismo: lo habitan, lo nombran, lo hacen poema.
En esta ciudad que es verso y prosa, Sylvia y Alejandra caminan juntas. Una con su máquina de escribir como arma, la otra con su cuaderno de tapas negras como escudo. Se cruzan en un café imaginario, se miran, se reconocen. Hablan de la infancia, de los padres, del cuerpo como campo de batalla. Se ríen, tal vez, de los que las llamaron “locas” sin entender que su locura era lucidez sin anestesia.
¿Y qué nos queda a nosotros, lectores de esta ciudad? Nos queda su eco. Nos queda la posibilidad de escribir también desde nuestras grietas. Porque si algo nos enseñan Plath y Pizarnik es que el dolor, cuando se nombra, deja de ser cárcel para convertirse en canto.
Morir de vida es lo que quiero. Morir de algo que sea como la vida.
Alejandra Pizarnik
Dying is an art, like everything else. I do it exceptionally well.
(Morir es un arte, como todo. Lo hago excepcionalmente bien)
Sylvia Plath
Hoy, en esta ciudad de palabras, las dos siguen escribiendo. Y nosotros, leyéndolas, seguimos vivos.

Cartas imaginarias de Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik
Querida Alejandra,
He leído tus versos como quien abre una herida antigua. Hay en tu silencio una música que me recuerda al crujido de la nieve bajo los pasos de una niña que no quiere volver a casa. ¿Es el lenguaje también tu enemigo? ¿Te persigue como a mí, como un animal que no duerme?
A veces me siento como una campana sin badajo, colgada en el centro de un invierno que no cesa. Escribo para no desaparecer. Escribo para que mi hija sepa que su madre fue más que una sombra en la cocina. ¿Tú también escribes para sobrevivir al cuerpo?
Tu infierno musical me ha tocado. Yo también he tenido que cantar desde el fondo del pozo. ¿Cómo se dice “resurrección” en tu idioma? ¿Cómo se pronuncia “esperanza” sin que se rompa la voz?
Te imagino en tu cuarto, rodeada de cuadernos, con la mirada clavada en el abismo. Yo también he estado ahí. Tal vez no estamos tan solas como creemos.
Con afecto desde el otro lado del océano,
Sylvia
Respuesta también irreal de Alejandra a Sylvia…
Sylvia,
Tu carta llegó como un relámpago en medio de mi noche. He leído tus palabras con la devoción que se tiene por los espejos rotos: cada fragmento me devuelve una parte de mí que no sabía que existía.
Sí, el lenguaje me persigue. Me acorrala. Me exige que lo diga todo sin decir nada. Escribo para que el silencio no me devore. Escribo porque el cuerpo no basta. Porque la piel no alcanza para contener la furia, la ternura, la ausencia.
Tu hija tiene una madre que es poema. Que es fuego. Que es verdad. Yo no tengo hijos, pero tengo versos que me duelen como si fueran carne. ¿Será eso también una forma de maternidad?
La esperanza, Sylvia, aquí se dice con miedo. Se pronuncia bajito, como quien teme despertar a los fantasmas. Pero existe. A veces se esconde en una palabra. A veces en una carta como la tuya.
Desde mi cuarto, donde la noche es larga, pero no eterna, te abrazo en verso.
Alejandra

De mí para ellas, Silvia Plath y Alejandra Pizarnik
Lengua de sombra
He despertado con la boca llena de ceniza, como si la noche hubiera ardido en mi lengua. Hay un pájaro negro que anida en mi pecho y canta con la voz de mi madre.
El espejo no me devuelve, solo un hueco, un hueco con forma de nombre, un nombre que no sé pronunciar sin sangrar.
He sido el hombre que hornea palabras con las manos rotas. He sido el niño que escribe para no morir de infancia.
En mi cuarto, las palabras se arrastran como insectos sin alas. Las domestico con fuego, pero siempre regresan.
¿Dónde está el lugar donde no duela? ¿Dónde se esconde la palabra que no hiere? He buscado en los diccionarios, en los cuerpos, en las pastillas que prometen silencio.
Pero el silencio también grita, y el grito también escribe, y escribir es otra forma de morir con elegancia.
Así que aquí estoy, frente a ustedes,
Sylvia,
Alejandra,
dos mujeres que me enseñan a escribir
desde el otro lado del lenguaje.
JLTB
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José Luis Troconis Barazarte es artista, narrador, docente y sembrador de lenguajes. Licenciado y Magíster en Artes Visuales y Escénicas por Strayer College (Washington D.C.), doctor en Historia del Arte por Bircham International University y la Universidad de Salamanca (España), ha hecho de la interdisciplina su firma y de la cultura su morada.
Fue director de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador cultural de la Alianza Francesa de Valencia. Fundó y dirige CEINFOLEIM, un espacio de creación y formación artística donde enseña siete idiomas, música y literatura creativa. Desde allí impulsa movimientos como Cacao Tekisuto, centrados en el mestizaje simbólico y la maduración lenta del arte.
Ha sido premiado en certámenes de relato breve en España, ganador de la Bienal Internacional de Literatura Vicente Gerbasi (2017) y ha publicado los libros Empáticos y Cartas a la Soledad (2025). Su obra circula en más de 30 antologías digitales.
Interprete de lengua de señas, diseñador digital, guionista, director coral y fundador de FUNDÁCRO, su travesía creativa se nutre de la danza, el relato, la música y como médico de la sanación.
Escribe como quien borda, con barro en los pies
cielo en la lengua, fuego en la voz,
con oído de calle y pulso de viento.
Poeta que escucha lo que otros callan
y traduce silencios en tinta viva.
(Reseña de Antonio V. Díaz B.)
Ciudad Valencia / RN













