El sol no sabe de fechas
Amanece.
La luz en la ventana es la misma de ayer, pero hoy tiene una insistencia limpia, un brillo que entra sin pedir permiso y se posa sobre las cosas sencillas. En Venezuela, cumplir años no es solo acumular un número en el cuerpo; es un rito del encuentro, un pretexto sagrado para detener el curso del mundo y mirarse a los ojos. Es la certeza de que el tiempo, antes de ser distancia, es presencia.
La gente llega. Vienen de cerca, de la cuadra de al lado, o cruzan la tarde desde lejos con la prisa de la alegría metida en los pasos. Traen consigo esa costumbre tan nuestra de encender la casa con la sola presencia, de poblar los rincones con anécdotas viejas que siempre suenan nuevas. Se canta a la vida con una tonada que es, al mismo tiempo, juego, memoria y herencia. Una música que no se aprende en los libros, sino en el pecho de las madres.
DEL MISMO AUTOR: DIEZ MESES DESPUÉS
La mesa y la infancia
Hay un pastel en el centro de la sala. Las velas se encienden y el fuego pequeño tiembla ante la respiración contenida de todos. Por un segundo, el rostro de los presentes se llena de infancia; se borran las marcas del día y queda la pureza del deseo que está por pedirse. Es un destello puro, un instante suspendido donde el pasado y el futuro se reconcilian.
Aquí el tiempo no transcurre en soledad; se comparte, se ofrece como un pan generoso. Se mide en los abrazos que se dan sin prisa, esos que duran lo necesario para transmitir el calor del otro, en las risas que llenan los pasillos y en esa vecindad inmediata donde la puerta se queda abierta porque cualquiera que pasa es, desde ya, un invitado a celebrar.
Cumplir año tras año en esta tierra es descubrir que la vida no se gasta, sino que se ensancha. No hace falta la opulencia ni el adorno excesivo. Hay la simple, inmensa victoria de estar juntos, de sabernos vivos y acompañados bajo este cielo que, aun en la noche más profunda, conserva el calor del día.
El brindis de los ojos
Al final, cuando el alboroto del canto se apaga, queda el eco de la complicidad. Un abrazo apretado que sostiene el alma, una palmada en el hombro que dice más que cualquier discurso elaborado. La fiesta se vuelve entonces conversación baja, recuerdo compartido, el rumor dulce de los que se conocen desde siempre.
Se brinda por los días que vienen, por la salud que nos sostiene y por la fortuna de coincidir en el mismo espacio. Con el café que endulza la tarde o el trago que refresca la noche, da igual el contenido de la copa. El verdadero regalo es esa mirada compartida, el rumor de la gente que se quiere y que, en torno a una mesa, vuelve a fundar el mundo cada año.
Poesía
El día no pesa.
Es un vaso de agua clara
donde el sol se queda a vivir.
No cuentes los años.
Mira la puerta que se abre,
el café que espera,
la mano que llega sin aviso.
Cumplir aquí
es encender un fuego pequeño
y saber que nadie
se quedará con frío.
Cuento
El año en que Elena cumplió los noventa, el cielo sobre el pueblo amaneció con un color de guayaba madura que presagiaba milagros. Nadie había anunciado la fecha, pero las gallinas empezaron a poner huevos con dos yemas de oro y el pozo del patio, que llevaba tres sequías destilando un lodo amargo, comenzó a brotar un agua bendita con un persistente aroma a canela.
A las diez de la mañana, el calor era tan denso que los perros se sentaban a esperar que las sombras se movieran solas. Fue entonces cuando llegó el primer pariente. No vino por el camino principal, sino que apareció de golpe en el corredor, mudado de ropas y con el sombrero en la mano, desprendiendo todavía el olor a salitre de un viaje que había emprendido treinta años atrás y del que nunca se tuvo noticia. Detrás de él, como arrastrados por una marea invisible, fueron llegando los tíos olvidados, las primas que cosían mortajas en las provincias del sur y unos gemelos idénticos que afirmaban ser los hijos del viento.
La mesa de los imposibles
Para el mediodía, la casa ya no pertenecía al orden de la física. Las paredes de barro y caña brava se estiraron con la elasticidad de un acordeón para dar cabida a los setenta y cuatro comensales que se sentaron a la mesa. La comida no se servía; brotaba. De las ollas de peltre surgían yucas tan tiernas que se derretían antes de tocar el plato y fuentes de arroz que se multiplicaban a medida que las cucharas de madera rascaban el fondo.
El pastel, horneado por las tías ciegas que guiaban sus manos solo por el susurro de la harina, tenía el tamaño de una rueda de carreta. Cuando Elena sopló las velas, no se apagó el fuego; en su lugar, una brisa mansa recorrió la sala y suspendió los vasos en el aire durante el tiempo exacto que duró el aplauso.
Los viejos del pueblo, que habían perdido los dientes y la memoria en las guerras civiles del siglo pasado, recobraron de pronto una lucidez de espejo. Empezaron a cantar viejos vallenatos con voces de muchachos de veinte años, mientras las mecedoras del porche, contagiadas por el júbilo, se balanceaban solas en un compás perfecto que hacía temblar las raíces de los almendros.
El brindis que detuvo la noche
Al caer la tarde, el cumpleañero, que conservaba los ojos limpios de quien ha visto nacer y morir a tres generaciones, se levantó para el brindis. Alzó una copa de ron destilado por la luna y, al pronunciar la primera palabra, el sol se quedó inmóvil en el horizonte. Se negó a hundirse detrás de la sierra, suspendido por el puro capricho de no querer perderse el final de la fiesta.
Nadie durmió esa noche porque la noche nunca llegó. El pueblo entero quedó envuelto en una claridad dorada y eterna, donde los hombres conversaban con los fantasmas bienqueridos de la familia y las mujeres descubrían que los hilos de sus bordados se convertían en flores de verdad al menor descuido de las agujas. Así celebraban la vida, con la terca certidumbre de que los años no eran un camino hacia el olvido, sino una fiesta circular que se repetía para siempre en el patio de la casa.
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Ciudad Valencia/RN













