Luis Alberto Angulo-Alquimia del amor
Al tío «Toco», «Pichón», que en Valencia me presentó
sus cinematógrafos, especialmente el Cine Díaz Moreno 

 

En Barinitas hubo dos cines, el Bolívar, de Eduardo Angulo Castellanos, que posteriormente compró el señor Néstor Rangel a doña Laura Rivas Escobar, y el Cine América, de Luis Briceño, que también fue adquirido por el señor Rangel, un comerciante local que en sus inicios se desempeñó como proyeccionista y animador del cine de autor junto con un estupendo equipo de apoyo que fue formando. Recuerdo a Rafael, a Publio, a Carlos, a René… y a doña Arminda, la esposa de Néstor.

El cine Bolívar proyectaba películas con subtítulos: cine gringo, inglés, francés, ruso, alemán, italiano, griego, japonés, chino; el cine América pasaba, por su parte, solamente cintas en castellano, casi exclusivamente filmes mexicanos. A veces en el Bolívar proyectaban cine español, algunas películas argentinas y las de Cantinflas.

Al cine América iba un público más popular, la mayoría analfabeto. Las entradas también eran un poco más baratas, en realidad muy económicas en ambos sitios, sin embargo, quienes íbamos regularmente al cine éramos privilegiados. Mis padres entendían la importancia del cine en mi formación y estimulaban aquella afición; era en verdad una escuela superior paralela, ahora lo entiendo así. Aprender disfrutando es muy diferente a “la letra con sangre entra”, de la bárbara pedagogía que vivieron nuestros padres y abuelos.

El cine-Chapli-Sábado-Luis Alberto Angulo

No puedo recordar la primera película que vi, pero recuerdo exactamente mi primera incursión en una sala. Fui con mi padre, quien me dijo que saldría un rato y me dejó allí en medio de un público de gente conocida. Me preocupó la oscuridad pese a que la sala solo estaba techada en la parte de preferencia y podía ver parte del cielo estrellado. Papá era cinéfilo y fue quien convenció al tío para que  incursionara en el proyecto del cinematógrafo. También fue mi maestro y el que me hizo admirar el cine mudo de Chaplin.

Desde muy joven me acostumbré a ir sin acompañante; ir acompañado fue un placer que conocí posteriormente. La verdad es que los espectadores habituales conformábamos un grupo de conocidos y amigos. Me apasionaron las películas en blanco y negro de Tarzán, “El hombre mono”.

Recuerdo a Johnny Weissmüller nadando como en una de las Olimpiadas perseguido por un inmenso cocodrilo al que finalmente vencía en una titánica lucha. Tal vez esa película fue de las primeras. Me hice fan del western desde el comienzo: Gary Cooper, Henry Fonda, John Wayne, Glenn Ford, Audie Murphy, Burt Lancaster, Kirk Douglas son algunos nombres familiares; La Carreta y Duelo al atardecer son películas de ese tiempo que se pueden ver en cualquier tiempo.

Mucho antes de leer libros pasé por los suplementos, por el fantástico cómic; pero mucho antes de todo, el cine fue el gran contacto con el arte; el más poderoso instrumento de cultura de nuestro tiempo. Él me abrió un mundo y me descubrió un lenguaje fusionado. No en vano se dice que el cine marca todo el arte del siglo XX. Creo que mi amor por la poesía también viene de allí y no por los temas ni por las referencias poéticas que después conseguí, simplemente por la imagen  cinematográfica que me enseñó a ver y me educó la mirada para observar; otro lenguaje en que me sumergía aún sin poder leer los subtítulos. El Cine Bolívar de Barinitas fue mi Cinema Paradiso, el gran filme de Giuseppe Tornatore, hijo de la tradición del neorrealismo italiano que nos marca hondo. Creo que me inicié en el cine-cine con Historia de dos mujeres de Carlo Ponti, con 8 1/2 de Fellini o con el Evangelio de San Mateo de Pasolini.

Alguien que ama el cine puede escribir infinitamente de él, de hecho hay una enorme literatura nacida de su influencia. Debería estudiarse cine en primaria y bachillerato de igual manera como se estudia literatura e historia. Es muy triste observar que el gran desarrollo cinematográfico pueda perderse por la mediocridad de la industria de los puros efectos técnicos o de la sola IA. Conocer cine viendo cine es la misma propuesta que hacen la literatura y la historia. El Estado, por su parte, debería implementar un programa en donde “el cine va a la escuela”, como contrapeso al sometimiento de los videojuegos y la superficialidad mediática. Es hora de contrarrestar la agresión subliminal utilizando instrumentos similares que ahora pertenecen a la cultura universal.

 

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Una película, si alcanza el nivel de obra de arte, debe verse muchas veces, de la misma manera como oímos una obra musical o vemos una pintura o una escultura. Mi padre leyó el Quijote a lo largo de casi toda su vida. Yo he leído el poema “Adiós” de Ramón Palomares unas trescientas veces. Me gustaría, asimismo, tener un número de películas a mano que pudiera ver y comentar siempre. Después de un tiempo podemos ver cualquier cosa que nos recuerde mejores tiempos o nos sirva para comprender mejor el presente, pero una obra de arte solo es comparable a otra obra de arte.

 

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Luis Alberto Angulo [Rivas]. Nació en Barinitas, estado Barinas (VEN), en 1950. Coterráneo de los poetas Enriqueta y Alfredo Arvelo Larriva. Autor de las sumas: Antología de la casa sola (Fundarte, 1982), Fusión poética (Universidad de Carabobo, 2000), La sombra de una mano (2005), Antología del decir (2013), y Coplas de la edad ligera (2021), títulos publicadas por Monte Ávila Editores, colección Altazor. Prologa la edición en vida de la Obra poética completa de Ernesto Cardenal (Editorial Patria Grande, Buenos Aires, Arg. 2008).
Premio del IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC), otorgado anteriormente a: Jim Seguel, Arnaldo Acosta Bello y Eli Galindo. En Valencia, ciudad donde reside desde hace más de cincuenta años, ha sido columnista de los diarios Notitarde, El Carabobeño y Ciudad Valencia, jefe de redacción de la revista Poesía (UC) y director de las revistas Zona Tórrida (UC) y Redve (Red Nacional de Escritores de Venezuela). Ha realizado selecciones poéticas de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, César Vallejo, Ernesto Cardenal, Enriqueta Arvelo Larriva, Teófilo Tortolero, Gelindo Casasola, Rómulo Aranguibel, Lubio Cardozo y Ana Enriqueta Terán.

 

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