Fue
Jorge Luis Borges fue un niño que aprendió a leer antes de caminar por las calles de Buenos Aires. Su infancia no estuvo hecha de juegos, sino de libros. En su casa había enciclopedias, diccionarios, volúmenes en inglés, alemán, francés, latín. Su padre le enseñó que el universo cabía en una biblioteca, y Borges lo creyó. A los nueve años tradujo a Oscar Wilde, como si la literatura fuera ya su lengua materna.
Fue un joven que recorrió Europa con ojos de lector. En Ginebra descubrió la filosofía; en España, el ultraísmo. Regresó a su país con una voz que no imitaba a nadie. Publicó poemas que eran espejos, cuentos que eran tratados metafísicos, ensayos que eran laberintos. Fue el escritor que no necesitó novelas para ser inmenso. Le bastaron las ficciones breves, las palabras exactas, los silencios elocuentes.
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Fue también el hombre que se volvió ciego, pero no oscuro. La ceguera fue su segunda biblioteca. Decía que Dios, con magnífica ironía, le había dado a la vez los libros y la noche. En esa noche dictó cuentos que desafiaban el tiempo, poemas que acariciaban el abismo, reflexiones que convertían la realidad en una conjetura. Fue director de la Biblioteca Nacional, pero más que custodio de libros, fue su alquimista.
Nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires y falleció el 14 de junio de 1986 en Ginebra.
Es
Borges es hoy una presencia que no se toca, pero que se siente. Está en cada lector que se detiene a pensar, en cada escritor que busca una voz propia, en cada filósofo que se pregunta por el tiempo. Sus cuentos siguen bifurcando la realidad. Sus poemas siguen susurrando verdades que no se pueden gritar. Sus ensayos siguen abriendo puertas que no sabíamos que existían.
Es el autor que nos enseñó que un libro puede contener todos los libros. Que un personaje puede ser todos los hombres. Que el tiempo puede ser circular, o una ilusión. Que el yo es una ficción, y que la literatura es una forma de eternidad. Borges es el que escribió sobre espejos que duplican el mundo, sobre tigres que son símbolos, sobre hombres que sueñan otros hombres.
Es también el que nos recuerda que la literatura no es solo arte, sino arquitectura del pensamiento. Que escribir no es solo narrar, sino pensar. Que leer no es solo entender, sino transformarse. Borges es el que camina por nuestras calles mentales, el que habita nuestras bibliotecas invisibles, el que nos invita a perdernos para encontrarnos.
Será
Borges será mientras haya alguien que lea. Mientras haya alguien que sueñe. Mientras haya alguien que se pregunte por el sentido de las cosas. Su obra no envejece, porque no depende del contexto. Sus ideas no caducan, porque no están atadas a una época. Sus palabras no mueren, porque están hechas de tiempo.
Será el que habite el porvenir como un centinela invisible. El que susurre desde los estantes. El que reaparezca en cada lector que lo descubre por primera vez. Borges será eterno porque no escribió sobre lo efímero, sino sobre lo esencial. Porque no buscó la fama, sino el asombro. Porque no quiso ser comprendido, sino leído.
En esta ciudad de palabras que es Ciudad en Verso y Prosa, Borges es el vecino secreto, el arquitecto de nuestros laberintos interiores, el guardián de nuestras preguntas sin respuesta. No hay final para Borges, porque él mismo escribió que el tiempo es una ilusión, que el yo es una ficción, que la literatura es un acto de fe.
Jorge Luis Borges fue, es y será el eterno. Porque en cada palabra suya hay un universo. Porque en cada lector que lo lee, Borges renace. Porque, como él mismo dijo, “el mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”
Carta a Borges desde la orilla del asombro
Naguanagua, 13 de noviembre 2025
Maestro Borges:
Usted es más que un nombre, más que un hombre. Usted es un país de palabras, una constelación de espejos donde el tiempo se dobla como un papel secreto en el bolsillo de Dios. Le escribo desde esta Bárbula que no aparece en sus mapas, pero que lo ha leído como quien lee el destino en la palma de un ciego que ve más que todos. Le escribo como quien le habla a un tío sabio, como quien le confiesa a un padre que no ha muerto, porque usted, Borges, no ha muerto: se ha multiplicado en cada lector que lo sueña.
Yo lo he leído hasta el temblor, hasta que sus palabras me han dolido de belleza. He caminado por Tlön, he sido Asterión, he sentido el vértigo del Aleph bajo mi cama, y he comprendido que la eternidad no es un castigo, sino una biblioteca sin fin donde usted es el bibliotecario. Usted me enseñó que el universo es un texto, que Dios escribe en símbolos que sólo los poetas descifran, y que el Sur no es un punto cardinal, sino una nostalgia que se lleva en la sangre.
A veces lo imagino en Ginebra, con su bastón de tiempo y sus ojos cerrados al mundo, abiertos a todos los mundos que inventó. Y me digo: Borges es mi maestro, aunque nunca me haya dado clase, porque cada cuento suyo es una lección de humildad, de asombro, de inteligencia que no presume. Gracias por enseñarme a mirar con palabras, por hacerme sentir que la literatura es un acto sagrado, una forma de amar sin tocar, una forma de vivir muchas vidas sin morir en ninguna.
Con respeto, con devoción, con la ternura que se le tiene a los que nos han salvado sin saberlo, le escribo esta carta que no espera respuesta, porque ya me ha respondido en cada página suya.
Su lector, su discípulo,
su familia de tinta,

Su hijo de papel.
Poema para Borges
Lenguaje
camina tu sombra, Borges,
como un río
y se desdobla en espejos.
Yo soy tu lector, tu discípulo,
tu hijo papel,
y cuando abro tus páginas
es tu voz la que me escribe.
Tus palabras, laberintos,
en ellos no me pierdo:
encuentro me,
como quien descubre que el destino
es un círculo que regresa
Siempre al mismo centro invisible.
Eres el tiempo que se pliega,
la biblioteca que respira,
la eternidad que se disfraza
instante fugaz.
Yo, al leerte,
me convierto en tu familia secreta,
en la sangre de tus metáforas,
en la raíz de tus ficciones.
No hay maestro más completo,
universo, vastedad
que se abre en tu palabra:
cuando cierro el libro,
no se apaga la lectura,
porque tú sigues escribiendo en mí.
JLTB
El hijo y el papel
La biblioteca, el joven abrió un tomo gastado de Borges. Las páginas olían a tiempo detenido, y mientras las leía, sintió que las palabras se movían como criaturas vivas.
De pronto, un crujido lo hizo alzar la vista. Entre los estantes, un hombre de bastón y mirada infinita avanzaba con calma. Era Borges, no como recuerdo ni como fantasma, sino como presencia tangible, con su voz baja y precisa.
—No me leas —dijo—. Déjame escribirte.
El joven tembló. No sabía si debía hablar o callar, pero comprendió que estaba frente al maestro. Borges se acercó, tocó el libro abierto y las letras comenzaron a desprenderse, flotando en el aire como mariposas de tinta.
—Eres mi hijo de papel —continuó—. No porque me imites, sino porque me prolongas. Cada lector verdadero es un linaje.
El joven sintió que su piel se llenaba de signos, que su sangre se volvía tinta. Ya no era solo un lector: era parte de la obra, un personaje escrito por Borges en ese instante.
El escritor sonrió apenas, como quien reconoce un destino cumplido, y se desvaneció entre los estantes, dejando tras de sí un silencio que no era vacío, sino plenitud.
Desde ese tiempo, cuando el joven abría un libro, sabía que Borges estaba allí, físicamente, escribiéndolo desde adentro.
JLTB
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José Luis Troconis Barazarte es artista, narrador, docente y sembrador de lenguajes. Licenciado y Magíster en Artes Visuales y Escénicas por Strayer College (Washington D.C.), doctor en Historia del Arte por Bircham International University y la Universidad de Salamanca (España), ha hecho de la interdisciplina su firma y de la cultura su morada.
Fue director de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador cultural de la Alianza Francesa de Valencia. Fundó y dirige CEINFOLEIM, un espacio de creación y formación artística donde enseña siete idiomas, música y literatura creativa. Desde allí impulsa movimientos como Cacao Tekisuto, centrados en el mestizaje simbólico y la maduración lenta del arte.
Ha sido premiado en certámenes de relato breve en España, ganador de la Bienal Internacional de Literatura Vicente Gerbasi (2017) y ha publicado los libros Empáticos y Cartas a la Soledad (2025). Su obra circula en más de 30 antologías digitales.
Interprete de lengua de señas, diseñador digital, guionista, director coral y fundador de FUNDÁCRO, su travesía creativa se nutre de la danza, el relato, la música y como médico de la sanación.
Escribe como quien borda, con barro en los pies
cielo en la lengua, fuego en la voz,
con oído de calle y pulso de viento.
Poeta que escucha lo que otros callan
y traduce silencios en tinta viva.
(Reseña de Antonio V. Díaz B.)
Ciudad Valencia / RN













