mujeres que sostienen el cielo

“La mujer que trabaja por amor

sostiene al mundo

sin que el mundo lo sepa.”

Gabriela Mistral

 

Hay mañanas en Valencia en las que el cielo parece demasiado pesado para seguir allí arriba. Uno lo siente una especie de gravedad adicional que baja por los cerros, se posa sobre los techos de zinc, se cuela por las ventanas y se queda suspendida sobre las avenidas como un cansancio antiguo. Pero entonces ocurre algo que no siempre vemos, o no siempre queremos ver, las mujeres de esta ciudad salen a la calle, y con un gesto mínimo, casi imperceptible, vuelven a levantar el cielo.

No es metáfora gratuita. Es un acto cotidiano, ritual, silencioso. Una mujer que abre su negocio antes del amanecer; otra que barre la acera como si estuviera despejando un camino sagrado; otra que carga bolsas, niños, preocupaciones, y aun así sonríe a un vecino. Cada una, sin saberlo, sostiene una esquina del firmamento. Y si alguna faltara, si una sola de ellas decidiera no salir, no insistir, no resistir, el cielo se vendría abajo con un estruendo que nadie podría ignorar.

Las he visto. Las he seguido con la mirada. Las he escuchado respirar. Y cada vez confirmo lo mismo, esta ciudad no se sostiene por columnas de concreto, ni por avenidas, ni por instituciones. Se sostiene por mujeres que, sin pedir permiso, sin esperar aplausos, sin reclamar protagonismo, cargan sobre sus hombros el peso de lo que somos.

En el mercado de La Isabelica, por ejemplo, hay una mujer que llega siempre antes que todos. Nadie sabe su nombre completo; algunos la llaman “Doña Nena”, otros simplemente “la señora de las frutas”. Pero lo que sí saben es que ella es la primera en levantar la Santamaría, la primera en acomodar las guayabas, la primera en poner música bajita para espantar el silencio. Y mientras lo hace, mientras ordena cada fruta como si fuera un pequeño planeta, el cielo empieza a subir unos centímetros más.

La he visto detenerse un instante, mirar hacia arriba y sonreír. Como si supiera que su gesto tiene consecuencias cósmicas. Como si entendiera que su trabajo no es solo vender frutas, sino mantener el equilibrio del mundo. Y quizá lo sabe. Quizá todas lo saben, aunque no lo digan.

En la parada del Big Low Center, otra mujer sostiene el cielo de otra manera, con paciencia. Esa paciencia que parece infinita, que no se quiebra ni con el calor ni con la espera ni con la incertidumbre del transporte. Ella sostiene el cielo con la mirada fija en el horizonte, como si estuviera vigilando que no se desplome. Y cuando por fin llega el autobús, sube con dignidad, como quien entra a un templo.

Hay mujeres que sostienen el cielo desde la sombra. Las que cuidan a los enfermos. Las que preparan comida para otros antes de comer ellas mismas. Las que trabajan doble turno. Las que estudian de noche. Las que no duermen. Las que lloran en silencio para no preocupar a nadie. Las que se levantan al día siguiente como si nada hubiera pasado.

 

LEER MÁS DEL MISMO AUTOR: LA CIUDAD QUE SE INCLINA ANTE EL SILENCIO

 

Ellas sostienen el cielo con una fuerza que no se ve, pero que se siente. Una fuerza que no aparece en estadísticas ni en discursos oficiales, pero que mantiene viva a la ciudad. Una fuerza que no se aprende en libros, sino en la piel, en la memoria, en la necesidad.

Y están también las que sostienen el cielo con su palabra. Las maestras que enseñan a leer a niños que no saben aún que la lectura es otra forma de libertad. Las poetas que escriben desde la herida y desde la esperanza. Las que cuentan historias para que no se pierdan los nombres. Las que rezan por todos, incluso por quienes no creen en nada.

Pero hay un tipo de mujer que sostiene el cielo de una manera distinta, con su sola presencia. No necesita hacer nada extraordinario. Basta con que camine por la avenida Bolívar, con que cruce la plaza Sucre, con que se siente en un banco del parque Negra Hipólita. Su presencia es un recordatorio de que la belleza existe incluso en medio del caos. De que la dignidad puede ser un acto cotidiano. De que la ciudad, por más herida que esté, todavía tiene algo que ofrecer.

A veces la veo detenerse frente a un mural, o frente a un árbol, o frente a un perro callejero. Y en ese gesto, en esa pausa mínima, el cielo vuelve a acomodarse. Como si ella fuera un punto de anclaje. Como si el universo necesitara de su respiración para no desmoronarse.

No quiero idealizarlas. No quiero convertirlas en santas ni en heroínas. No quiero ponerlas en un pedestal. Quiero reconocerlas. Quiero nombrarlas. Quiero decir, con la voz que tengo, que sin ellas esta ciudad sería un desierto emocional, un territorio sin alma, un mapa sin latidos.

Porque ellas también se cansan. También dudan. También se quiebran. También sienten que el cielo pesa demasiado. Pero aun así lo sostienen. Aun así lo levantan. Aun así lo empujan hacia arriba con una fuerza que no proviene del cuerpo, sino del corazón.

Y cuando cae la noche, cuando la ciudad se vuelve más honesta, más vulnerable, más verdadera, ellas siguen allí. Algunas caminando. Otras rezando. Otras soñando. Otras simplemente respirando. Y esa respiración, esa insistencia en seguir, es lo que mantiene el cielo en su sitio.

Hoy escribo esta columna como un acto de gratitud. Como un reconocimiento. Como una forma de decir las veo, las escucho, las admiro y sé que gracias a ustedes esta ciudad no se derrumba.

Valencia tiene muchas columnas visibles, edificios, puentes, avenidas. Pero las columnas reales, las que sostienen el cielo, tienen nombre propio, tienen manos que tiemblan, tienen historias que duelen, tienen risas que iluminan, tienen cicatrices que no muestran, tienen una fuerza que no se explica.

Y aunque esta columna no alcance para nombrarlas a todas, quiero que al menos quede escrito que existen. Que están aquí. Que sostienen el cielo cada día. Que sin ellas no habría ciudad, ni verso, ni prosa, ni mañana posible.

 

Si mañana el cielo vuelve a amanecer un poco más liviano, será por ellas.

Si la ciudad respira, será por ellas.

Si seguimos aquí, será por ellas.

A todas las mujeres que sostienen el cielo de Valencia,

Gracias por no soltarlo.

 

Las que sostienen el cielo (Poesía)

Una mujer barre la acera y nadie la mira.

El polvo le sube a los ojos, pero igual barre, porque si no barre ella, el cielo se viene abajo y a nadie le importa.

Otra carga bolsas que pesan más que su vida.

El hijo pregunta por qué caminan tanto.

Ella no responde.

Aprieta los dientes.

Sostiene el cielo con los dientes.

En la parada, una mujer espera un autobús que no va a pasar.

Lo sabe.

Igual espera.

Porque si se va, si se rinde, el cielo cae de golpe y nos aplasta a todos.

Una vieja reza.

No por fe, por costumbre, por miedo, por cansancio.

Reza porque si deja de rezar el cielo se abre como una herida y nadie tiene con qué coserlo.

Y yo, que no sirvo para sostener ni mi sombra, las veo caminar, cargar, esperar, rezar, y entiendo al fin que este cielo miserable solo sigue arriba porque ellas, sin gloria, sin ruido, sin milagro, lo sostienen con el cuerpo.

 

El cielo que se caía despacio (Cuento)

El día en que el cielo empezó a caerse sobre Valencia, nadie se alarmó.

Al principio fue apenas una sombra más baja, como si las nubes hubieran decidido caminar a pie. Los hombres miraban hacia arriba con fastidio, culpando al clima, al gobierno o a la mala suerte. Pero las mujeres lo notaron de inmediato, el cielo estaba cansado.

En La Manguita, una muchacha que barría la acera sintió cómo el aire le rozaba la espalda, tibio y pesado, como un animal herido buscando dónde acostarse. Ella no dijo nada. Solo siguió barriendo, y con cada escobazo el cielo subía un poco, como si obedeciera.

En la parada del Trigal, una mujer esperaba el autobús que nunca llegaba. El cielo bajó tanto que casi le tocó el cabello. Ella levantó la cabeza, lo miró con una mezcla de fastidio y ternura, y sin darse cuenta lo sostuvo con la mirada. El cielo retrocedió unos centímetros, avergonzado.

En el mercado, una vieja acomodaba tomates con la precisión de quien ordena un altar. Cada vez que alineaba uno, el cielo temblaba y se enderezaba, como si necesitara que alguien le recordara su sitio.

Nadie hablaba del asunto, pero todos lo sentían, el cielo estaba más cerca cada día. Los hombres caminaban encorvados, creyendo que era el calor. Los niños jugaban a tocar las nubes con las puntas de los dedos. Solo las mujeres sabían la verdad, aunque no la dijeran.

Una madrugada, el cielo bajó tanto que rozó los techos. La ciudad entera quedó envuelta en un silencio espeso. Entonces ocurrió algo que nadie vio, pero todos sintieron, las mujeres salieron de sus casas al mismo tiempo. No se pusieron de acuerdo. No se llamaron. No se miraron entre ellas. Simplemente salieron.

Una abrió su negocio antes del amanecer. Otra cargó agua para su madre enferma.  Otra esperó el autobús con la misma paciencia de siempre. Otra rezó sin fe, pero con costumbre. Otra caminó hacia el trabajo con el paso firme de quien no tiene opción. Y el cielo, al verlas, se detuvo. Luego subió. Lento, torpe, agradecido. Cuando volvió a su altura habitual, nadie celebró. Las mujeres siguieron con su día.  Los hombres no entendieron nada. Los niños siguieron jugando.

Pero desde entonces, cada vez que el cielo se inclina un poco, basta con que una mujer de Valencia respire hondo para que vuelva a su sitio. Porque el cielo, aunque nadie lo diga, se sostiene hasta cuando ellas caminan.

José Luis Troconis Barazarte

 

Nota:

Ilustración: “Las mujeres que sostienen el cielo de Valencia”

José Luis Troconis Barazarte abril 2026

Técnica mixta (todo a mano con ayuda digital), mesa de luz, escaneo, tableta gráfica, coloreo y texturizado con pinceles digitales con Photoshop.

 

***

TE INVITAMOS A LEER Y COMPARTIR:

Las cámaras antiguas de la Casa Museo de Federico Rodríguez | Diego Armando Trejo

 

***

 

José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

Antonio V. Díaz B.

 

Ciudad Valencia/RM