Vivo en Guacara desde hace unos cuantos años y de Vigirima solo había visitado «Piedra Pintada» con mis hijos cuando aún eran pequeños. No fue sino hasta que comencé a estudiar la carrera de Turismo en la «Misión Sucre» que mi vida se transformó completamente. El senderismo ocupó una buena parte de ella. Comencé a subir las montañas de Vigirima casi todos los fines de semana junto a mis compañeros.
Para ese momento, la carrera que más me atraía —y me sigue atrayendo— es Comunicación Social; sin embargo, para aquel entonces no se impartía cerca de donde vivía, por lo que no me quedó más remedio que elegir Turismo. Es una decisión que hoy agradezco haber tomado, porque me ha enseñado mucho y me ha permitido conocer lugares hermosos de nuestro municipio.
Comencé mis estudios universitarios en la Unidad Educativa «Luis Augusto Machado Cisneros». Mis profesores estuvieron a la altura de su responsabilidad, tanto por su profesionalismo como por su calidad humana. Muchos de nosotros llegamos desorientados, pues habíamos dejado de estudiar hacía mucho tiempo.
DE LA MISMA AUTORA: ¿Y A USTED QUIÉN LA AUTORIZÓ?
Nos convertimos en los «guerreros nocturnos» de la Aldea. Hubo un momento en que se nos amenazó con cerrar la carrera en aquel lugar. Teníamos la posibilidad de mudarnos, pero esas escuelas estaban algo lejos de donde vivíamos, especialmente tomando en cuenta que nuestro horario era de siete a nueve de la noche.
Los Triunfadores del nocturno no permitimos que cerraran la carrera de Turismo en el liceo «Luis Augusto Machado Cisneros». Enfrentamos todos los problemas con el apoyo de nuestros profesores y les hicimos entender el valor que tenía aquella Aldea en esa zona del municipio.
Luego de terminar el propedéutico, comenzamos la carrera. Cada noche acudíamos a las aulas con calor, mosquitos y, a veces, sin electricidad; pero allí estábamos, ansiosos de aprender todo lo relacionado con el turismo. Cada día era un paso más para alcanzar nuestro sueño.
Al comienzo se nos informó que debíamos realizar un proyecto productivo con y para la comunidad, por lo que elegimos la zona de «Cacho Mocho». Nos tocó acudir en múltiples ocasiones para realizar encuestas y explicarles en qué consistía la propuesta. Los habitantes del lugar se mostraron, al principio, reacios; y con mucha razón, uno de ellos nos comentó:
—Para acá han venido muchas personas con el ofrecimiento de hacer algo por este lugar y después desaparecen.
Y tenían razón. Estuvimos indagando y, efectivamente, les habían «pintado pajaritos en el aire» para luego olvidarse de ellos.
Pasaban los días y debíamos investigar qué producían el pueblo y las montañas de Vigirima. Fue entonces cuando conocimos a una persona que dijo ser un guía que nos conduciría a las profundidades de la historia del lugar.
Todo marchaba muy bien hasta que dejó de estarlo. En una de aquellas subidas, nuestro guía no llegó a tiempo. Mientras esperábamos en la plaza de Vigirima, vimos pasar a unos conuqueros que subirían la montaña; les preguntamos si pasarían cerca de «Rancho Flores» y, al responder que les quedaba de paso, nos sumamos a ellos.
Nos atrevimos a subir sin nuestro guía porque, en una llamada que le hicimos, nos aseguró que estaba en camino. Nuestro destino era visitar el «Rancho Flores» del amigo Mareo. Allá arriba nos dejaron los conuqueros y siguieron su ruta. El lugar estaba cerrado; nos informaron que ese día Mareo no subiría, y el guía inicial nunca apareció. Por fortuna, llegó otro guía que traía a unos senderistas y se detuvieron a descansar en la propiedad de nuestro amigo. Al final, bajamos con ellos.
Al llegar a la plaza de Vigirima, notamos que ya no había autobuses. Un grupo de personas compartía unas cervezas y, al preguntar por el transporte, nos dijeron que las unidades ya no bajarían a Guacara.
—¿Será que tendremos que dormir en uno de esos bancos de la plaza? —preguntó Beatriz.
—Mis tíos viven unas casas más allá de la licorería. Vamos a ver si están —respondió Gleny, y nos fuimos caminando.

Al tocar la puerta, el tío de Gleny —que en paz descanse— abrió. Ella le comentó lo que nos pasaba e inmediatamente nos hizo pasar. La tía se encontraba visitando a uno de sus hijos. Era tarde y aún no habíamos almorzado; le preguntamos al tío si había comido y negó con la cabeza. Inmediatamente nos adueñamos de la cocina.
El grupo llevaba comida porque pensábamos quedarnos en el rancho de Mareo ese fin de semana. Preparamos el almuerzo y comimos todos. El tío quedó muy contento y agradeció por tan rica comida. En la parte de atrás de la casa pasa el río Vigirima; no es caudaloso, pero sí se oye el chocar del agua con las piedras. Allí pudimos meter nuestros pies en esa agua fría y tomarnos fotos.
Al otro día, nos levantamos temprano y preparamos el desayuno. Nos despedimos del tío con un abrazo y le dimos las gracias. Esa sí fue una buena experiencia. Aprendimos que no todo el que te diga que puede llevarte a una montaña es el apropiado para hacerlo. Hay que buscar a personas preparadas; a un TSU en Turismo, por ejemplo.
Volvimos a la montaña muchas veces, pero ya con un mejor guía. En varias ocasiones era el mismo Mareo quien nos subía junto a un amigo llamado Ronald que, lamentablemente, se marchó muy pronto. Ronald tenía caballos y llevaba nuestras pertenencias en la grupa; así íbamos más libres en el ascenso, pudiendo sujetarnos de lo que hubiese para no caer.
Un fin de semana completo nos quedamos donde Mareo. Aquello fue la delicia más grande. Ese hombre nos atendió «a cuerpo de rey». En la cabaña había cuatro camas matrimoniales juntas, como palafitos, montadas sobre columnas de madera muy fuertes. Él nos explicó que era para protegernos de las culebras.
A lo lejos, en la montaña de enfrente, se oía a los monos aulladores. No niego que era inquietante saberlos distantes y, al mismo tiempo, sentirlos tan cerca; pero Mareo nos narró la historia de «Los monos aulladores» de la zona y comprendimos que ellos no vendrían por nosotros. Fue entonces cuando respiramos tranquilos.
En la parte de atrás de la casa, había una caída de agua que venía de lo más alto de la montaña. Era agua cristalina y fría. Él había colocado una especie de ducha para quien quisiera bañarse como en su casa; sin embargo, nosotras preferíamos el agua directa de la montaña.
Así seguimos yendo a Vigirima mientras estudiábamos. Logramos hacer muchos amigos. Conocimos sus necesidades, su historia, sus costumbres y su cultura; así como sus ventajas, debilidades y fortalezas.
Mis compañeros de entonces fueron Gleny Ibarra, Beatriz Terán, Norberto Afonso (+), Jenny Carolina Giménez M. y Adriana Moreno (licenciada en Turismo, nuestra profesora).
En el camino a la graduación, perdimos al amigo Norberto Afonso. Fue un maravilloso ser humano y compañero de estudios excelente. Siempre estará en nuestros corazones.
Pasó el tiempo y, por razones de salud, no pude volver a mi amada montaña de Vigirima; así que solo llego hasta el parque «Cacho Mocho» y la Quinta Pimentel. Disfruto de sus aguas bajo cualquier cascadita que resuene entre las piedras y agradezco cuando nos visita la mariposa azul.
De Vigirima conocí sus cuentos, su historia libertaria, lo que sucedía en la montaña a determinadas horas de la noche y sus espeluznantes y hermosas leyendas. Pude ver a la «Virgen Vieja» y oír de un pueblerino las cosas que pasaban en el lugar con dicha imagen.
Hoy estoy muy orgullosa de haber sido parte de esta Misión porque lo que aprendí en la «Misión Sucre» tiene un valor inmenso y estoy agradecida con todos esos profesores que sembraron conocimiento y amor por el municipio. Hoy soy guacareña de corazón.
***
DISFRUTA TAMBIÉN:
***

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia / RN













