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¿Y a usted quién la autorizó? | Carmen Pacheco

Este viernes seis de marzo, en una soleada mañana carabobeña, el Complejo de Piscinas de La Isabelica recuperó su antiguo esplendor. Allí se celebró la I Válida Nacional de Paranatación, una prueba de fuego para quienes buscan un lugar en la cita de Valledupar, Colombia, programada del cinco al dieciséis de julio de este 2026.

La jornada reunió a setenta titanes de las aguas, provenientes de nueve estados —Sucre, Distrito Capital, Aragua, Monagas, Yaracuy, Anzoátegui, Lara, Zulia y el anfitrión Carabobo—, divididos entre la fogosidad de los juveniles y la experiencia de los adultos.

En medio del bullicio, me encontré con mi viejo amigo Juan Carlos Quintero, jefe de prensa del Comité Paralímpico, quien me facilitó el acceso para capturar con mi lente la intensidad de la mañana. Hacía años que no pisaba esas baldosas. Fue en esas mismas instalaciones donde, hace tiempo, mis tres hijos —Julio, César, Carmen— y yo aprendimos a nadar. Es imposible no sentir orgullo al recordar que fue en esta misma piscina donde César se forjó como el arquero de la selección de waterpolo de Carabobo.

 

DE LA MISMA AUTORA: ENTRE LIBROS TE VEAS

 

Los atletas paralímpicos llegaron con la determinación de quien se sabe dueño de su destino, buscando ese boleto dorado hacia los Parasuramericanos. Sus entrenadores los escoltaban con un orgullo silencioso, moviéndose con la paciencia de quien guía un rebaño de tesoros, ubicándolos con precisión en los puestos que la organización les tenía reservados.

Entonces aparecieron los jueces, una fila impecable de franelas blancas que cortaba el azul de la piscina. Hubo un instante de vacío sonoro; me hizo falta el estallido del «Gloria al Bravo Pueblo» para completar la liturgia. Pero el silencio duró poco: pronto el aire se llenó con el eco agudo de los silbatos y el grito de los nombres de aquellas chicas y chicos que, más que nadar, parecen estar reclamando su lugar en el mundo.

paralímpicos carabobo

—Juan —le solté con la urgencia del que busca el ángulo perfecto—, ¿crees que pueda retratarlos desde adentro? Al fin y al cabo, el material será para ustedes.

—¡Claro, Carmen! —me respondió.

—¿Y si alguien me detiene?

—Usted solo dígales que yo la autoricé.

Amparada por aquel salvoconducto verbal del Jefe de Prensa, me interné en el corazón del complejo. Me ubiqué a una distancia prudente de la orilla, cuidando de no quebrar la concentración de los jueces ni entorpecer el paso de los cronometristas. Allí, entre el vaho del agua y el fragor de la competencia, empecé a disparar mi cámara.

Más de una vez, la autoridad intentó frenar mi avance:

—Señora, usted no puede estar aquí —me decían con tono severo.

—Descuide —respondía yo con la calma del que sabe que tiene el permiso de los dioses—, estoy autorizada.

Hasta que finalmente, alguien más inquisitivo me cortó el paso:

—¿Y a usted quién la autorizó? —preguntó con la sospecha dibujada en el rostro.

—¿Ve usted a aquel señor que vigila que no haya problemas en el orden del evento? —respondí, señalando la figura de Juan Carlos. Como si el destino estuviera ensayado, él volteó en ese preciso instante y, con un leve gesto de mano, desvaneció cualquier duda. Todo estaba bien.

El episodio me arrastró, de golpe, a un domingo remoto en el estadio José Pérez Colmenares. Vi a mi madre frente a un guardia que le impedía el paso a los dominios de los Tigres de Aragua. El hombre, rígido en su uniforme, le preguntó por qué pretendía entrar por aquella puerta prohibida. Mi madre, con la misma serenidad que yo usaba ahora, señaló hacia la distancia: «¿Usted ve a ese señor allá?». El hombre aludido levantó la vista, hizo una seña casi invisible y las puertas se abrieron como por arte de magia.

 

paralímpicos carabobo COMPETENCIA 2

 

Comprendí entonces que la vida no es más que un sistema de espejos; un ciclo que va y viene, donde los gestos de los seres humanos se repiten en un giro eterno.

Entre el eco de las voces que exigían rapidez y coraje, hallé al señor Juan José Rujano Ojeda. Como presidente del “Comité Paralímpico Venezolano”, su orgullo era evidente en cada gesto. Ante mi inquietud sobre el apoyo brindado a los atletas, su respuesta no se hizo esperar, cargada de la emoción de quien ve un sueño cumplirse:

 

​ “Yo invito a todos para que vengan, hasta el próximo sábado se llevará a cabo la 1ra. Válida para Valledupar. Es un evento Nacional, avalado por el Comité Paralímpico Venezolano, que va a ser selectivo para los próximos ‘Juegos Parasuramericanos de Valledupar’, que se van a desarrollar en Colombia, desde el cinco al diez y seis de julio. Estoy muy feliz de estar aquí, ¡y éxito a todas las delegaciones que nos representan!”.

 

El ambiente vibraba con una energía que parecía sostener el aire. Los entrenadores no apartaban los ojos de sus pupilos, vigilándolos con una intensidad casi religiosa. Vi lágrimas en muchos de ellos; no eran lágrimas de pena, sino de esa satisfacción rotunda que nace de conocer, como nadie, las batallas diarias contra el cronómetro, la escasez económica, la indiferencia del mundo y esos miedos íntimos que susurran que no se puede. Esa lucha no se limita a una mañana de sol; es un oficio que ejercen los trescientos sesenta y cinco días del año. A esos ángeles guardianes que custodian cada brazada en los entrenamientos les ofrezco mi respeto más profundo.

Pero el sol de Carabobo no perdona y mi cuerpo, agotado por la intensidad del día, empezó a reclamar el regreso a casa. Me marché con el corazón henchido, feliz de haber sido testigo de aquella gesta paralímpica. Al final, le di las gracias al amigo Juan Carlos, no solo por el pase de prensa, sino por haberme devuelto, sin saberlo, a aquel tiempo remoto en que yo también aprendía a nadar.

 

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Carmen Pacheco-columna Crónicas del peatón-portada

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia / RN