Transeúnte de estas líneas, habitante del asombro, compañero de vigilia, detente un instante. Deja que el estrépito de la tarde se disuelva en el papel como la sal en el agua. Hoy no vengo a hablarte de la ciudad que pisas con prisa, esa que te exige un nombre, un oficio y un número. Hoy, en este rincón de encuentro, queremos invitarte a mirar hacia donde la luz no alcanza a explicarlo todo. Hablemos de la noche y sus criaturas.
Pero no te equivoques, descifrador de silencios, no busques garras ni colmillos en estas palabras. Las criaturas de las que hablo son más parecidas a ti de lo que imaginas. Son las fuerzas invisibles que despiertan justo cuando la ciudad, agotada de fingir su propia cordura, finalmente baja la guardia y se deja estar.
El Desnudo de la Piedra
De día, nuestra ciudad es una experta en el simulacro. Se maquilla con el humo del tráfico, se ordena en filas que no conducen a ninguna parte y se disciplina bajo un sol que todo lo juzga con su brillo plano. Pero al caer la sombra, navegante de la penumbra, ocurre el milagro de la honestidad, la ciudad se quita la máscara de cemento y el asfalto comienza a respirar.
Es allí donde aparece lo que el mediodía nos prohíbe, los miedos que guardamos bajo la almohada como amuletos rotos, los deseos que no se atreven a decir su nombre y esos silencios que, de pronto, empiezan a gritar en las esquinas vacías. La noche es el escenario donde la ciudad se confiesa, sin pedir permiso y sin esperar perdón de nadie.
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¿Quiénes habitan tu insomnio?
Mira bien a tu alrededor, testigo de lo invisible, o mira hacia el centro de tu propio pecho. Estas criaturas son los habitantes de una geografía que no aparece en los mapas turísticos, pero que todos hemos caminado alguna vez con el corazón en la mano.
Están los que velan, esa enfermera que mide el tiempo en gotas de suero; el vigilante que fuma para ahuyentar el frío de la nada; el poeta que intenta atrapar en un verso el crujido de las paredes afectadas. Son criaturas que sostienen la realidad mientras el resto descansa, centinelas de un equilibrio que pende de un hilo.
Están los que huyen, aquellos que recorren calles ciegas porque su habitación se ha vuelto demasiado estrecha para tanto recuerdo acumulado. Criaturas que buscan en la oscuridad un refugio donde sus historias, esas que la luz del sol no tolera por crudas, puedan respirar al fin, aunque sea un momento.
Y están los que recuerdan, habitante de la memoria, tú los has visto. Son personas que se sientan en un banco de plaza, frente al vacío, a conversar con sus muertos. Para ellos, la noche no es ausencia, es un puente de neblina hacia lo que ya no está, pero sigue latiendo con la fuerza de lo eterno.
El Verso de la Sombra
La ciudad es un animal
que cambia su respiración.
En la luz, es puño cerrado.
En la sombra, es herida abierta
que se deja lamer por el rocío.
No busques monstruos,
búscate a ti mismo
en el que cruza la calle vacía,
porque todos somos, alguna vez,
la criatura que el día no soporta.
Una Revelación Necesaria
Escribir sobre la noche es comprender que la oscuridad no es un peligro, sino una revelación necesaria. El día nos obliga a ser útiles, productivos, herramientas de un sistema que no nos nombra. La noche, en cambio, nos devuelve el derecho sagrado a ser frágiles, a ser reales, a ser nosotros mismos sin testigos.
Cada criatura que vaga por la madrugada, el artista que busca un color inexistente, el amante que habita un paréntesis, el insomne que cuenta las grietas del techo, lleva consigo una ofrenda de verdad. Por eso, peregrino de la palabra, la próxima vez que el sueño se te escape, no temas al vacío. Mira por la ventana y reconoce a tus semejantes en la sombra.
Al final, nos queda esta certeza que vibra en el aire frío, justo antes de que el primer rayo de sol nos obligue a ponernos la máscara de nuevo.
Tu Lugar en la Sombra
Ahora te pregunto a ti, corresponsal del desvelo ¿En cuál de estas criaturas te reconoces hoy? Quizás eres quien sostiene el mundo en silencio, o quien huye de un fantasma que solo camina por las baldosas de tu cuarto. No importa. La noche nos hermana en esa verdad que el sol suele cegar. Al final, nos queda esta certeza que vibra en el aire frío, justo antes de que el primer rayo nos obligue a ponernos la máscara de nuevo:
«La noche no inventa criaturas, solo ilumina las que el día esconde.»
Las Criaturas
No son el miedo
ni el colmillo en la sombra
son
el hombre que fuma en el balcón
viendo cómo se apaga la última ventana
la mujer que escribe
un nombre sobre el vaho del vidrio
y luego lo borra con el puño
son los que cuidan el aire
para que otros respiren mientras duermen
la noche
no es un hueco en la luz
es el lugar
donde la piedra por fin descansa
y nosotros
nos parecemos a lo que somos
un animal pequeño
que busca
un poco de lumbre
antes de que el sol
vuelva a dictar su sentencia.
Cuento
El Insomnio de la Piedra (Variación sobre un tema de medianoche)
A las tres de la mañana, cuando la ciudad deja de ser un plano de catastro para volverse un organismo que respira mal, Prisciliano Valderrama comprendió que las criaturas no estaban afuera, sino que ocurrían como una falla en la gramática del día. No eran monstruos, claro; eran más bien erratas del sistema.
Vio a la mujer de los hilos, esa Penélope del asfalto, tejiendo la oscuridad con dedos de ciego, convencida de que si se detenía, el barrio entero se descosería por las costuras del silencio. Vio al vigilante, cuya verdadera condena no era el frío, sino ese cigarrillo que se obstinaba en no acabarse nunca, como si el tiempo se hubiera quedado atascado en la ceniza para no dejarlo entrar al olvido de los vivos. Y los amantes en el zaguán, fabricándose una patria de piel, sabiendo que el sol es un dictador que solo admite ciudadanos con pasaporte y nombre propio.
El conflicto sobrevino con el primer gris del alba, Prisciliano sintió que sus propias manos empezaban a volverse transparentes, a ser «útiles», a ser «de oficina». La ciudad exigía que él volviera a ser el engranaje, el Coronel de las nueve de la mañana, el hombre que no ve sombras. Se estaba quedando sin noche, y quedarse sin noche era quedarse sin verdad.
La solución fue casi un juego de niños, Prisciliano no cerró los ojos para dormir, sino que decidió mirar con más fuerza. Antes de que el gallo ejecutara su sentencia de luz, sacó un hilo invisible de su propio bolsillo y lo anudó discretamente al botón de la mujer que tejía. Un hilo que iba de su pecho al cigarrillo del vigilante y al suspiro de los amantes. Al hacerlo, el paréntesis de la noche no se cerró del todo; se lo llevó puesto bajo el uniforme.
Cuando el sol finalmente impuso su mentira, Prisciliano caminó entre la gente con la seguridad del que sabe que, aunque el día pregunte nombres, él guarda en el bolsillo un pedazo de sombra que nadie podrá confiscar.
(Esta es la historia de un hombre que descubre que la ciudad nocturna es un espacio de libertad y verdad, habitado por seres que el día ignora. El conflicto surge cuando el amanecer intenta obligarlo a ser otra vez una pieza del sistema, y la solución es su resistencia íntima, guardar un fragmento de esa oscuridad en su interior para no perder su esencia frente a la rutina del mundo.)
«Hay verdades que solo se dejan decir cuando la ciudad baja la guardia y la noche nos devuelve el derecho a ser reales.»
«A las tres de la mañana, el mapa de la ciudad se agrieta y por las fisuras asoman las criaturas que el sol no se atreve a nombrar.»
«No temas a la sombra, la noche no inventa monstruos, solo ilumina las verdades que el día nos obliga a esconder.»
José Luis Troconis Barazarte.
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Antonio V. Díaz B.
Ciudad Valencia/RM













