María A. Rendón-columna-Don Juan
María Alejandra Rendón, autora de la columna Nos (Otras)
En coautoría con María Daniela Rendón Infante

 

Hemos dejado pendiente en este espacio semanal, desentramar la peligrosa trampa del Amor romántico. La manera en cómo influye esa construcción simbólica en la manera de asumir los vínculos de pareja. Le hacemos llamar trampa con la intención de asegurarnos de que se trata de una ilusión transitoria que está sometida a una expectativa social fija e inalterable. Amamos como creemos que se debe hacer, según el modelo que hemos internalizado a través del cine, las telenovelas, canciones, literatura y, más recientemente, las redes sociales. Es decir, nuestro propósito de amar y ser amados o amadas, se desarrolla con base en uno o varios mitos.

Para ir hurgando en este tema complejo y fundamental, he decidido tener como invitada, durante varias entregas, a la historiadora María Daniela Rendón Infante, quien, entre varias líneas de investigación, ha venido desarrollando la relacionada al amor romántico. Si bien esta no es una temática para nada novedosa, forma parte de esos temas imprescindibles a la hora de hablar de violencia o de asuntos importantes en la construcción del SER mujer.

Las mujeres no asimilamos al amor de igual manera, y ello es punto importante de partida. El amor romántico, ese que comúnmente se practica, fue repartiendo expectativas diferenciadas para un sexo y otro –si hablamos de pareja tradicional heterosexual– por lo tanto, los indicadores del amor quedaron establecidos de acuerdo a las diferencias no biológicas que son llevadas a cabo con todo el rigor.

Al solicitar  a un hombre o mujer joven la descripción de  una “persona ideal”, daremos  cuenta de que están describiendo un estereotipo y que en la mayoría de hombres y mujeres habrá coincidencias. El vínculo que hemos asimilado establece, de antemano, no solo una relación de poder, sino fiel apego a una ilusión colectiva que se instaló como equivalente de “persona ideal”, esa que extrañamente lo será para todas las personas. Si hablamos de amor debemos separarlo de ese “ideal”, porque estaremos condenados y condenadas a amar a una idea y no a un ser. El amor es racional y más que un sentimiento/emoción es una decisión/construcción.

 

¿Para toda la vida?

Si partimos de que es una construcción, la única apuesta es al ejercicio del amor –el tiempo es simplemente una variable más– convertirlo en capacidad de dar dentro de una dinámica que ha de ser constantemente recíproca. Es una decisión diaria y consciente que debe traducirse en respeto, responsabilidad, cuido, conocimiento e identidad; tanto propios como con el par amoroso. Construir lo mutuo sin menoscabar las libertades de quienes integran el vínculo. Pero, cuando se nos ha hecho creer que el amor es solo emoción y sentimiento, que se despiertan en torno a lo “ideal”, tarde o temprano estaremos frente a relaciones en las que la desilusión se instala y haremos lo posible por revivirla inútilmente, sometiéndonos de nuevo a fórmulas inscritas dentro de la idea del amor romántico. El resultado es la experimentación de una dinámica toxica, desgastante y, por lo tanto, violenta y destructiva.

El primer error es asumir que el amor tiene como principal cualidad lo perdurable. Así lo estiman distintas doctrinas religiosas y así lo concibe la sociedad. Muchos vínculos terminan asumiendo la “unión” como un fin en sí mismo. La lectura que se da a decisiones que contravengan ese mito del amor omnipotente e incaducable no son positivas y, ante las disoluciones de los vínculos, pese a que los tiempos han cambiado y existe el divorcio como posibilidad (antes no), las mujeres seguimos cargando con la peor parte.

Atravesar por las alcabalas de la presión social y las propias condiciones materiales desiguales que plantea la finalización de un lazo, no solo supone pensarlo más de una vez, sino cohibirnos de hacerlo. La falta de autonomía económica, la atención exclusiva de los hijos e hijas, el  miedo a juicio social, la sensación de haber fracasado, y un largo etc., retardan o hacen imposible la toma de decisiones, aun cuando nuestra integridad esté en peligro desde todo punto de vista.

Muchas de nuestras abuelas asumieron ese pacto de eternidad porque no contaban con la alternativa de disolver el vínculo sin que ello representara, no solo la interpelación social, sino un estado profundo de desprotección y vulnerabilidad. Muchas de ellas permanecieron dentro de ciclos de violencia y sin derechos de todo tipo: civiles, sexuales, reproductivos.

El derecho al divorcio se estable en Venezuela en la Constitución de 1904 durante el gobierno de Cipriano Castro. Sin embargo, para ese entonces casi nadie lo ejercía, el matrimonio, en su sentido estricto, era algo reservado para las clases media y alta. Cabe destacar que la mujer, fuese cual fuese su estatus social, tenía muy restringidas sus libertades. En materia civil, por ejemplo, era considerada una menor de edad y como tal era tratada ante el Estado, el matrimonio y en las leyes. Las mujeres no tenían derecho a ejercer ninguna actividad comercial sin autorización del marido o, en su defecto, del padre. El hombre era único dueño del patrimonio familiar, la mujer no compartía la patria potestad de los hijos e hijas, no fijaba su residencia, sino que estaba obligada por la ley a seguir al marido donde quiera que este decidiera vivir. Por otro lado, las mujeres estaban en su mayoría excluidas de la educación formal, situación que cambia gradualmente a partir de la tercera década del siglo XX, cuando la lucha femenina logra concretar avances en este ámbito y, en lo sucesivo,  las mujeres se incorporan a la educación en todos sus niveles.

Se pudieran adicionar unos cuantos párrafos a modo de ilustrar las obvias limitaciones que tuvieron «las mujeres de antes» para desenvolverse socialmente, tomando en cuenta que gran parte de los derechos de que hoy goza la mayoría son conquistas relativamente recientes, gracias a la lucha sostenida por el movimiento de mujeres a escala internacional y local.

Todavía en la década del 70, el divorcio, para cualquier mujer, resultaba una decisión difícil de tomar, puesto que los términos y las disposiciones legales por ningún lado favorecían a las partes en condiciones de igualdad. Para la mujer, implicaba el riesgo de quedar en la calle, literalmente hablando. Al no compartir la patria potestad con el marido muchas perdían el contacto con sus hijos o hijas si el marido así lo decidía.

De manera que no es posible analizar este tema de las uniones, matrimoniales o no, sustraído de los procesos políticos, sociales y culturales. El término «matrimonio» lo empleamos atendiendo a todos los vínculos que se establecen en el marco de la familia tradicional, porque no es nuestra intención aquí explicar la evolución histórica del mismo; también, considerando que gran parte de las familias venezolanas se han constituido a partir de las uniónes estables de hecho.

Aclarado esto, es preciso decir que, afortunadamente, muchas de estas injustas disposiciones han sido gradualmente proscritas de nuestras leyes.

En el año 1942 se hizo una tímida reforma al Código Civil venezolano que, prácticamente, lo dejo tal cual estaba. Mas, con la reforma del Código Civil del año 1982, hecho que marca un hito en la historia de luchas de las mujeres venezolanas, se logran sustanciales avances como la patria potestad compartida, se elimina la figura del «hijo ilegítimo», entre otras propuestas de avanzada en el marco de la década de la mujer 1975-1985, periodo de visible movilización femenina en todo el mundo en el que se logran reformas a leyes claramente retrógradas, totalmente de espaldas a los desafíos históricos de entonces e incongruentes con los planes de desarrollo propuestos desde los países capitalistas occidentales.

Pudiera inferirse que «las mujeres de antes» enfrentaron indecibles contradicciones en el seno de sus longevas relaciones conyugales, tanto o más que las mujeres hoy día. Pero lo que sí es un hecho es que estaban muy limitadas por un orden social que no les concedía más opción que la de soportar vejaciones de toda índole; lo contrario era asumir como destino la miseria, el desamparo y el repudio social.

 

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Hoy día, aunque una separación o divorcio tiene otra connotación y un tratamiento un poco más justo ante la ley,  muchos dramas persisten. El patriarcado ha configurado una realidad signada por relaciones de poder, dependencia, más allá de la voluntad de las partes y de su propia conciencia de que esto es así. Ante la mirada machista, la mujer divorciada, no así el hombre, se infravalora o devalúa socialmente, más si es madre. Por lo tanto, el divorcio no representa lo mismo para ambos sexos, es una situación que las mujeres viven y enfrentan de una manera muy distinta a los sujetos masculinos.

El tal sentido, es necesario combatir en el discurso y en la práctica esas rancias ideas sobre los vínculos, ir desmantelando el irracional culto a la longevidad de las relaciones, sabernos en resistencia ante el discurso dominante, que es burgués y patriarcal.

¿Esto excluye la posibilidad de establecer vínculos perdurables? Obviamente no. Lo sustancial de éste debate es el hecho de que los «para siempre» no deben, ni pueden ser un fin en sí mismos. Es necesario construir una nueva filosofía del amor, resignificar el matrimonio y demás vínculos en el marco de la despatriarcalización de  la tupida red de relaciones sociales que tienen lugar en un contexto dado. Un paso importante en esa dirección es el cuestionamiento al «amor eterno» o «hasta que la muerte los separe» con su implícita cuota de sacrificio y anulación. Es contradictorio cualquier señalamiento, discriminación o culpa por hacer ejercicio de nuestros derechos civiles  y resguardar nuestra integridad si lo creemos necesario.

Los vínculos de ahora no son más sólidos o más débiles que los de antes, más bien es preciso partir de que la sociedad actual es heredera de largas y sostenidas luchas, constituida por hombres y mujeres que son hijos e hijas de su propio tiempo histórico. En tal sentido, es tanto necesaria como posible,  la apertura a ideas y propuestas que permitan la gestación de vínculos sanos, relaciones justas en todos los ámbitos, incluyendo aquellos que por mucho tiempo fueron considerados privados. A estas alturas, el estado civil de una persona no debería definirla, ni incidir en el trato que recibe socialmente, ni en el ejercicio de sus más elementales Derechos Humanos. Insistir en lo contrario es reforzar el prejuicio, la doble moral sexual, mandatos y mitos amorosos.

Es necesario, hoy más que nunca, apostar al par compañero, construir la cualidad de la libertad como equivalente al amor, el bienestar y la seguridad. Los para siempre son el cheque en blanco ante el cual no siempre existe solvencia. El amor, ya decíamos, no es concebir la unión como fin en sí mismo, por lo que la perdurabilidad será la consecuencia directa de sentir que estamos en la capacidad de amar. Siempre que podamos construir mutuamente seguridad, responsabilidad, confianza, cuido y libertad, valdrá la pena estar. ¿Cuánto tiempo? El tiempo que dicho vínculo proporcione bienestar a quienes lo integran.

 

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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Forma parte del Frente Revolucionario Artístico Patria o Muerte (Frapom) y es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

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