Municipio La Cañada de Urdaneta

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio La Cañada de Urdaneta, estado Zulia y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

El municipio La Cañada de Urdaneta, no es un monolito, es un tejido de cinco voluntades, es comprender que su identidad se despliega en la costa occidental como una mano abierta hacia el Lago, donde cada dedo es una parroquia con voz propia: Concepción, la capital que custodia el pulso administrativo; Chiquinquirá, con su nombre de reina; Andrés Bello, Potreritos y El Carmelo. Juntas, forman este bastión de la zulianidad donde la tierra plana se rinde ante la inmensidad del agua.

A orillas de la costa occidental, donde el Lago de Maracaibo se vuelve espejo y horizonte, descansa este municipio, no es solo un punto en el mapa, es un lienzo de topografía serena donde el trazado de sus calles narra un orden histórico, una voluntad de permanencia que se respira en cada manzana. Aquí, la arquitectura no busca desafiar al cielo, sino abrazar la tierra donde predominan las casas bajas, construcciones estas que parecen brotar del suelo con la humildad de quien sabe que la verdadera grandeza reside en lo sencillo.

El nombre La Cañada, es un eco que nos transporta a 1742. Podemos casi escuchar el mandato de Don Francisco Miguel Collado, cuando el monte era promesa y el ganado buscaba su ruta hacia el sur. Según los viejos diccionarios, una cañada es esa vía ancha para el tránsito de la vida animal, pero en este rincón del mundo, es también la vena por donde fluyó la identidad de un pueblo que se levantó entre varas de ancho y sueños de labranza.

Cerca, compartiendo ese mismo suelo llano que parece no tener fin, se alza Potreritos. Es un espejo de su vecina: calles sin artificios, decoradas solo por la luz del sol y casas de una sola planta que guardan, con un celo casi sagrado, sus materiales originales. Al caminar por sectores como Los Cachimbos, El Centro o la mística Isla de Fantasía, uno comprende que el patrimonio no son solo paredes; es la resistencia de una estructura que se niega a ser borrada por la modernidad, manteniendo viva la esencia de lo que fuimos.

Municipio La Cañada de Urdaneta

El refugio del espíritu y el milagro de la luz, en el centro de este paisaje, como un faro que guía la fe y la mirada, se alza la Iglesia Parroquial de la Inmaculada Concepción. Es un templo que sabe dialogar con el tiempo, aunque su piel es moderna, sus formas evocan la elegancia de lo clásico. Al cruzar su umbral, las catorce columnas que custodian las naves parecen susurrar historias de devoción, mientras la luz se filtra tímidamente por los vitrales redondos, pintando el aire de colores antiguos.

Hay una poesía silenciosa en el contraste de sus materiales: la calidez de los techos de madera frente a la firmeza de los ladrillos rojos macizos y la nobleza del mármol en sus retablos. Su fachada, serena y lisa, se rompe con la verticalidad de su campanario, que termina en un chapitel apuntando al cielo, recordándonos que en La Concepción, la arquitectura es, ante todo, un acto de elevación. Cada arco ojival y cada portal de madera a dos aguas son cicatrices hermosas de un diseño que se resiste al olvido, invitando al transeúnte a detenerse y respirar la paz que solo habita en los templos que han visto pasar generaciones.

Pero el progreso también tuvo su propio altar, la memoria del pueblo guarda con celo aquel 17 de septiembre de 1936, cuando las aguas del Lago, siempre generosas, trajeron desde la lejana Canadá la primera planta generadora de electricidad. Fue un hito que cambió el ritmo de nuestras noches. De la mano de José Francisco Pérez, y bajo el cuido casi paternal de Execario Pérez, quien trabajaba de mecánico, electricista y cobrador; la oscuridad comenzó a retroceder.

 

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Aquella planta no solo suministraba energía, regalaba asombro. Por cuatro bolívares mensuales, las casas encendían bombillos de veinte vatios, y el compromiso con la municipalidad aseguraba que, de seis a seis, el pueblo no estuviera a merced de las sombras. Hoy, el lugar donde comenzó ese sueño eléctrico sobrevive en una edificación de estilo tradicional costero. Con su techo a cuatro aguas y sus molduras que enmarcan el acceso como un abrazo, la antigua planta ya no genera voltios, sino nostalgia. Es un recordatorio de que la identidad de un pueblo se construye tanto con oraciones bajo arcos de medio punto, como con la luz que, un día de septiembre, llegó navegando por el Lago para iluminar nuestro destino.

Si nos adentramos en los dominios de la parroquia El Carmelo, encontramos un centro poblado que parece haber sido dibujado con la regla de la sencillez. Aquí, la vida se organiza en sectores que resuenan como versos de una canción popular: desde El Real y San Ignacio de Loyola, pasando por la frescura de Las Parchitas, hasta el horizonte de Las Fronteras y la cotidianidad de El Estadio o El Taparo. Son nombres que no solo designan calles y manzanas, sino que agrupan familias, historias y esa sobriedad arquitectónica donde el lujo es la sombra de un alero y la dignidad de una casa de un solo piso.

Pero en este trazado de calles discretas, hay un lugar donde el tiempo se detiene a rendir honores: la casa de Rafael Urdaneta. No es solo una construcción de valor arquitectónico; es el epicentro de nuestra memoria histórica, en sus muros se resguarda el eco del Brillante, el hijo de esta tierra, esa vivienda, aislada y noble, se levanta en El Carmelo como un recordatorio de que en estos suelos llanos y bajo este sol incandescente, se gestó la entereza de los hombres que dieron libertad a una Nación. Así, entre el acueducto y los claveles, el patrimonio deja de ser un concepto técnico para convertirse en el orgullo de pertenecer a una tierra que sabe honrar a sus héroes desde la intimidad de su hogar.

Bajo la mirada del Libertador, si el municipio es un cuerpo, la Plaza Bolívar de La Concepción es, sin duda, su corazón latente. Más que un trazado urbanístico, este espacio se erige como el gran punto de encuentro donde la vida cívica y el pulso cultural de los habitantes de La Cañada, cobran forma. Es un lugar sagrado, no por decreto, sino por el resguardo amoroso de sus ciudadanos, quienes han hecho de sus jardineras y caminerías el refugio predilecto para el descanso y la celebración.

En el centro de esta vasta superficie pavimentada, el diseño rompe la horizontalidad del paisaje con un simbolismo poderoso. Tres pedestales en forma de paralelepípedo se alzan con sobriedad vertical, unidos por escalones circulares que parecen invitar al ascenso y a la reflexión. Allí, en la cúspide de la piedra, la figura de Simón Bolívar custodia el horizonte, flanqueado por la estatua de dos mujeres que representan, quizás, la fuerza y la entrega de una tierra que se sabe hija de la libertad.

La sombra de sus árboles, el mobiliario urbano deja de ser simple objeto para convertirse en confidente de los ancianos que recuerdan el pasado y de los jóvenes que sueñan el futuro. Entre el verdor de sus jardines y el eco de las festividades que allí resuenan, la plaza se confirma como el espejo de La Cañada: un espacio donde la arquitectura se humaniza y donde cada habitante encuentra un pedazo de su propia historia reflejado en el bronce y la naturaleza.

Los hatos, centinelas de barro, sal y memoria: hay un silencio especial que solo se encuentra a la orilla del Lago, donde el agua besa la arena y la historia se escribió con materiales humildes. En La Ensenada y Potreritos, el paisaje está punteado por los hatos de playa, esas edificaciones que son, al mismo tiempo, hogar y testimonio. Al contemplar el hato de teja, cuya fecha de nacimiento se perdió en el olvido, uno comprende la sabiduría de nuestros antepasados, paredes levantadas con barro, varillas de cañabrava y la ingeniosa mezcla de concha de coco; una arquitectura que no buscaba la opulencia, sino la frescura y el refugio.

En la playa el hato, conocida con el dulce nombre de Guayabita, la arena se vuelve sagrada. Fue allí donde la mirada de los pobladores de El Carmelo se encontró con la imagen de la Virgen del Carmen, emergiendo de las aguas para quedarse por siempre en un monumento que hoy es brújula espiritual. No muy lejos, la Playa El Caney sigue siendo el patio de recreo de las familias, un espacio donde el tiempo parece detenerse entre juegos deportivos y el murmullo de un Lago que ha visto pasar generaciones enteras.

Cada hato tiene su propia personalidad, su propio traje de gala rural. El hato de playa de La Ensenada nos habla del siglo XIX, con sus techos a cuatro aguas y tejas holandesas, mientras que el hato de Potreritos nos recibe con una fachada vibrante, donde el amarillo de sus paredes contrasta con el rojo de sus molduras, como un cuadro pintado a mano que se resiste a palidecer. Por su parte, el hato Mata Tigre conserva esa simetría perfecta, dividiendo la vida entre el salón de los sueños y la cocina de los encuentros, recordándonos que la felicidad solía habitar en espacios de cemento requemado y techos de zinc.

El hato de la familia Morán Urdaneta, merece especial mención, la casa parece estirarse para tocar el agua, con sus formas orgánicas decorando puertas y ventanas, y esa cerca permeable que deja pasar el viento para que la brisa del Lago sea la eterna invitada a la mesa. Estos hatos no son solo estructuras; son el último refugio de un pasado que ya no volverá, pero que sigue vivo en el crujir de sus maderas y en la resistencia de sus muros de bahareque. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.comEscritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

Ciudad Valencia/RM