El miedo intacto

Yo caminaba distraído entre las sombras doradas de la tarde, en Valencia, ciudad donde las campanas de la catedral no marcan las horas sino los destinos. El aire olía a incienso viejo y a frutas podridas. De pronto, como si emergiera de un recuerdo enterrado en la médula de mis huesos, una mujer se me acercó por la espalda y me dijo con voz de caricia rota:

—Mi amor, ¿quieres?

El mundo se detuvo. Sentí que el corazón me golpeaba como un tambor de guerra, y el grito que salió de mi garganta no fue mío, sino del niño que fui hace sesenta y un años:

— ¡Qué te pasa, loca, arranca de aquí!

Ella retrocedió con el mismo espanto con que retroceden las palomas cuando se abre de golpe una ventana, y yo quedé temblando, con la cabeza a punto de estallar, la tensión subida como un río desbordado, y el estómago revuelto como si quisiera expulsar la memoria.

Porque aquel miedo no era nuevo. Era el mismo que me inoculó mi hermano mayor cuando yo tenía diez años, la amenaza que me persiguió como un fantasma: “Cuando cumplas trece te llevaré a un prostíbulo”. Desde entonces contaba los días con el terror de quien espera la llegada de un verdugo. Y cuando cumplí trece, en mi inocencia de niño, convencí a todos de que ya tenía catorce, creyendo que así escaparía del destino. Cumplí catorce años dos veces, como si la vida me hubiera concedido un indulto secreto.

La amenaza nunca se cumplió, no sé si por el olvido de mi hermano o por el conjuro de mi doble cumpleaños. Pero el miedo sí cumplió su destino, se quedó conmigo, fiel como un perro invisible, esperando el día de su festín.

El tiempo pasó como pasan los ríos bajo los puentes, y yo olvidé aquella condena. Pero hoy, a mis setenta y cuatro años, la mujer que me rozó con su voz me devolvió de golpe al niño que fui. Comprendí que el miedo no envejece, que se conserva intacto como una reliquia maldita, esperando el instante preciso para resucitar.

Y mientras las campanas de la catedral repicaban como trompetas del Apocalipsis, yo me descubrí prisionero de un miedo infantil, un miedo que ni la edad, ni la memoria, ni el olvido lograron sepultar. Porque el miedo no necesita hechos, le basta con palabras. Y su reino no tiene fin, pues es el único dios que nunca muere, habitando en todos los corazones desde la infancia hasta la eternidad.

 

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Carta del miedo de hoy

Valencia, bajo las campanas de la catedral, marzo 26

Después de llegar a casa, después de pensar por varias horas…

Querida mujer desconocida,

Te escribo con la tinta del arrepentimiento y la memoria. Perdóname por haberte asustado la tarde en que tu voz, tan sencilla y humana, me rozó como un recuerdo. No supe entenderte en el momento, no supe ver en tu saludo la ternura escondida de quien también busca sobrevivir. Mi grito fue el eco de un niño que aún vive dentro de mí, y no la respuesta justa que merecías.

Perdóname también, hermano mío. Pasé toda mi vida sin comprender que tu amenaza de llevarme a un prostíbulo no era más que tu manera torpe de enseñarme lo que creías que era ser hombre. Yo lo recibí como condena, como sentencia, y nunca como gesto de educación. Hoy sé que tu intención, aunque equivocada, estaba hecha de la misma materia con que los mayores intentan guiar a los menores.

Perdóname, niño que fui. No supe superar el miedo que me sembraron, y lo llevé conmigo como una sombra fiel durante sesenta y un años. Te fallé al no liberarte, al no darte la paz que merecías.

Y finalmente, me perdono a mí mismo. Por tantas cosas, por haber confundido palabras con destinos, por haber dejado que el miedo gobernara mis pasos, por no haber sabido abrazar con ternura a quienes me rodeaban. Hoy, bajo las campanas que repican como trompetas, me reconcilio con todos, contigo, mujer; contigo, hermano; contigo, niño; conmigo mismo.

Porque el miedo no muere, pero puede ser perdonado. Y en ese perdón encuentro, por fin, un respiro.

Con respeto y temblor,

José Luis Troconis Barazarte

El miedo intacto

¿Si nos sentamos a un café?

Hablaríamos de la ciudad,

de las campanas que nunca callan,

de los niños que fuimos

y de los viejos que somos.

No hablaríamos del miedo,

sino del pan caliente,

de la música que aún nos salva,

de los sueños que se quedaron en la esquina.

Y yo te diría, mujer,

que tu voz me asustó,

pero también me abrió la puerta

para recordarme que aún estoy vivo.

 

  1. Perdóname por haberte juzgado…

 

Epístola del hombre a Dios

Señor de los silencios,

¿por qué existen ellas, ellos, los que habitan la calle como si fuera su única patria?

¿Por qué no vieron otra solución?

¿Por qué no les mostraste otra vida, otra salida?

No estoy de acuerdo con tu libre albedrío.

Un padre, una madre, se mete en la vida de sus hijos, los guía, los salva.

¿Quién se mete en la vida de los que duermen bajo los puentes?

¿Quién los rescata? ¿Tú? ¿Yo? ¿Quién?

Dime, Dios, ¿por qué?

¿Por qué la intemperie se convierte en destino?

¿Por qué la soledad se convierte en condena?

¿Por qué la calle es más fuerte que tu misericordia?

 

La respuesta de Dios

Hijo que me interrogas,

no busques en mí la respuesta que deseas como consuelo.

Yo sembré caminos, pero cada corazón es un abismo.

El libre albedrío no es abandono, es herida y es don.

Ellos, ellas, los que habitan la calle,

no son olvidados, son espejos.

En su desnudez ves tu propia fragilidad.

En su hambre ves tu propia sed.

En su miedo ves tu propio miedo intacto.

No me culpes solo a mí.

El mundo es también tu obra.

Un padre, una madre, una ciudad, una voz,

todos son llamados a meterse en la vida de los que sufren.

¿Quién ayuda?

Tú. Yo. Todos.

El dolor no es mi voluntad,

es la grieta por donde puede entrar la luz.

Firmado,

Dios

 

Perdón

 

Ella solo me dijo

Amor…

 

José Luis Troconis Barazarte.

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

Antonio V. Díaz B.

 

Ciudad Valencia/RM