La obra titulada «Modokue», una impactante tela de 2 metros por 2 metros y medio aproximadamente, con colores primarios, sin mezcla, que recuerdan las técnicas del fauvismo, donde varios espacios confluyen abriendo caminos, y un fondo místico religioso Yoruba, de Eleggua, impresiona desde un primer momento. Un trabajo del maestro aragüeño José Caldas.

La paleta de colores de Caldas es característica, pero es de destacar las atmósferas que crea dentro de espacios sagrados donde se disponen ofrendas y aparentes naturalezas muertas impregnadas de viva magia ancestral. Caminos ocultos del mestizaje o a manera de ríos subterráneos que salen a la superficie, de ritos olvidados del subconsciente colectivo del venezolano.

La energía recorre el cuadro en un poltergeist plástico. Una obra que será polémica en su recepción en una ciudad tradicional. El premio en metálico Arturo Michelena para la mejor obra del salón es de 15 mil dólares y el segundo en monto e importancia es el premio Andrés Pérez Mujica que consta de 10 mil dólares.

El segundo premio fue para un pintor valenciano, Hugo Barroeta, quien destacó con otro gran formato de dos metros por dos y medio aproximadamente, titulado “Nada es lo que parece”, un acrílico sobre tela que refleja un trabajo interior, haciendo suya la tradición del arte abstracto latinoamericano, de naturaleza orgánica, donde formas y colores escapan a la disposición plana del arte prehispánico, y ofrecen un organismo plástico vivo, coherente consigo mismo.

Los que han seguido la obra de Barroeta, quien fue director de la escuela de artes plásticas «Arturo Michelena», han visto crecer poco a poco ese lenguaje propio. El dibujo, un género un tanto olvidado en las premiaciones, resaltó en este 67 Salón con el trabajo de Jesús Ovalles, artista del oriente del país, donde confluyen los géneros de pintura (despintura) con el dibujo (y el desdibujo), y entre sombras y luces vemos cruzarse formas zoomórficas con vegetales.

Finalmente, el dibujo se impone como discurso principal. “Nido de pájaro nocturno” lo titula. Formas del fuego de Morella Jurado, (2×3 metros), el que para nosotros fue el trabajo más llamativo, aporta una narrativa apoyada en los recursos plásticos: un bosque con hojilla dorada.

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Al fondo: una misteriosa casa en llamas; a la derecha una mancha de sangre y a su izquierda recorte de un venadito; islas de pasta blanca o tela cruda descubren  profundidad, y partiendo del centro del rectángulo se inicia la transfiguración de un inmenso ciervo totémico.

No sabemos si es un recuerdo, o es la misteriosa luz de los venados, lo que va borrando la figura principal. Su título lo toma del poema de Ramos Sucre: las formas del fuego, que cómo sabemos inicio en la literatura venezolana la prosa poética y culminó el simbolismo y sirve de faro todavía a las vanguardias.

Morella Jurado se lleva el nuevo premio Braulio Salazar. Otro nuevo premio es el Oswaldo Vigas que se otorgó a Hendrik Hidalgo quien usa el textil, y sus distintas texturas en sinestesia de formas y colores, usando el método del cosido, superponiendo trozos de tela como brochazos, cosiendo y así pintando, configurando, en el contexto de un abstraccionismo lírico.

“Naturaleza onírica en peligro de extinción” titula el textil, que en este salón tiene mucha participación, así como brilla por su ausencia la buena escultura. Así mismo, el llamado arte ingenuo, que no lo es tanto, es más urbano que rural, y donde lo «ingenuo» es más bien un discurso que toman artista con formación académica, también tiene varias muestras en este salón.

Dentro del arte ingenuo verdadero, que es tradición en nuestro país, desde Feliciano Carvallo y Bárbaro Rivas, de ubica el trabajo de Bárbara Colmenares, que llama: “Modo cromático de la historia de Bolívar y las heroicas heroínas de Venezuela”, un panteón, a la manera de panteón mural de héroes del espacio público, y de panteón, doméstico e íntimo de la religiosidad popular.

Premio Nobel fiado por negocio petrolero a futuro | Pedro Téllez

Entonces, vemos aparecer en el lienzo los rastros de la historia subalterna, las mujeres guerreras que olvidan los historiadores académicos, pero recuerda el pueblo. En fotografía destacó “Metamorfosis”, de Ricardo López. Se trata de una serie de fotografías donde una transformación interior (el travesti) se hace pública. Pero no es el fotógrafo voyeur, es el retrato del interior del personaje, sus marchas y contramarchas interiores, retratando más frente al espejo que al lente.

La mirada fotográfica es discreta, oblicua, sin nada de cámara oculta. Más bien se ve tras el espejo. El premio consiste en propuesta de exposición individual en GAN. Se entregaron varias menciones y comentaremos otras valiosas obras que no fueron premiadas, pero deben ser objeto de comentarios en nuestro siguiente artículo.

 

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Pedro Téllez-psiquiatra-escritor

Pedro Téllez (Valencia, 1966): Psiquiatra y escritor. Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad de Carabobo, donde también cursó las Maestrías de Historia de Venezuela y Literatura Venezolana. Ha sido profesor de estética en la Escuela de Arte «Arturo Michelena» y coordinador del Postgrado de Salud Mental en el Hospital Psiquiátrico de Bárbula.

Ha formado parte del comité de redacción de las revistas Poesía y La tuna de oro. Entre sus libros se encuentran: Añadir comento (1997), Fichas y remates (1998), Tela de araña (1999), La última cena del ensayo (2005), Un naipe en el camino de El Dorado (2007), Elogio en cursiva del libro de bolsillo (2007), Valencia sulaco (2019).

 

 

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