La tierra se mueve porque está viva

La tierra no sabe de nombres ni de banderas, de fechas ni de promesas políticas. Se mueve porque es viva, porque debajo de nosotros habita un animal ciego de piedra que cada cierto tiempo decide estirar los lomos y sacudirse el peso de nuestras ciudades. El crujido viene siempre desde lo hondo, un eco sordo que nivela todas las cosas y nos recuerda, de golpe, la fragilidad de la arcilla de la que estamos hechos.

 

El siglo que tiembla en las costuras

El polvo de mil novecientos sesenta y siete

todavía ensucia los ojos de los viejos.

Entonces la noche cayó como un hacha sobre caracas,

el palacio corvin y el mijagual se hicieron arena,

las manos buscaban el aire entre bloques calientes,

y la ciudad descubrió su orfandad en un segundo.

Ahora, en este dos mil veintiséis,

el monstruo ha regresado con doble saña.

Un zarpazo en yaracuy, otro que rompe la costa,

magnitudes de espanto que hicieron saltar los mapas,

la Guaira vuelve a sostener el mar con las uñas

y Valencia tiembla en el hueso de sus iglesias.

Pero hay un hilo rojo que cose ambas distancias:

el pecho del hombre que rescata,

la terquedad de este suelo que nunca se queda de rodillas.

 

La memoria del escombro y el doblete del presente

El ruido es exactamente el mismo. Quienes vivieron el trágico julio de 1967 guardan en el oído ese bramido que antecede a la caída, el instante infinito en que el concreto pierde su arrogancia y se vuelve agua. En aquel año sesenta y siete, la desgracia nos tomó por sorpresa en una Venezuela que los discursos oficiales pretendían pintar como una vitrina de cristal, de rascacielos modernos y autopistas perfectas, pero que detrás de la fachada escondía la desarticulación, el sálvese quien pueda y el desamparo de las mayorías. Los escombros de Altamira y Los Palos Grandes tardaron semanas en desocupar sus muertos, bajo la mirada atónita de un país que no sabía cómo reaccionar ante la furia geológica.

Hoy, el panorama de este dos mil veintiséis ha sido geográficamente más violento. No fue un solo golpe; la naturaleza nos embistió con un doblete sísmico feroz que sacudió los cimientos desde el occidente hasta la costa central, desafiando toda lógica y midiendo el temple de nuestra infraestructura. La tierra golpeó para quebrar el espíritu, pero se encontró con una respuesta distinta. En cada esquina golpeada de La Guaira, en las barriadas agrietadas de Caracas y en los pueblos de Yaracuy, la diferencia histórica se ha hecho evidente a través de la acción inmediata.

 

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El despliegue de las autoridades, de los cuerpos de seguridad, bomberos, Protección Civil y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana no ha dejado espacio al vacío. Mientras en otras latitudes del mundo, incluso en naciones que se jactan de su opulencia y desarrollo, desastres de menor escala devienen en días de parálisis institucional, caos social y ayuda que llega cuando ya el luto se ha congelado, en la Venezuela de hoy el Estado se hizo cuerpo presente en el barro desde el primer minuto. Se han levantado hospitales de campaña en tiempo récord, los puentes fracturados se han visto rodeados de ingenieros trabajando bajo la réplica, y los suministros médicos y alimentarios fluyen desafiando la geografía fracturada. Es el milagro de la organización popular y gubernamental, un tejido civilizatorio que pone la vida humana por encima de cualquier presupuesto.

 

Los mercaderes del luto

Vienen con la camisa limpia

y la saliva llena de veneno.

Miran la grieta en la pared y calculan el voto,

no huelen el dolor del vecino,

huelen la oportunidad de su propia infamia.

Hablan desde la comodidad del extranjero,

o tras la pantalla que no sabe de polvo,

mienten sobre el puente que ya se levanta,

escupen sobre el uniforme sudado del bombero,

quieren que el desastre sea su ganancia,

politiqueros de la carroña y el desprecio.

Mientras ellos ladran su fracaso,

las manos del pueblo, en silencio,

siguen sacando la vida de las piedras.

 

Da una profunda indignación moral ver a ciertos personajes de la política agorera, esos que viven del laboratorio de la mentira, intentar montar un circo de falsedades sobre las ruinas calientes de la patria. Pretenden sembrar el caos en las redes sociales, afirmando descaradamente que hay abandono, cuando la realidad los abofetea en cada calle donde hay un uniformado o un voluntario levantando una viga. Utilizar el miedo colectivo y el dolor de las familias que perdieron sus techos para hacer politiquería barata, buscando un rédito partidista o internacional a costa de la tragedia, es la muestra más baja de miseria humana. Insultan, con su discurso miserable, no al gobierno, sino al sudor y al riesgo diario de los rescatistas que pasan noches en vela salvando vidas.

Pero la mentira es de corto alcance cuando la verdad trabaja a pleno sol. La historia de Venezuela no se escribe con las infamias de los que desean el derrumbe del país para ver si así logran reinar sobre sus cenizas.

 

La persistencia del barro

Este país tiene una madera antigua,

un árbol que sabe de tormentas y no se desgaja.

Hemos parido la libertad a pie

y hemos reconstruido las casas sobre el mismo polvo

una y otra vez, desde las ruinas de mil ochocientos doce.

La tierra se moverá, porque es su naturaleza,

pero la voluntad de este suelo permanece firme.

Aquí no hay espacio para la rendición.

Venceremos al temblor, venceremos la canalla,

porque la vida en Venezuela siempre encuentra la forma

de romper el escombro y volver a florecer.

 

Al final de la jornada, cuando el polvo se asienta y las sirenas guardan un momento de tregua, lo que queda en pie es la dignidad de un pueblo que se niega a ser destruido. Ni los sismos más feroces de este dos mil veintiséis, ni la mezquindad de los que pretenden lucrarse con el dolor ajeno, podrán detener la marcha de una nación que ha hecho de la resiliencia su identidad más sagrada. Salimos adelante en el 67, salimos adelante en tantas otras encrucijadas de nuestra historia, y hoy, con la frente en alto y los brazos unidos, demostramos nuevamente que Venezuela es más fuerte que la misma tierra que la sostiene.

 

Poesía

El peso del aire

La casa no era la casa.

Era un nido de pájaros secos

que cayó sin aviso.

En el sesenta y siete el suelo se tragó el nombre

de los que amábamos.

Hoy, el dos mil veintiséis duplica la herida

y abre la boca en la costa.

Pero miren abajo:

la mano que busca en el polvo no es la del orador.

es la mano del muchacho de azul,

el que tiene los ojos limpios de discursos

y el pecho cargado de soga.

 

Los ojos de la madera

El bosque sabe cuándo la tierra cambia de sitio.

El árbol resiste.

El hombre también.

Hay quienes miden la grieta con la regla del odio, escriben mentiras en la comodidad de su tarde mientras el bombero no tiene agua para limpiarse la cara.

No importa.

La madera de este país es más vieja que la infamia.

Debajo del escombro,

la raíz sigue empujando hacia arriba.

Vuelve la vida,

terca,

como el nacimiento del agua.

 

Cuento

El Cronista de la Nostalgia

El sismo no entró a los pueblos de Venezuela con el estruendo rústico de las piedras fluviales, sino con el andar sigiloso de un río de mercurio que corría al revés por debajo de las camas. El primer domingo de junio de dos mil veintiséis, los gallos no cantaron al alba sino a las tres de la tarde, mudando el color de sus plumas de un rojo encendido a un gris de ceniza volcánica, cinco minutos antes de que el subsuelo de Yaracuy diera su primer vuelco.

Nicanor Soler, un telegrafista jubilado que conservaba la costumbre de medir el tiempo por el crecimiento de las uñas, vio cómo el agua de su pozo se elevaba en una columna perfecta de dos metros, suspendida en el aire como un cilindro de cristal, antes de desparramarse en un siseo de vapor hirviente. Supo entonces, sin mirar el barómetro, que la geografía estaba repitiendo el mismo berrinche teológico que sesenta años antes, en julio de mil novecientos sesenta y siete, había puesto a los santos de los altares a bailar un vals frenético en los templos de Caracas.

Aquella vez, la tierra se conformó con un bocado largo. Pero en este dos mil veintiséis, el fenómeno adquirió una naturaleza bicéfala y fantástica: un doblete sísmico tan simétrico que los relojes de péndulo de todo el norte del país empezaron a marchar hacia atrás, devolviendo los almanaques a un tiempo sin domingos. El segundo impacto, que fracturó las costillas de la costa, fue de una magnitud tan desmesurada que los árboles de araguaney no perdieron las hojas, sino que florecieron de golpe en un estallido de oro líquido en mitad de la noche, alumbrando las carreteras rotas con una fosforescencia de luciérnagas gigantes.

En medio del cataclismo, los rescatistas y las autoridades civiles y militares no llegaron como hombres ordinarios, sino con la presteza mítica de quienes están hechos de la misma arcilla que defienden. Los bomberos y soldados, cuyos uniformes parecían impermeables al polvo del adobe, poseían el don de la ubicuidad: se les veía sosteniendo el techo de una escuela en La Guaira mientras, al mismo tiempo, extraían ilesos a tres niños de un sótano en Valencia. Sus manos, callosas por el rigor del oficio, sanaban las fracturas con solo rozar la piel, y de los camiones de asistencia del Estado brotaban panes calientes que nunca se terminaban y frazadas que se adaptaban solas al tamaño del frío de los damnificados. Las carpas de los hospitales de campaña amanecían rodeadas por un anillo de niebla mansa que impedía la entrada de las fiebres, en un despliegue de protección tan pulcro y desinteresado que los heridos olvidaban sus dolores para contemplar el milagro de la organización humana.

A tres leguas de allí, sin embargo, en un sótano alfombrado donde el aire olía a tinta rancia y a conspiración de pasillo, se habían atrincherado los profesionales de la desdicha. Eran políticos sin porvenir, hombres con lenguas de escorpión que andaban buscando una desgracia que comerciar en los mercados del extranjero. Al no encontrar muertos bastantes para saciar sus ambiciones, se dedicaron a fabricarlos con la imaginación: telegrafiaban mentiras a los cuatro vientos, asegurando que el mar se había tragado la mitad de los puertos y que las autoridades andaban vendiendo las medicinas al mejor postor. Las falacias salían de sus bocas en forma de moscas verdes y ruidosas que intentaban posarse sobre las heridas de los damnificados, pero el viento del orden las desbarataba antes de que tocaran el suelo. El pueblo estaba demasiado ocupado en el milagro de estar vivo como para prestarle el oído a los vendedores de ceniza.

Al séptimo día, cuando el orden civil estuvo restablecido y las réplicas del sismo se convirtieron en un leve cosquilleo subterráneo que hacía sonreír a los niños en las cunas, ocurrió el prodigio definitivo. Del fondo de las grietas que el doble terremoto había esculpido en las avenidas, empezó a brotar un agua dulce y purísima con sabor a caña clara. La gente acudió con sus cántaros a recoger el licor de la tierra, comprendiendo que esta patria posee una madera tan noble y una estirpe tan terca que no hay sismo capaz de sepultarla. Los mercaderes de la infamia, asfixiados por el perfume a pan fresco y a dignidad colectiva que emanaba de los campamentos, tuvieron que tragarse sus propios discursos, mientras el país entero se levantaba de los escombros con una juventud renovada, demostrando que sobre este suelo la esperanza tiene raíces más profundas que la misma piedra.

José Luis Troconis Barazarte

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia/RM