Hay diferentes tipos de equilibrios que se buscan en la escritura; algunos son conscientes; otros, ocurren de manera espontánea y, tiempo después, el autor o autora logra percatarse de lo que hubo logrado sin proponérselo.
En el caso de Marhisela Ron León, esos equilibrios están domesticados, ella los moldea, los cambia, los reduce y los amplía a consciencia; incluso muchas veces los ignora. Porque el equilibrio es emocional, de donde se desprende el estilo como una consecuencia inevitable: tristeza, melancolía, alegría, reclamo, denuncia, celebración, duelo…
Es decir, primero se procesa el impacto en el modo de sentir, sea un suceso, una novela, un poemario, una crónica; luego, se escribe tomando distancia en los espacios que lo ameriten, pero en otros, mostrando la intimidad al desparpajo, mostrando el agotamiento que genera la rigidez de la desidia política y las falsas creencias que se enquistan como arquetipos en la mayoría de las personas y las instituciones.
DEL MISMO AUTOR: RAMÓN NÚÑEZ: EL ARTE DE SER CRONOPIO
A Marhisela Ron León le importa expresar lo que considera cierto, una verdad que puede incomodar a sus lectores, pero ella deja esto en un segundo plano, la molestia es ya una forma de hacerse consciente de algo, quizás sea el primer signo de una modificación de conducta y de modo de pensar. La brecha hay que abrirla, y lo difícil es mantenerla en forma de herida que produzca reflexión y se convierta en argumento.
Hace varias semanas, el Complejo Editorial Batalla de Carabobo (CEBAC) publicó, en formato de libro digital, una selección de las columnas semanales que nuestra autora ha venido escribiendo en el Diario Ciudad Valencia (en su página web ciudadvalencia.com.ve).

Desde la orilla es el título, un libro cuya escritura yo no he dudado en clasificarla como de una despiadada frescura. Aun en el rigor de las crudezas, aun cuando echa alcohol en las llagas vivas de algunos temas que, a pesar de todos los avances en comunicación, y en contra de las mezclas culturales, han sido y siguen siendo temas tabúes, intocables.
La lectura se cuela de manera agradable, uno no se da cuenta de cómo hizo para mantenernos con la atención abierta de par en par; sus crónicas no admiten ser postergadas, obligan a ser leídas porque están llenas de vida, por ellas corre la sangre de sus moradas, las vísceras de su erotismo, el tenso temblor de su entrega sin estigmas ni máscaras; el polvo venenoso de sus demonios, los lodazales en los que ella ha sumergido sus manos para luego crear la alquimia y convertir el dolor, lo trágico, lo negado, en un cuerpo de escritura que destila belleza y elegancia.
Yo considero que la escritura, de manera general, debe poseer elegancia, aunque denuncie al criminal, al abusador; aunque muestre las pieles llagadas de los que sufren, de los que llevan pesos y los simulan con disfraces permanentes; la escritura no puede perder de vista que es arte, y en todo arte existe una ceremonia con las formas, un vínculo indescifrable entre apariencia y contenido.
Y Marhisela sabe cuándo y de qué manera arrojar sus verdades; introducir la frase directa, sin ningún tipo de adorno, y cuándo, a partir de una secuencia cotidiana, crear una imagen memorable, crear una escena en la que la poesía se suelta y nos permite ver con asombro lo que hemos hecho tantas veces. Y entonces se demarca el equilibrio entre la anécdota y las verdades en las que ella basa su vida; se subraya la ironía y lo cotidiano deslumbra:
Llego a la mesa como quien se acerca a un confesionario, pero no busco perdón: busco el exceso. El café levanta el vapor y me moja la cara. El pan piñita. Harina y azúcar que mis dedos empiezan a desmembrar. No hay elegancia; hay goce. Estoy segura de que a esto se refiere la oración: ‘No nos dejes caer en la tentación’. Uno se desespera como el bebé buscando la teta.
Y luego, en el siguiente párrafo, brota la escena poética, un trozo de una película que se extrajo para mostrar mejor el poder de la poética de lo cotidiano:
Viene entonces el momento del bautismo. Sumerjo el trozo del pan en el charco negro. Lo sostengo los segundos exactos: ni tanto que se pudra en el fondo como un cadáver blando. Es una ingeniería de la paciencia. Cuando el pan emerge, preñado de café, el mundo exterior se borra. Al morderlo hay un golpe que me sacude la mandíbula. Es un beso con lengua. (El pan dulce es mi pastor y mi exceso, 13-03-2026).

¿Acaso no hay aquí un guiño irónico a la fe religiosa? ¿Comulgar no es un acto de entrega íntima, un beso simbólico y de lengua con Cristo? El exceso alude a no poder resistir la tentación de ser atraída hacia lo que daña y da placer al mismo tiempo.
Desde la orilla, la columna, comparte espacio con: No soy intelectual, vengo a escribir de amor. En esa rama, por darle un nombre, Marhisela Ron León realiza entrevistas a artistas locales, a personas que realizan un esfuerzo por mantener vivas las tradiciones o están realizando actividades dignas de resaltar y apoyar, como es el caso de la joven Sofía Rada, quien en Patanemo ha organizado un club de lectura, crea historias, confecciona de manera artesanal sus propios libros…
En este espacio, Marhisela también escribe reseñas de libros, de autores, resaltando los estragos, los asombros, las líneas de vida que se cruzaron para que ella llegara a ellos o ellos a ella, y, sobre todo, los paralelismos que existen entre las vidas de los personajes y los núcleos de las tramas, con su propia vida, con sus anhelos, con su modo de entender la realidad social y anímica.
No establece una crítica literaria, no existe un academicismo depurado en las reseñas, ella exalta otros rasgos de las obras, lo que perturba, las osadías, las rebeliones, y son estas emociones las que generan puentes con Desde la orilla. Veamos un claro ejemplo en la reseña a la novela de Sol Linares Percusión y tomate:
He sido como Octavia, la protagonista. Octavia Fernández «Tavita» y el barranco que la acompaña, un divorcio. La Ex. La excasada, examada, exfoliada, exfeliz, exlubricada. Lamentando la novela que no podré escribir. He sido Claudia con algún ataque de pánico en mi historial y un diario que no sé a quién voy a dejar cuando me muera. Escogemos el mismo lado de la ventana del autobús. He sido Babela, la madre adolescente que alguna vez tuvo mi madre. Ahora soy la huérfana, igual que Babela… (No soy intelectual, vengo a escribir de amor, 02-03-2025).
Entonces, Marhisela realmente es un personaje activo tanto en sus crónicas como en sus reseñas; un personaje muy humano que genera simpatías y rechazos, odios, admiraciones, ternura, pasión; se muestra valiente, atrevida, débil, tierna, luchadora… Todas las características que un buen personaje debe tener.
Tal vez no nos sorprenda tanto que una lectora se identifique con personajes de novelas; pero sí que se percate de que ella, al igual que Claudia, se sienta del mismo lado en los autobuses. Esto genera conexión inmediata con los lectores, porque estos se dan cuenta de que la literatura está en la calle, en nuestras historias, en nuestras costumbres y modos de enfrentar la vida.
Es la “búsqueda” lo que define la pasión por la escritura en Marhisela Ron León. Intuye dónde puede aprender, de quiénes, vivos o muertos, hombres o mujeres, ella siempre busca, y lo conseguido no la conquista, no la doblega, porque ella sabe imprimir su huella, marcarla; una buena escritora entiende que no se trata de seguir preceptos ni cánones; se trata de crear algo nuevo a partir de ellos. Solo la humildad nos abre a la escucha del otro. Siempre somos aprendices.
***
TE INTERESA:
***

Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021). (Tomado de eldienteroto.org)
Ciudad Valencia/RN













