Trabajo de investigación (última)
Me gustaría que en vez de asignarle a los estudiantes una tarea que ni siquiera en la universidad se lleva a cabo con agrado, se les enseñe la pasión por pensar, el gusto por descubrir relaciones entre diferentes elementos de lo real. Se le enseñe a ver el mundo inmediato de vida.
Me gustaría que los estudiantes se interroguen sobre sus condiciones de vida, que a la vez son condiciones humanas, y se converse sobre sus causas y sus consecuencias en una ronda de saberse personas inmersas en un contexto social, cultural e histórico determinado: ¿Qué significa en términos de vivencias cotidianas el subdesarrollo, la dependencia? ¿Cuáles son las opciones que tenemos ante esa realidad?
La investigación no es una nota más, cómo no debe serlo ninguna de las enseñanzas que tocan profundamente nuestra sensibilidad como seres humanos, es una condición de vida, una vía para aprender a sentir y a pensar; aquello que Galeano designó como “sentipensante”.
Para llegar a establecer los esquemas metodológicos que pudieran servir para encuadrar la realidad y conocerla, hace falta comprender los avatares que ha pasado el lenguaje para deslindarse en dos grandes vertientes, el literal y el figurado. La ciencia, que proviene de la filosofía y en un tiempo estuvo ligada a esta última, cada vez intenta acercarse más al lenguaje neutro, a lo literal; no lo conseguirá porque si ella no le pide auxilio a la imaginación, volverá a caer estrepitosamente y su vicio estadístico se divorciará de la realidad, y esa distancia sería insalvable.
Algunas corrientes literarias y del arte en general también lo intentan, el realismo y el paisajismo, por citar dos ejemplos. La poesía que, según Lautremont, constituyó el primer lenguaje humano, imbuido de metáforas y transformaciones, lenguaje poético que dio origen al mito y a las religiones, es heredera del segundo tipo, la filosofía también sería una derivación del lenguaje figurado y su poder de reflexión.
Es preciso que esto se les explique con suficiente claridad a los alumnos para que ellos se ejerciten en los dos modos de conocimiento que tales lenguajes acarrean o contienen dentro de ellos: el conocimiento dirigido por la razón y el orientado por lo poético.
Los dos lenguajes, a través del tiempo, han tenido relaciones de forcejeo basadas en el menosprecio recíproco; el lenguaje literal aspira ser un lazo identitario que supone la correspondencia entre la razón cognoscente y lo conocido o el objeto susceptible de ser conocido.
Este juicio de verdad estaría despojado, en el caso del método científico, no solo de las pasiones del sujeto, de sus creencias y gustos, sino de la capacidad del lenguaje por desprenderse e inventar sus propios referentes. De tal manera que el proceso de investigación es al mismo tiempo un proceso donde el sujeto desaparece, de allí la exaltación de una de sus características más representativas: la objetividad.
Lo objetivo es aquello que ha sido analizado tal cual es, el realismo ingenuo mantenía la tesis de que la realidad habla. La historia de la ciencia se ha encargado de resquebrajar estos saberes que fueron los pilares del método científico hasta principios del mil novecientos cuando la Teoría de la Relatividad comenzó un movimiento de desestructuración epistémica de la ciencia, aquellas categorías como sujeto, objeto, realidad, verdad, se tambalearon y se derribaron.
¿Por qué dejar a un lado el sismo mencionado antes? ¿Cómo ignorar que la entrada de Einstein al universo de la ciencia es la transformación de su lenguaje, supuestamente univoco e inequívoco, en un lenguaje flexible, lleno de imaginación, invadido por la metáfora, muy parecido al lenguaje lúdico de los estudiantes, lo cual nos ofrece el ápice por donde podríamos comenzar a transformarlos en seres pensantes?
Una vez más, no se trata de darles a los estudiantes el objetivo número tal del programa de lenguaje donde se les explica qué es la metáfora y ponerlos a escribir dos o tres; se trata de que utilicen ese recurso literario para explorar el mundo y su mundo.
Las exposiciones
Arribamos a una de las evaluaciones más perversas que puedan existir en los medios educativos de la escuela básica, las exposiciones. Es una derivación de los trabajos de investigación, de los cuales no hemos dicho aún todo lo que deberíamos haber dicho. La razón más poderosa que se esgrime a favor de las exposiciones es que ayuda a los estudiantes a perder el miedo escénico. ¿Hay alguna otra ventaja? Creo que ninguna otra.
Veamos de cerca qué es eso del miedo escénico. Como su nombre lo indica, es miedo a salir a escena, de presentarse en un escenario. Es decir, que dentro de esta frase se encuentran varias razones ocultas, agazapadas, que también esperan por salir del camerino y mostrarse.
Primero, la frase afirma que educar o enseñar implica una escena, un montaje donde una persona le hace creer a un grupo que asiste a oír lo que él sabe, algo que puede enseñar, en el fondo hay una base de creencia, esto puede o no ser así.
Si el que está ejecutando el papel de maestro lo hace bien, puede ser que no sepa nada, que no haya convertido su vida en un motivo de enseñanza, pero puede convencer al grupo de que sí sabe algo. Sin embargo, esta impostura, esta mascarada, no impedirá que el grupo no aprenda de él o de ella.
Los actores que hacen papel de maestros utilizan varios efectos especiales para desaparecer en pleno acto, uno de los efectos más usados es la llamada exposición, ¿en qué consiste?, en delegar su trabajo a los alumnos.
Los estudiantes preparan un tema que sea vinculante con la materia o sea parte de ella, se estudian unos puntos que se han repartido a partir de la formación de equipos y luego elaboran un trabajo que es una especie de ensamblaje. Cada quien se estudia uno o dos puntos. Fijan la fecha para exponerlo al resto de los equipos y al docente.
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Los estudiantes pasan por la peor de las experiencias, sudan frío, se les hielan las manos, titubean, se paralizan, bailan una danza nerviosa que raya en el piso su frenético vaivén, parecen locos que ven hacia zonas perdidas diciendo una y otra vez: “verdad, verdad, este, eh, eh, verdad, entonces, entonces”… Pero estoy seguro de que todos estos signos aluden a que los estudiantes no saben que están actuando, se creen el papel de maestros o de estudiantes de verdad, lo encarnan, lo padecen.
Todo ello lo pudo evitar el director de la obra, el docente, precisamente acudiendo al teatro para erradicar el miedo escénico, es como más lógico, es como más adecuado. Los estudiantes perderán el miedo escénico actuando, a mi juicio no hay otra manera más efectiva y creativa de hacerlo. Quizás ganemos mucho más con la aparición de buenos actores.
No quiero tocar el tema de las exposiciones en los primeros grados de la escuela básica, porque no soy tan perverso. No se puede ser tan cruel en esta vida.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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