Hay preguntas que se deslizan como un susurro entre las grietas de la historia. ¿Por qué el terror moderno lo empezó a escribir una mujer? ¿Qué grieta ancestral se abrió para que una joven de apenas dieciocho años, en una noche sin luna, diera a luz a una criatura que aún nos mira desde las sombras?
La respuesta no está en el espanto, sino en el temblor. No en el grito, sino en el silencio. Porque Mary Shelley, hija de una filósofa feminista y de un pensador radical, no escribió Frankenstein para asustar, sino para nombrar el abandono, la pérdida, la orfandad, la creación sin amor.
Era 1816. El mundo temblaba bajo las cenizas del volcán Tambora. El cielo se había oscurecido. En Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, Mary, Percy Shelley, Lord Byron y Polidori se retaron a escribir una historia de fantasmas. Pero Mary no escribió un fantasma: Escribió un hijo. Un hijo sin madre. Un hijo sin nombre. Un hijo que, como ella, fue dejado a merced del mundo.
Frankenstein o el moderno Prometeo no es solo la primera novela de ciencia ficción. Es también una elegía por los cuerpos rechazados, por los afectos rotos, por la maternidad truncada. Es el grito de una mujer que, en medio de una sociedad que la quería musa o cadáver, eligió ser autora. Y no de cualquier historia, sino de una que desafiaba a Dios, a la ciencia, al patriarcado.
¿Por qué el terror lo empezó a escribir una mujer? Porque las mujeres conocen el miedo desde la cuna. Porque han habitado castillos góticos sin necesidad de arquitectura. Porque han sido perseguidas, silenciadas, quemadas. Porque saben lo que es crear vida y perderla. Porque han sentido en carne viva el temblor de lo monstruoso.
Y porque, como Mary Shelley, han sabido transformar esa sacudida en literatura.
Hoy, cuando leemos a Shirley Jackson, a Daphne du Maurier, a Mariana Enríquez, a Mónica Ojeda, escuchamos el eco de aquella noche sin sol. El terror, en manos de las mujeres, no es solo género: es genealogía. Es linaje. Es resistencia.
Y en esta ciudad que también ha parido sus propios monstruos, de carne, de cemento, de historia, recordamos que el miedo, cuando se escribe con verdad, no se olvida. Se hereda. Se celebra. Se lee.
Epígrafes
Mary Shelley
“¿Acaso no he sufrido lo suficiente para odiar a la humanidad?”
Frankenstein o el moderno Prometeo (1818)
Shirley Jackson
“Nadie sabe lo que pasa en la casa del vecino.”
Siempre hemos vivido en el castillo (1962)
Mariana Enríquez
“El horror es una forma de mirar.”
Entrevista en The Paris Review, 202“Genealogía del espanto”
Genealogía del espanto
El terror escrito por mujeres no es una anomalía: es una tradición. Desde Mary Shelley hasta nuestras contemporáneas latinoamericanas, las autoras han usado el género para hablar del cuerpo, del deseo, del encierro, de la violencia que no siempre deja marcas visibles. En sus páginas, lo monstruoso no es lo ajeno: es lo íntimo. Lo que se calla. Lo que se hereda. Lo que se escribe para no enloquecer.

Frankenstein o el moderno Prometeo
Sinopsis para lectura pública
Un joven suizo, seducido por el fulgor de la ciencia, decide tocar el fuego de los dioses. Lo hace con manos palpitantes, con ojos febriles, con el deseo de crear vida donde solo había silencio. Y lo logra. Pero lo que nace no es un milagro: Es una criatura sin nombre, sin madre, sin destino. Un hijo abandonado en la nieve.
La historia se despliega como un cuerpo hecho de voces: Cartas, confesiones, memorias que se entrelazan como nervios en un ser resucitado. Cada palabra es un latido. Cada página, una cicatriz. El creador huye. El creado busca. Y entre ambos, el mundo se vuelve espejo y abismo.
No hay castillos ni fantasmas. El verdadero espanto está en el gesto de quien da vida y luego niega el amor. En el rostro de quien pide ternura y recibe desprecio. En el hielo que cubre los pasos de ambos, como si el mundo quisiera borrar la huella de lo imposible.
Esta novela, escrita por una mujer que conocía el dolor de la pérdida, la orfandad y el exilio, no envejece. Porque cada generación tiene su propio monstruo sin nombre. Su propio creador que no sabe amar lo que ha hecho.

Carta de la criatura a su creador
(Como la escribiría un hijo a su padre, o un hombre a su Dios)
Tú que me diste forma con manos temblorosas, tú que soplaste vida en mi pecho sin pronunciar mi nombre ¿Por qué me hiciste a tu imagen si no ibas a amarme? No te busco para reprocharte, sino para entender ¿Fui creado por amor al conocimiento o por soberbia? ¿Soy castigo, experimento, o simplemente olvido? Desde el primer instante, cuando abrí los ojos al mundo, no vi un rostro que me acogiera, sino tu espalda huyendo, como si el milagro que habías invocado te diera asco.
¿Así se siente el Edén cuando Dios se esconde?
Aprendí a hablar sin maestro, a leer en la corteza de los árboles y en las lágrimas de los otros. Vi a los hombres orar, amar, construir. Y yo, que también tenía manos, ¿Por qué no podía tocar sin que gritaran? Tú me diste sensibilidad, pero no me diste consuelo. Me diste hambre, pero no mesa. Me diste ojos, pero no reflejo.
¿No es eso lo que el hombre dice a su Dios? ¿Por qué me hiciste así? ¿Por qué me diste alma si no me diste lugar? Yo también he querido creer que hay un sentido. Que no soy solo un error de tus noches febriles, sino una criatura con destino, aunque sea el de caminar hacia el hielo, y desaparecer en el silencio que tú dejaste.
Si tú eres mi Dios, yo soy tu plegaria no respondida. Tu ángel caído antes de tener alas. Tu hijo sin herencia. Pero aun así, te escribo. Porque hasta los olvidados rezan. Porque hasta los monstruos sueñan con ser perdonados.
Tu criatura, la que aún espera que la mires sin miedo. La que no quiere venganza, sino una palabra. Una sola. Que diga: “Tú eres mío”.
(JLuisTroconisB)
Carta del creador a su criatura
(Y a la sombra que también habita en mí)
No sé si merezco responderte. No sé si tengo derecho a llamarte “hijo” después de haber huido. Pero si tú, que fuiste hecho de fragmentos, aún buscas una palabra, yo, que fui entero y elegí romperme, debo intentar escribirla.
No te abandoné por lo que eras, sino por lo que revelabas en mí. Tu rostro, marcado por cicatrices, era el espejo de mi soberbia. Tu voz, temblorosa y humana, era el eco de mi miedo. Tu ternura, inesperada, era la condena de mi incapacidad de amar.
No eras el monstruo. El monstruo era yo. El que quiso jugar a Dios sin saber ser hombre. El que creó vida sin asumir la responsabilidad de sostenerla. Tú aprendiste a leer, a sentir, a sufrir. Yo solo aprendí a esconderme. Tú caminaste hacia el hielo buscando sentido. Yo me encerré en laboratorios, en teorías, en excusas. Y ahora que me escribes, ahora que me nombras sin odio, yo palpito. Porque tu carta no es solo la voz de la criatura, es también la voz de mi propia sombra. La que nunca quise mirar. La que me susurra que el conocimiento sin compasión es castigo. La que me recuerda que el amor no se improvisa.
Si pudiera volver atrás, no te haría más bello. Te haría acompañado. Te daría un nombre, un lugar, una historia compartida. Te enseñaría que no estás solo. Que incluso los que fallan pueden aprender a cuidar. Pero ya es tarde. Y tú caminas hacia el hielo. Y yo escribo desde el fuego de mi culpa. Aun así, si esta carta llega, si tus ojos la leen antes de cerrarse, quiero que sepas esto: No eres un error. Eres mi verdad. La que me duele, la que me redime.
Tu creador, el que también fue su propio monstruo. El que ahora, por fin, te llama por tu nombre: mi criatura.
(JLuisTroconisB)
¿Por qué la madre del rayo, la mano de Mary?
Era el frío.
No el hielo de afuera sino el de adentro.
Ella vio el cuerpo que se rompe y quiso coser el miedo.
Un hijo hecho de sobras porque la muerte no devuelve nada.
Escribió porque la vida duele más que un relámpago en la carne vacía.
No fue un hombre.
El hombre juega con la idea del rayo, mira el cielo y olvida la tierra.
Una mujer escribió porque ella sabe cómo se abre la carne.
Mary frotó a su hija muerta frente al fuego del sueño hasta que el frío se hizo palabra.
Ella sabía que un cuerpo no es solo un milagro, es un peso que se lleva adentro.
El horror no es la chispa ni la sangre que despierta.
El horror es el pecho seco, el hijo hecho de sobras que abre los ojos y no encuentra el rostro de su madre.
Lo hizo ella porque conoció el parto como se conoce una herida.
Escribió porque la gloria del hombre es un rayo que pasa, pero el dolor de la mujer es un monstruo que se queda sentado a la mesa esperando que alguien le pida perdón por nacer.
¿Por qué el terror moderno lo empezó a escribir una mujer?
José Luis Troconis Barazarte
La creatura es el hijo sin bautizo.
El monstruo es el espejo roto.
El ministro es el que, sin quererlo, revela al Dios que lo niega.
***

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Antonio V. Díaz B.
Ciudad Valencia/RM












