La ciudad amanece como si no supiera. Como si este domingo de mayo fuera apenas otro domingo, sin flores en las esquinas ni voces que se adelantan al saludo. Pero uno camina y entiende que no es la ciudad la que ignora, sino uno mismo, que anda con el corazón envuelto en un pañuelo que ya no huele a nada.
El día de la madre cuando la madre ya no está es un territorio extraño. No hay mapa que lo explique. No hay brújula que lo alivie. Es un día que se vive hacia adentro, como quien entra a una casa abandonada y reconoce cada mueble por el sonido del silencio que dejó.
En las calles se repiten los abrazos ajenos, las risas que no nos pertenecen, los ramos que viajan en brazos jóvenes. Y uno aprende a mirar sin envidia, con una ternura que duele, porque sabe que toda madre es un milagro prestado y que cada hijo es apenas un testigo de ese milagro mientras dura.
Hoy la ciudad está llena de madres, pero también de ausencias. De esas que no se nombran en voz alta porque al pronunciarlas se quiebra algo. De esas que siguen poniendo orden en la memoria, que siguen sirviendo el café en la taza correcta, que siguen diciendo abrígate, aunque ya no haya nadie en la puerta.
El día de la madre cuando ella ya no está es un eco. Un eco que no responde, pero acompaña. Uno abre la ventana y casi puede escucharla diciendo que ya es tarde, que desayunes, que no olvides llamar a tu hermano. Y uno sonríe, porque la muerte no sabe nada de esas cosas. La muerte no entiende de costumbres, ni de voces que se quedan pegadas a las paredes del alma.
Hay quienes llevan flores al cementerio. Otros prefieren no ir. Otros hablan con ella en la cocina, como si todavía estuviera lavando los platos. Cada quien inventa su manera de sostener lo que ya no se sostiene. Y está bien. No hay rito correcto para un amor que no termina.
La ciudad, mientras tanto, sigue su curso. Los autobuses pasan, los niños corren, los vendedores pregonan. Pero uno camina distinto. Más lento. Más hondo. Como si cada paso fuera una conversación pendiente.
Porque ese día cuando está ausente ya no es un día. Es un espejo. Uno se mira y descubre que todo lo que falta también vive en lo que queda. Que la ausencia no borra, sino que subraya. Que el amor, cuando ya no tiene cuerpo donde posarse, se vuelve una forma de luz que acompaña sin hacer ruido.
Y entonces uno entiende. Que este día no es para llorarla, aunque se llore. Es para agradecerle. Para decirle, desde este lado de la vida, que su manera de querer sigue siendo la casa donde uno vuelve cuando la ciudad se hace demasiado grande.
Hoy, en esta ciudad que respira por todos, también respira ella. No porque esté, sino porque nunca se fue.
MÁS DEL MISMO AUTOR: LA SANTIDAD DEL QUE NO DUERME
Madre en la casa del aire (Poesía)
Hoy la ciudad amaneció con tu nombre doblado en la luz,
como si el sol hubiera aprendido a pronunciarlo
en silencio.
Camino y cada esquina me devuelve un gesto tuyo,
una forma de ordenar el mundo
con la sola disciplina de tus manos.
Las aceras huelen a café recién hecho
aunque no haya taza,
aunque no haya mesa,
aunque no haya nadie diciendo
que el día empieza mejor si uno respira despacio.
Hay madres por todas partes,
pero la tuya, la mía,
esa que me enseñó a caminar sin pedir permiso,
se quedó viviendo en un lugar que no aparece en los mapas.
Un sitio donde la ausencia no pesa
sino que ilumina.
A veces creo escuchar tus pasos
acomodando el aire,
poniendo orden en la sombra,
sacudiendo el polvo de mis dudas.
Y me detengo,
porque uno aprende que la muerte
no sabe cerrar puertas,
solo las deja entornadas.
Hoy te nombro sin voz,
como quien enciende una lámpara
para que la casa recuerde
que alguna vez estuvo llena.
Y en esa luz,
tan frágil,
tan tuya,
entiendo que no te has ido:
solo cambiaste de sitio,
y ahora vives en el lugar exacto
donde mi memoria respira.
Madre,
si esta poesía te encuentra,
quédate un rato.
La ciudad está grande
y todavía necesito
que me enseñes
cómo se camina sin miedo
cuando el día duele
y el amor
no cabe en el cuerpo.
La casa donde aún amanece
(versión con mango)
El pueblo entero despertó aquel Día de la Madre con un olor a mango maduro que nadie supo explicar. Era un aroma antiguo, de esos que se quedan flotando en el aire como un recuerdo que se niega a morirse. Los vecinos, acostumbrados a los caprichos del clima y a las supersticiones heredadas, dijeron que era señal de visita. Pero nadie imaginó que la visita sería para mí.
Desde que mi madre murió, la casa había quedado suspendida en un silencio que no era de este mundo. Las paredes, antes tan conversadoras, se habían vuelto herméticas. El reloj del comedor, que durante décadas marcó la hora con la puntualidad de un gallo, se detuvo el mismo día de su entierro, como si se negara a seguir viviendo sin ella.
Esa mañana, sin embargo, algo cambió.
Me despertó el sonido de la vajilla, un tintineo leve, como si alguien estuviera acomodando los platos con la delicadeza de quien no quiere despertar a los demás. Me quedé inmóvil, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, porque reconocí ese sonido: era el mismo que hacía mi madre cuando preparaba el desayuno antes de que el sol se decidiera a salir.
Me levanté sin encender la luz. Caminé por el pasillo guiado por el olor a café recién colado, un aroma tan vivo que por un instante pensé que había vuelto a la vida solo para preparar la mañana. Al llegar a la cocina, no encontré a nadie. Pero la taza estaba servida, humeante, en el mismo lugar donde ella solía dejarla cuando quería que yo me sintiera acompañado.
No tuve miedo. En este pueblo, uno aprende desde niño que los muertos no se van del todo, sino que se quedan rondando las casas donde fueron felices. Lo que tuve fue una tristeza dulce, como la que da recordar un sueño que no volverá.
Me senté frente a la taza y la miré largo rato. El vapor dibujaba figuras que parecían letras, como si alguien intentara escribirme un mensaje desde el otro lado del tiempo. Y entonces la escuché. No su voz completa, sino un murmullo, un susurro que venía de la ventana abierta.
Decía mi nombre.
No lo dijo con urgencia ni con dolor. Lo dijo como lo decía cuando era niño y me llamaba para que no olvidara la merienda. Me acerqué a la ventana y vi que el viento movía las cortinas con la misma cadencia con que ella las sacudía para espantar el polvo. Y allí, en ese vaivén, entendí que no había venido a visitarme: había venido a recordarme que el amor no se entierra.
El olor a mango se hizo más intenso. El café dejó de humear. La casa volvió a su silencio habitual. Pero algo en mí había cambiado. Ya no sentía el peso de su ausencia como una piedra, sino como una sombra fresca que me acompañaba sin hacer ruido.
Desde ese día, cada Día de la Madre preparo una taza de café y la dejo en la mesa, no para invocarla, sino para agradecerle. Porque en este pueblo, donde los muertos siguen conversando con los vivos, aprendí que una madre nunca se va del todo: solo se muda a la memoria, que es la casa donde siempre amanece.
José Luis Troconis Barazarte.
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Antonio V. Díaz B.
Ciudad Valencia/RM












