Memoria de una Brisa Marina que Huele Escombro

Mi primer viaje a Caracas fue un deslumbramiento. Vine persiguiendo el cine hace ya más de 12 años, buscando aprender a capturar la luz y el movimiento en un taller de cinematografía. Quedé fascinado por la velocidad de la ciudad, por su arquitectura, por esa promesa de imágenes que se abría en cada esquina.

El segundo viaje -aunque no llegué hasta Caracas-, se escribió con otra tinta. Nadie planea un viaje para documentar el fin del mundo, pero el destino tiene sus propias leyes. Nunca pensé que el recuerdo más nítido, el que se te pega a la garganta y no te suelta, no sería una imagen, sino un olor. Un olor y una imagen de cada persona fallecida en este terremoto del 24 de junio.

 

 

​Es un aroma indescriptible, es indecible. Una densidad en el aire que te advierte, antes de que los ojos lo procesen, que debajo de las toneladas de escombros que dejó el terremoto hay hermanos venezolanos atrapados. Mientras rodaba en la moto, el paisaje transcurría como una película de horror de la que no podías apartar la mirada. Veía lo que, apenas unas semanas atrás, era una cotidianidad vibrante. Ahora, las avenidas principales mostraban grietas profundas, como venas rotas sobre el asfalto, y una inmensa nube de polvo suspendida en el aire se negaba a bajar.

La brisa marina, que en otras épocas traía aroma a sal y descanso, esta vez soplaba con fuerza arrastrando aquel olor a pérdida. ​La intención de este recorrido no era el turismo, sino la urgencia, fue por eso que, ante la invitación de mi amigo Leonardo a llevar medicamentos e insumos para los afectados, me traje a Yonnis García para que me acompañara en esta nueva misión.

 

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Nuestra primera parada nos golpeó de frente: las inmediaciones del SAIME de Caraballeda y, justo al frente, las Residencias Coral Bella. Fue allí donde el viaje cambió de ritmo. Leonardo me miró, abrumado por el peso del entorno, y me soltó una pregunta que aún me rebota en la cabeza: «Di algo ¿Qué tienes que decir?».

​Yo no tenía palabras. El silencio absoluto se apoderó de mí. Solo alcancé a fijar la mirada en los rescatistas, hombres y mujeres exhaustos que luchaban palmo a palmo contra el concreto para sacar más cuerpos, puesto que el día anterior habían recuperado a dos personas en descomposición total. Ante el peso de esa realidad, solo me quedó meditar frente a las ruinas de Coral Bella. Guardé largos minutos de silencio. Solo silencio. El silencio como la única respuesta digna ante la tragedia.

​De allí seguimos rodando, adentrándonos más en el desastre. Enormes edificios caídos flanqueaban la ruta. Resulta increíble, casi irónico, pensar en la manera en que me tocó conocer a fondo esta parte del país: guiado en medio de las ruinas, haciendo un mapeo de lo inmediato. Si me tocara describir la magnitud de lo que vi con precisión, diría que me estremece la fuerza con la que la naturaleza modificó, en unos pocos segundos, la geografía y la arquitectura de este estado. Edificios de todo tipo grandes y pequeños, centros comerciales colapsados como barajitas, estructuras de concreto donde las cabillas estallaron por la presión, y sótanos repletos de vehículos sepultados. ¿Cómo sacarlos de allí? Las preguntas se amontonaban tanto como el cemento.

 

 

El hambre nos recordó que seguíamos vivos. Debíamos comer, pero ¿dónde, en medio de una zona de desastre? Allí emergió la otra cara de la tragedia: la solidaridad. Gracias al despliegue de las organizaciones no gubernamentales y de la sociedad civil venezolana, la comida fue lo que no faltó. Comimos dos veces y fueron platos completos, calientes, entregados de forma gratuita a voluntarios, oficiales y sobrevivientes. Bastaba con que las personas se formaran en la cola para recibir su sustento. Nos tocó comer allí mismo, sentados frente a un edificio caído que, hasta ese preciso instante, guardaba cuerpos en su interior. La vida y la muerte compartiendo la misma acera.

​Al regresar, con el motor de la moto zumbando en la carretera y la mente tratando de procesar el impacto, la difícil situación y su vinculación con mi labor de investigador histórico me obligó a pensar: ¿Qué tiene que ver esto con la historia?

​La respuesta es: Todo. Es estrictamente necesario contarlo y escribirlo, más allá de los datos estadísticos oficiales. Es vital vivir esta experiencia, asimilarla y no dejar que se diluya en las cifras frías de los noticieros. Estar allí nos permite entender, aunque sea una minúscula parte, el dolor del otro. Nunca lo sabremos del todo, pero este texto es una aproximación honesta a lo que se vive en carne propia en el terreno.

​Recordaremos esto. Será parte de nuestra historia porque ya la estamos haciendo; al registrarla, hacemos historia. En el viaje de vuelta, meditaba en la inmensa importancia de fotografiar nuestra ciudad, de documentar sus calles antes y después del quiebre, nunca sabremos cuando será el próximo. Hoy vemos complejos residenciales enteros reducidos a la nada y, lastimosamente, al buscar en Internet, te das cuenta de que apenas hay algunos registros fotográficos previos de ellos. Fotografiar no es un pasatiempo; es salvar los vestigios del olvido, es asegurar que cuando las estructuras caigan, nos quede al menos la memoria de lo que fuimos.

 

 

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Ciudad Valencia/Diego Trejo/RM