Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Achaguas, estado Apure y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
La historia de Achaguas no nació por azar, brotó de la sabiduría añeja y del cauce fecundo de sus tierras. Cuenta la memoria viva que el vocablo guajiro achiagua entraña un mandato sagrado: aconsejar con prudencia. Y fue bajo ese signo de templanza que el 4 de diciembre de 1774, el fraile capuchino andaluz Alonso de Castro estampó la fe en el poblado misional de Santa Bárbara de la Isla de los Achaguas. Allí, donde el viento del llano abraza el horizonte, los primeros pasos de esta tierra los dieron las etnias achaguas, otomacos y taparitas, junto a tres familias españolas que decidieron sembrar su destino en la sabana.
Fray Alonso, apasionado siervo de la orden franciscana, venía de recorrer caminos adversos, tras arribar a Venezuela en 1764 desde su Andalucía natal y entregar su aliento en las misiones de Agua Blanca y las inhóspitas riberas del Río Negro, donde el paludismo selló su salud para siempre, encontró en el llano apureño su verdadera misión. Tras fundar San Juan de Payara en 1769, erigió en Achaguas la primera capilla de bahareque y techo de palma, regalándole a la feligresía su primer campanario en 1780. Aquel misionero abnegado, de fe inquebrantable, entregó su último suspiro en esta misma tierra achagüense en 1791, dejando un legado que floreció para la eternidad.
Cuando el obispo viajero Mariano Martí realizó su visita pastoral en enero de 1780, halló un poblado humilde pero palpitante, eran 156 almas habitando 18 cobertizos de palma, mientras una nueva iglesia de teja, tres naves y suelo enladrillado comenzaba a alzarse al lado del convento, donde ya germinaban la yuca, el maíz, el plátano y el algodón. Con el correr de las décadas, la misión mutó en villa deslumbrante, para 1792 ya sumaba 533 habitantes, y al alborear el siglo XIX, en 1801, casi un millar de vecinos entre españoles, mestizos e indígenas daban vida a más de un centenar de hogares.
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Cuna de la libertad y estirpe de ilustres
Durante los años convulsos de la gesta emancipadora, Achaguas dejó de ser solo un poblado para convertirse en el corazón palpitante de la República. Fue Cuartel General del General José Antonio Páez, el escenario épico desde donde se orquestaron tres de las hazañas militares más colosales de la independencia venezolana: El Yagual (1816), Mucuritas (1817) y la inmortal gesta de Las Queseras del Medio (1819). Tal fue su preeminencia que, en 1823, Achaguas fue investida como la primera capital de la recién nacida Provincia de Apure, dignidad que ostentó con gallardía hasta que la geografía política de 1856 trasladó dicha responsabilidad a San Fernando.

Pero el verdadero lujo de Achaguas reside en las almas que han nacido de su entraña. Es cuna del primer sacerdote apureño, el presbítero Agustín Palacios; del aguerrido capitán y héroe libertador Pastor Martínez, y del ilustre militar y político Cornelio Antonio Muñoz. Sus tierras inspiraron la pluma del poeta Marcelino Muñoz, la agudeza del escritor Ramón Páez y el pensamiento crítico del periodista e intelectual Delfín Aurelio Aguilera. En el molde de sus aulas resuena la entrega de la maestra Francisca Hernández Pérez, mientras que la música de la patria encuentra su eco en los compositores Papo Alonso Pérez y Julio Escalona, y en la devoción cultural de guardianes de la herencia como Armando Guerrero, Carlos Guevara y la inolvidable Negra Linares.
Joyas del paisaje llanero: Apurito y Guachara
El aliento histórico del municipio se extiende en las riberas de sus aguas. A orillas del majestuoso río Apure reposa Apurito, bautizado hacia finales del siglo XVIII como Santa Bárbara de Apurito, obra adjudicada por la historiografía al fraile Casimiro de Benaocaz o al afán poblador de 1781. Mencionada en la Constitución Federal de 1864 como virtual sede del Poder Ejecutivo Regional, Apurito se yergue como un santuario lírico, de allí brotó la poesía nativista de Felipe Martínez Veloz y Nina Herrera de Delgado; la maestría del arpista Neris Torrealba y la genialidad musical de Ramón Rattia y del maestro Genaro Prieto, creador del inmortal pasaje Apure en un viaje.
A este retablo histórico se suma Guachara, fundada en 1780 por fray José de Calzadilla como San Antonio de Padua de los Guácharos. Refugio ancestral de otomacos y yaruros, esta tierra de fecunda estirpe indígena llevó con orgullo el nombre de Lara en honor al prócer independentista Teniente Coronel Miguel Lara. Tras renacer de los fragores guerrilleros de principios del siglo XX, Guachara se erige hoy como un prodigio ganadero y turístico, donde el imponente pavón del Capanaparo, la magia de sus médanos dorados y el colorido de sus tradicionales carnavales celebran la vida a orillas del llano.
Las arterias de agua: Puertos y latidos del río
El llano no solo se camina a caballo, se navega en el pulso silente de sus ríos, a través de las aguas del río Apure Seco, el Puerto de Guasimal emerge como un vital corazón mercantil y humano. Allí, donde las embarcaciones amarran cargadas de bendiciones de la tierra: cerdos, aves de corral, carne de res, pescados y el inconfundible aroma del queso y la leche de los fundos vecinos, el trabajo se vuelve canto. Es un puerto humilde de viviendas sencillas pero de alma generosa, donde el intercambio de víveres sostiene la vida y mantiene encendido el aliento rural de la región.
Muy cerca de allí, en la convergencia donde el río Matiyure abraza al Apure Seco, aguarda el histórico Paso del Picacho, puerta de entrada ancestral para internarse hacia El Yagual, Guachara y los caseríos del sur, este rincón atesora la memoria de las antiguas gabarras y balsas de madera que durante siglos desafiaron la corriente. Cuando el puente de hierro colapsó en marzo de 2004, el río, sabio y paciente, exigió de nuevo el regreso de las embarcaciones, devolviéndole al cauce ese trajín romántico de proas surcando el encuentro de dos ríos míticos.
El canto del agua y el fervor de la pesca
Rumbo a El Yagual, a escasos siete kilómetros por la carretera troncal, la naturaleza esculpió un refugio singular: Los Chorros de El Yagual, nacidos de antiguas alcantarillas que cedieron ante la imponente crecida de 1993, el lugar obligó a erigir un puente metálico que hoy custodia el paso. Pero más allá de su ingeniería, este paraje es un santuario turquesa y libre, donde en tiempos de zafra los pescadores de todos los rincones de la patria acuden a probar suerte y paciencia frente a la corriente que baja desde el cauce del Arauca.
Mención de honor merece el Puerto pesquero de El Yagual, bendecido por las aguas inmortales del río Arauca, para los yagualenses, la pesca no es solo un oficio; es una herencia sagrada que se transmite en el rumor del agua. En épocas de ribazón o durante la tradicional Feria del Pescado, el puerto se viste de fiesta popular: comerciantes, visitantes y familias se dan cita para llevar el sustento desde este rincón apureño hacia los grandes mercados y los hatos adyacentes como Las Matas, El Rosario, Totumitos y la legendaria Elorza.
El lienzo infinito: Médanos y horizontes de luz
El paisaje de Achaguas es, en sí mismo, un poema que no necesita palabras, es tierra de horizontes inconmensurables donde la vegetación abraza el galope silvestre y los atardeceres se encienden en tonos carmesí al compás del arpa, el cuatro y la maraca. Esta geografía sagrada, que fue testigo mudo de las épicas hazañas de Mucuritas, El Yagual y Las Queseras del Medio, sigue siendo la musa inagotable de poetas y cantautores que intentan aprehender en versos la magia de su puesta de sol.
Y como un prodigio inesperado en medio de la sabana, se alzan los majestuosos Médanos de Guachara, esculturas de arena dorada moldeadas por la caricia constante del viento, estas dunas de aire semiárido ofrecen un contraste deslumbrante con el verde de la llanura. Refugio estratégico para el ganado durante los rigores del invierno y espacio sagrado para el esparcimiento de propios y visitantes, los médanos son el testimonio de una tierra viva, diversa y eternamente fascinante.
El Nazareno de Achaguas y la promesa de un Centauro
Hay promesas que cambian el curso de los pueblos y se sellan en el cielo, el 10 de mayo de 1821, con la sabana rugiendo en vísperas de la gloria, el General José Antonio Páez se detuvo ante la humilde capilla de Santa Bárbara. Con la mirada puesta en la inminente marcha hacia el campo de Carabobo y al mando de dos mil quinientos guerreros de estirpe indomable, el Centauro se arrodilló. Impregnado de una devoción entrañable inculcada por su madre de crianza, imploró la gracia divina para la victoria y juró ante el pueblo achagüense que, de regresar victorioso, regalaría a la villa una imagen del Santo Jesús Nazareno para ser venerada como su gran patrón. La fe del libertador no quedó en vano, años más tarde, siendo Presidente de la República, Páez encomendó la materialización de aquella plegaria al insigne escultor caraqueño José de la Merced Rada. Fue en 1835 cuando la venerada efigie llegó finalmente a tierras de Achaguas, cumpliendo el voto sagrado que ató para siempre el destino de la independencia con la devoción popular.
La presencia divina que conmueve al llano
Contemplar al Nazareno de Achaguas es asistir a un milagro de madera y misticismo, la imagen nos muestra a Jesús en camino al Calvario, con la cruz a cuestas sobre sus hombros y la compañía fraterna de Simón de Cirene. Ambas figuras, vestidas con el túnico violeta engalanado de destellos dorados, encarnan el dolor y la compasión humana. Sobre su faz, marcada por el cabello largo, la barba serena y la corona de espinas, refulgen los tres rayos plateados que simbolizan el misterio de la Santísima Trinidad.

Declarado Patrono de la Parroquia en 1956 por Monseñor Antonio Ignacio Camargo, el Nazareno no pertenece únicamente a Achaguas ni a las fronteras apureñas. Cada Semana Santa, las calles se inundan con ríos de fe: miles de peregrinos de Venezuela y del mundo caminan descalzos a su lado, pagando promesas, derramando lágrimas de gratitud y presenciando los incalculables milagros que el Santo Jesús sigue concediendo. En su nicho de luz, el Nazareno de Achaguas no es solo una escultura sagrada; es el latido protector de un pueblo que aprendió a vencer en la tierra mirando siempre hacia el cielo.
El dulce aliento de Achaguas: Un sabor con estirpe de leyenda
Ninguna travesía por este suelo sagrado está completa sin dejarse envolver por el aroma cálida y seductora del tradicional pan dulce de Achaguas, esta joya de nuestra gastronomía popular tejió su fama a finales de los años sesenta, cuando la perseverancia de Carlos Manuel Díaz Núñez, el recordado Patarata y una providencial alianza con el empresario Filippo Sindoni transformaron una humilde casa de barro en el epicentro panadero de la región. Desafiando la falta de servicios de la época y con la determinación intacta, el empeño por lograr un bocado memorable llevó a la búsqueda de una fórmula maestra traída desde San Cristóbal, el secreto mejor guardado de una masa suave, aromática y perfumada que pronto cautivaría el paladar de todo el llano.
Con la llegada de la electricidad y la posterior modernización de sus hornos, aquel pan artesanal se convirtió en una leyenda viva que trascendió las fronteras apureñas para conquistar a Venezuela entera. Hoy por hoy, el pan dulce de Achaguas es más que un alimento, es un ritual de afecto, un abrazo de bienvenida y la herencia crujiente que todo viajero atesora y lleva consigo como el mejor de los obsequios. Así, entre el misticismo del Nazareno, la majestuosidad de sus ríos y la dulzura de sus hornos, Achaguas se despide en esta columna no solo como un bastión de la historia patria, sino como un rincón inolvidable que se guarda en el corazón y se saborea en el alma. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!
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Amazonas: Naturaleza viva y memoria ancestral | Danfny Velásquez
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
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