Amazonas - Tepuy Autana

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del estado Amazonas y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

Adentrarse en el estado Amazonas es cruzar el umbral hacia un mundo donde la tierra no es un escenario, sino una madre que respira, cobija y susurra secretos milenarios. Aquí, en el corazón de los bosques y las selvas húmedas, las culturas indígenas han entretejido su existencia con el pulso orgánico de un territorio que no conoce la quietud. No habitan la selva, son la selva misma. La geografía de este paraíso ancestral está dibujada por el sutil murmullo del agua, ríos majestuosos, caños serpenteantes y manantiales cristalinos actúan como las arterias de un cuerpo vivo, permitiendo a las comunidades dispersarse en una danza perfecta de convivencia y respeto con el entorno. En este rincón del mundo, el tiempo no lo miden las agujas de un reloj, sino el vaivén de las estaciones: un verano que abraza la tierra de septiembre a marzo, y un invierno que inunda los sentidos el resto del año, aunque la lluvia, caprichosa y eterna, siempre encuentra la manera de bendecir el suelo en pleno estío.

Caminar por estas selvas es experimentar la dualidad de la naturaleza en su máxima expresión. El día puede encenderse con un calor penetrante que madura los frutos, para luego transformarse, al caer la noche, en un frío místico que invita al resguardo y a la palabra compartida alrededor del fuego. En sus caudales corren dos tipos de vida: las aguas negras, ácidas y misteriosas, de una belleza silente y solitaria; y las aguas blancas, generosas y plenas, que hierven de fauna y vegetación, siendo el sustento más amado por los pueblos.

Los cazadores indígenas, herederos de un mapa espiritual y geográfico único, recorren inmensas distancias, guiados por el rastro de las especies mayores en las zonas más espesas de la selva tropical. Pero su andar jamás es destructivo. El conocimiento milenario que guía sus pasos no proviene de manuales, sino de las enseñanzas de los antepasados creadores y de la observación cotidiana de los ciclos de la vida.

Ellos conocen el lenguaje de la selva, saben cuándo la tierra necesita dormir y reforestarse en su sabio proceso de barbecho, entienden los períodos de gestación de los animales y respetan el hogar de cada especie. Es una tecnología del alma y de la práctica; una ciencia sagrada que les permite obtener el sustento y domesticar el entorno, garantizando que la vida siga floreciendo, intacta y eterna, para las generaciones del mañana.

 

MÁS DE LA MISMA AUTORA: SI LA TIERRA NO SE MOVIERA, EL MUNDO SERÍA ESTÉRIL

 

Los guardianes de la creación: Duida, Marahuaca y Huachamakari

En el corazón meridional del Macizo Guayanés, el paisaje se eleva en un grito de piedra y eternidad. Allí emerge el Parque Nacional Duida Marahuaca, una imponente serranía de tepuyes donde la geografía se vuelve sagrada y el suelo conserva la memoria intacta de la creación. Estas moles de arenisca, con sus escarpadas paredes verticales que desafían al cielo, no son simples formaciones geológicas; son los guardianes de un reservorio de vida único en el planeta. Para el pueblo Ye’kuana, cada cima cuenta una historia originaria, el majestuoso Marahuaca es llamado, con profundo misticismo, el Árbol de la Vida. Sus dos mesetas silentes parecen sostener las nubes, mientras que a su lado, unidos por una conexión geológica que se estrecha en un valle inclinado, se alzan el misterioso tepuy Duida, conocido ancestralmente como Yennamadi y el Huachamakari, cuyas siluetas custodian el norte y el sur como centinelas de roca.

En las faldas de estos gigantes, la selva se vuelve densa, umbría y siempre verde. Conforme se asciende por sus laderas, el bosque se transforma en un reino de niebla y epífitas, plantas que crecen suspendidas en el aire para abrazar los árboles, hasta llegar a las cumbres abiertas, donde brotan hierbas, arbustos y flores que no existen en ningún otro rincón de la Tierra. Es un jardín exclusivo del tiempo. El agua en este reino es una fuerza viva y cantante, de las entrañas del Marahuaca nacen ríos que se desprenden en cascadas indómitas para alimentar los cauces del Padamo y del Cunucunuma.

Es en la cumbre de este Árbol de la Vida donde tiene su origen el río Iguapo, tributario directo del Orinoco, que se lanza al vacío en una caída libre tan vertiginosa que estremece los sentidos. Por su parte, el Duida da vida al río Lamo, bautizado como Caño Negro por el misterioso color oscuro de sus aguas, que desciende en sucesivas cataratas; mientras que del Huachamakari brota el río que alimenta el imponente salto Matu Hushi.

Este territorio sagrado es el hogar donde confluyen y dialogan las culturas indígenas Bare, Curripaco, Warekena, Baniva y Ye’kuana. Para ellos, el acceso a estas tierras es un viaje místico a través de las venas fluviales del Orinoco. Aunque las paredes verticales e inaccesibles de los tepuyes parecen proteger sus secretos del mundo exterior, las laderas más suaves del sector septentrional del Duida abren una puerta para recordar que el ser humano, cuando camina con respeto, puede asomarse a contemplar la inmensidad de la selva viva.

 

El testigo del tiempo: Cerro Yapacana y sus sabanas de arena blanca

Siguiendo el curso de las venas de agua de este estado mágico, el paisaje se abre en la inmensidad de las sabanas centro-occidentales para revelar una visión que parece extraída de un sueño: el majestuoso Cerro Yapacana. A diferencia de las serranías continuas, esta imponente mole granítica se alza solitaria, erigiéndose de forma abrupta en medio de la llanura como un monumento vivo a la evolución del planeta.

Llamado así por el cerro que lo corona, este rincón del Amazonas es un santuario donde la vegetación cuenta la historia de eras pasadas. Aquí, el suelo es de una arena blanca y pura que desafía a la vida; sin embargo, la naturaleza responde con una sabiduría asombrosa, dando paso a formas de crecimiento tan extrañas como hermosas. Es en estas sabanas, que jamás se inundan, donde la flora teje puentes invisibles con el resto del mundo: es el único lugar de América donde habita una familia vegetal que solo comparte su existencia con las selvas de Malasia.

El Yapacana es un reino de contrastes, mientras sus laderas y cumbres se visten con un denso manto de árboles y arbustos que buscan el cielo, a sus pies, sobre la arena silente, prosperan plantas enanas de hojas diminutas y gruesas, pequeños milagros botánicos que han aprendido a abrazar la escasez del suelo para florecer con una belleza única y mística. Alrededor de este gigante, el paisaje muda de piel constantemente, transitando desde selvas lluviosas y siempre verdes hasta la misteriosa catinga amazónica, un chaparral denso que permanece inundado, cantando su propia melodía acuática durante todo el año.

Este asombroso ecosistema no es un paisaje deshabitado; es el hogar y el territorio de vida de comunidades originarias que custodian sus accesos. Poblaciones como Mucuruco, Chipiara, Kanapiro, Buenos Aires y los asentamientos ancestrales que llevan el nombre del cerro, coexisten con la montaña en una armonía perfecta. Para llegar a ellos, el viajero debe entregarse al vaivén de las corrientes, remontando las aguas sagradas del Orinoco y del Ventuari desde San Fernando de Atabapo. Solo así, dejándose guiar por el pulso de los ríos, se puede entrar en el misterio de este testigo del tiempo que ruge en silencio en el corazón del Amazonas.

 

La palabra grabada en la roca: Cerro Pintado y el umbral de los ancestros

A poca distancia de Puerto Ayacucho, el granito se transforma en un lienzo eterno donde el tiempo parece haberse detenido para dialogar con los hombres. Es el majestuoso Cerro Pintado, un coloso de piedra que emerge escoltado por el Cerro Pintadito, conocido en las lenguas originarias como Pirari-Ame, Paramán o Suripana y por el místico Cerro Paloma. Rodeados de sabanas, bosques densos y pantanos silentes, estos gigantes no son solo parte del paisaje; son el santuario sagrado de la memoria prehispánica y colonial de nuestra tierra.

Aquí, la roca no está muda, en sus paredes y en el corazón de sus cuevas, grutas y abrigos, palpitan paneles abiertos de petroglifos y pictografías que han resistido el paso de los milenios. Son grabados monumentales de una belleza sobrecogedora, donde las manos de los primeros habitantes del Orinoco inmortalizaron su visión del cosmos: serpientes gigantescas que se deslizan vertical u horizontalmente por la piedra, tortugas, peces, aves y siluetas humanas que conviven con complejas figuras geométricas y escaleras que parecen conectar el suelo con el infinito. Para los sabios de la tierra, este inmenso conjunto de grabados es nada menos que el relato del nacimiento de la vida, mecido bajo la influencia del Sol como deidad creadora y de la serpiente como el espíritu que rige las relaciones humanas sobre la tierra.

Pero el Cerro Pintado es también un umbral entre los vivos y los muertos. En las entrañas de sus cuevas se resguardan cementerios antiguos, donde vasijas de cerámica y ajuares milenarios atestiguan el respeto sagrado que las culturas de la cuenca del Orinoco tenían por sus ancestros. Es un espacio de reutilización continua, un hilo ininterrumpido de ocupación humana que viaja desde milenios antes de nuestra era hasta el presente más inmediato.

En la paleta de colores anaranjados, negros y blancos que tiñen los abrigos rocosos, el tiempo dejó grabada su propia metamorfosis. Junto a los animales y corazones ancestrales, aparecen grabadas también las cruces cristianas, el testimonio visual de los primeros contactos y el choque de mundos con la llegada de los colonizadores. Cerro Pintado es, en esencia, un libro de piedra viva que sigue abierto: hoy en día, las comunidades indígenas actuales continúan utilizando estas mismas cuevas como cementerios históricos y modernos, demostrando que en el suelo del Amazonas, la frontera entre el pasado y el presente no existe. La piedra sigue cobijando a sus hijos, custodiando la memoria del suelo que nunca muere.

 

El eje del mundo: Monumento Natural Cerro Autana y el Árbol Sagrado

Si hay un lugar donde la tierra del Amazonas toca el cielo para contar el origen de la humanidad, ese es el majestuoso Cerro Autana. Esta imponente torre de cuarcitas y areniscas rosadas emerge abruptamente sobre el manto de la selva siempre verde, desafiando la gravedad con sus paredes verticales que caen al vacío. Pero el Autana no es solo una de las formaciones geológicas más antiguas y enigmáticas del planeta; es el corazón mismo de la mitología del sur venezolano.

Para los pueblos Piaroa y Jivi, este tepuy de silueta irregular no es una montaña de piedra inerte. Ellos lo llaman Wahari-Kuawai o Caliberri-nae: el Árbol Sagrado de los Frutos del Mundo. Cuenta el mito originario que este gigante era un árbol colosal de cuyo follaje brotó el sustento, las frutas y las semillas para todos los seres vivos, y de donde salieron los hombres para poblar la tierra. El corte abrupto e irregular de su cima no es un capricho de la erosión tectónica ante los ojos indígenas; es la huella sagrada del hachazo que derribó el Árbol de la Vida en el principio de los tiempos para que la abundancia se esparciera por el mundo.

El misterio del Autana también se esconde en sus entrañas, el coloso está atravesado de lado a lado por una cueva única en el mundo, un impresionante santuario horadado en la cuarcita pura que, junto a un intrincado sistema de cavernas subterráneas, atestigua el paso de ríos antiguos que alguna vez corrieron por el cielo. En su tope sobrevive, intacta, la memoria de la antigua capa terrestre.

Custodiado de cerca por la comunidad Piaroa de Raudal de Ceguera, el Autana sigue bendiciendo el territorio a través del río que lleva su nombre y que tributa sus corrientes al Orinoco. Llegar hasta sus pies, ya sea surcando las venas fluviales o contemplándolo desde el aire, es un acto de reverencia. Este monumento natural no solo resguarda una biodiversidad científica invaluable, sino que sostiene el cielo de Amazonas, recordándole a quien lo mira que el patrimonio de un pueblo no está en lo que construye el hombre, sino en los mitos sagrados que habitan en la memoria del suelo.

 

El vientre del agua: Reserva de Biósfera Alto Orinoco-Casiquiare

Para comprender la verdadera ontología de este subsuelo vivo, es obligatorio desviar la mirada hacia el infinito sur, allí donde la tierra se convierte en un útero verde y latente: la Reserva de Biósfera Alto Orinoco-Casiquiare. Esta inmensa extensión de selva indómita, que abraza los ancestrales territorios de los municipios Alto Orinoco y Río Negro, no es solo un espacio geográfico protegido; es el santuario ecológico y cultural más profundo de nuestra patria, un reino donde el tiempo precámbrico subyace bajo las raíces y aflora con orgullo en la plenitud de sus valles.

En este majestuoso escenario, custodiado por titanes de piedra como La Neblina, el Párima-Tapirapecó y el ya evocado Duida-Marahuaca, el relieve muda de piel según la altura, transitando desde sabanas arbustivas hasta bosques húmedos y templados que parecen flotar en una constante mística de lluvia y neblina. Aquí, las rocas más antiguas y resistentes del Escudo Guayanés han jugado con la erosión del tiempo, esculpiendo un mosaico de paisajes donde la vida vegetal y animal florece con una variedad sobregogedora.

Pero el secreto más sublime de este vientre selvático corre por sus venas de agua. Es en el corazón de esta reserva donde se resguardan las cabeceras sagradas del río Orinoco, el coloso fluvial que define nuestra identidad nacional. Y es aquí también donde ocurre un fenómeno que desafía la lógica de los mapas y enciende el asombro de la ciencia y la geopolítica: el Brazo Casiquiare. En una danza líquida sin igual en el planeta, esta arteria fluvial interconecta las dos cuencas hidrográficas más formidables de América del Sur, permitiendo que el Orinoco y el Amazonas dialogen, se mezclen y se abracen en un abrazo fraterno e interminable.

Habitada desde la época prehispánica por comunidades originarias que guardan las llaves de este paraíso, la Reserva de Biósfera es el testimonio vivo de que el patrimonio no es estático. Sus pueblos son los portadores de un saber ecológico milenario, almas que han entendido que el agua y la selva no son recursos para ser explotados, sino extensiones de su propia existencia. El Alto Orinoco y el Casiquiare nos recuerdan, con el rumor de sus corrientes, que en el sur de Venezuela late el origen de la vida, y que la memoria de nuestro suelo sigue fluyendo, indomable y eterna, hacia el porvenir.

 

Las venas líquidas y las piedras sagradas: Del Cunucunuma al Tobogán

La ontología de este suelo amazónico no se explica sin sus corrientes indómitas y los secretos que custodian sus orillas. Desde los saltos y torrentes que se desprenden de las terrazas del Duida-Marahuaca, nace el sinuoso Río Cunucunuma, un caudal que serpentea entre densas selvas pobladas de lianas, raíces y musgos húmedos. Alimentado por ríos nacidos en los propios abismos que dividen a los grandes macizos, el Cunucunuma avanza majestuoso hasta entregar sus aguas al Orinoco, rozando los territorios ancestrales del pueblo Ye’kuana.

Es precisamente cerca de allí donde el Orinoco se bifurca para dar vida al célebre Río Casiquiare, conocido en la lengua Ye’kuana como Cashishiware. Este legendario cauce dibuja inmensos meandros a lo largo de una penillanura de escaso desnivel, recogiendo el tributo de ríos como el Siapa y el Pasimoni para conectar finalmente con el Río Negro y, a través de el, con el colosal Amazonas. Empleado por las culturas originarias desde tiempos inmemoriales, este prodigio geográfico de comunicación interfluvial asombró en el pasado a misioneros y al propio Alexander von Humboldt, consolidándose como el puente líquido más extraordinario del continente.

Pero el agua en Amazonas también sabe ser juego y alegría. En la cuenca del río Cataniapo, la naturaleza esculpió sobre extensiones de lajas gigantes el famoso Tobogán de la Selva. Allí, la corriente corre veloz sobre la piedra pulida para terminar en un pozo de aguas heladas, un balneario natural cobijado por bohíos y churuatas donde los nativos y viajeros se entregan al esparcimiento y al disfrute de la frescura de la selva.

Finalmente, el viaje se detiene ante el misterio silente de la Piedra Yaruco, o Inätte, un vestigio sagrado resguardado con celo en las entrañas de una comunidad Piaroa. En la piel de esta roca antigua, los ancestros grabaron figuras incisas que inmortalizan a los animales de su entorno, caimanes, venados y conejos junto a sutiles representaciones de flechas. Es la firma indeleble del ser humano grabada en el granito; el recordatorio definitivo de que en Amazonas, cada río que corre y cada piedra que calla están preñados de mitología, historia y vida.

 

El retorno al latido originario

Recorrer el estado Amazonas, desde la imponente corona del Autana hasta el canto eterno del Casiquiare y el grabado silente de la Piedra Yaruco, es comprender que el patrimonio cultural de una nación no reside en los museos ni en los monumentos inertes construidos por el hombre. Reside en la memoria del suelo. El subsuelo amazónico no es una plataforma estática; es un útero de arenisca y agua que respira, ruge y cobija saberes milenarios. Las culturas indígenas que lo habitan nos enseñan, con su práctica cotidiana, que somos parte de un organismo vivo que exige respeto y reverencia. Al apagar el murmullo de las ciudades y aguzar el oído ante el latido de esta selva ancestral, el traje de luces de nuestra identidad resplandece en su máxima expresión, recordándonos que en cada gota de agua blanca o negra y en cada relieve sagrado de nuestra geografía, se encuentra la verdad más profunda de Venezuela: una tierra viva que guarda intacta, la semilla de nuestro origen y el horizonte de nuestro porvenir. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

LEE Y COMPARTE:

Memoria de una brisa marina que huele a escombros | Diego Armando Trejo

 

***

Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.comEscritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

Si quieres ampliar y conocer más noticias como esta, síguenos en nuestras distintas plataformas digitales:

FACEBOOK       INSTAGRAM       TIKTOK       YOUTUBE       WHATSAPP       TELEGRAM

 

Ciudad Valencia/RM