Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio San Fernando, estado Apure y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Pórtico de aguas y memoria
San Fernando no es solo un punto en el mapa; es el latido fluvial de una Venezuela que se fundó a la orilla del gran río, entre palmas de moriche, atardeceres de fuego y el eco tenaz de los lanceros de Páez. Es donde el viento del Arauca y del Apure sopla distinto cuando se detiene uno a mirar la huella que dejaron los siglos en las tierras de San Fernando. Caminar por este municipio es encontrarse de golpe con la vastedad de una sabana que sabe de romances históricos, de vapores que remontaban las aguas cargados de ultramarinos y de una memoria viva que sobrevive entre casonas coloniales, tradiciones de conuco y fogones donde se aviva el sabor de nuestra identidad.
Allí, donde el tiempo parece detenerse para escuchar el secreto de las corrientes y el murmullo antiguo de los zaguanes, cada adoquín guarda la memoria de un pueblo que se niega a desvanecerse en el olvido. Es el despertar de un territorio indomable que hoy nos abre sus puertas, invitándonos a recorrer los caminos de la historia con el alma dispuesta al asombro.
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El pulso de la historia y la memoria urbana
El alma de la ciudad se concentra en su Centro Histórico, fundado a finales del siglo XVIII como un punto estratégico para controlar las rutas comerciales hacia el Caribe y Europa. Aquella Villa de San Fernando creció en damero, extendiéndose hacia el río cuando el comercio fluvial era el motor que movía la vida de los llanos. Aunque el paso del tiempo y los embates de la historia han transformado su perfil, todavía quedan testigos mudos de esa opulencia decimonónica. Imposible no detener la mirada ante el imponente Palacio de Los Barbarito, diseñado por el arquitecto Giuseppe Barbieri y levantado a partir de 1913. Con sus rieles de ferrocarril traídos de Alemania, su cemento italiano y los plafones abovedados pintados por el español José Izquierdo, este palacio evoca la época dorada en la que los vapores atracaban en el muelle cargados de productos importados y de sueños llaneros.

Aquellos muros de ladrillo macizo y pilotines de horcones de madera dura no solo sostenían la estructura de una de las casas comerciales más prósperas del sur venezolano; también custodiaban el pulso de una época irrepetible. Imaginar los atardeceres de entonces es ver llegar los vapores cargados de ultramarinos, mientras en los salones superiores la familia Barbarito escuchaba el eco lejano de Europa, reflejado en los plafones abovedados pintados por el maestro José Izquierdo. Cada corredor perimetral y cada friso almohadillado eran la prueba tangible de que San Fernando era, por derecho propio, una puerta abierta al mundo y al porvenir. Muy cerca, el Mausoleo de Los Barbarito y la fastuosa colección del cementerio municipal, con sepulcros de mármol que datan de principios del siglo pasado que, guardan el reposo de aquellas familias que hicieron latir el comercio regional.
La arquitectura civil y religiosa también guarda secretos entrañables. La Casa de Bolívar, morada del Libertador entre abril y mayo de 1818, conserva su tipología colonial de planta en forma de U, patio interno y corredores de madera con tejas criollas, albergando hoy el espíritu de la llaneridad. A pocos pasos, la Farmacia San Fernando, antigua Botica, mantiene en su estructura de dos niveles y sus vanos de arcos de medio punto el aire de los tiempos idos, al igual que la fachada rescatada de Casa Mis Atamaica, testimonio del trajín comercial de Modesto Fernández a inicios del siglo XX.
Memorias cotidianas y el discurrir del tiempo
El pulso cultural de San Fernando también se dibuja en la penumbra cómplice de aquellas salas que un día iluminaron los sueños de los apureños. Quién no recuerda el trajín nostálgico del Antiguo Teatro Arauca, que comenzó proyectando las películas mexicanas que tanto demandaba la comunidad a finales de los setenta, antes de ceder al paso de los nuevos tiempos. O la magia del Teatro Libertador o Cine Libertad, inaugurado en los cincuenta al ritmo de las grandes proyecciones del clásico americano tras la gran pantalla de El Manto Sagrado. Incluso la historia más singular se cuela en el Antiguo Teatro Metropol, levantado en el barrio Samán Llorón en los setenta, testigo de transformaciones urbanas y memorias de barrio.
Y es que la penumbra de aquellas salas de cine no era más que el reflejo de una sociedad que anhelaba asomarse a horizontes lejanos sin abandonar su terruño. Bajo la lona o entre las paredes de zinc y cemento, generaciones enteras aprendieron a soñar con el celuloide importado, convirtiendo las matinées y las tandas nocturnas en verdaderos rituales de cofradía pueblerina. Cuando la pantalla se encendía, el tiempo exterior se detenía por completo, fundiendo el latido de los espectadores con la ilusión proyectada en blanco y negro, dejando una huella imborrable en el alma colectiva de los apureños. Ese mismo eco de tertulia se percibe al doblar la esquina de la desaparecida Trina Omaira, aquel bar donde el gran Andrés Eloy Blanco plasmó su firma en las mesas y dio inicio a su poemario Gira Luna, dejando un perfume de poesía perpetua en el aire sanfernandino.
Caminar por estas calles es toparse a cada paso con la arquitectura que resiste al olvido. Ahí está la sobria elegancia de la Casa de la familia Díaz Rodríguez, los recovecos de la casa en la calle El Encuentro N° 5, la memoria familiar en la calle Páez N° 22, y las huellas de las casas de las familias Rujana, Cestar, Matizz y Mota, junto al solar de la calle Miranda N° 9. Cada una de estas fachadas resguarda fragmentos de un tiempo donde la vida transcurría con la pausa de una tarde llanera. El desarrollo urbano y vial que transformó la fisonomía de la ciudad a lo largo del siglo XX también dejó hitos memorables. La Avenida Caracas, inaugurada a comienzos de los años setenta, abrió paso al progreso vial, complementada por el dinamismo del Paseo Libertador y sus monumentos ecuestres y escultóricos que rinden tributo a la patria. La impronta defensiva e histórica tampoco se queda atrás con los muros de la Antigua Cárcel, inaugurada en diciembre de 1929 bajo el gobierno de Domínguez Michilangeli, de la cual hoy solo sobrevive su fachada enrejada y moldurada.
El rugir del agua y la sabana infinita
El alma de este territorio no se entiende sin el vaivén constante de sus aguas, que esculpen el paisaje y marcan el compás de la existencia llanera. El majestuoso río Apure, arteria vital que nace del abrazo de los ríos Uribante y Sarare para desembocar en el Orinoco tras un recorrido de mil seiscientos kilómetros, es mucho más que un límite natural con Barinas; es el surco por donde ha transitado la historia económica y social de la región. En sus riberas, donde abundan los bosques de galería y los arenales dorados de verano, la vida se despliega entre la ganadería extensiva y la pesca artesanal que nutre el Puerto pesquero de Boquerones, proveedor inagotable de sabores para todo el país. Esa misma dinámica fluvial da origen a parajes de una belleza singular, como la Isla Zamuro, enclavada entre los brazos caprichosos de los ríos Apure, Arichuna y Arauca, donde los fundos se alzan entre palmas de moriche y suelos de llanura aluvial. Muy cerca, la Laguna de Caño-Cañito y la Laguna de Macanilla ensanchan el horizonte con sus espejos de agua, sirviendo de refugio a la fauna silvestre y de punto de encuentro para una comunidad que vive en armonía con los ciclos de la naturaleza.
Y si el agua define la geografía, el ingenio de la cotidianidad se encarna en los objetos que guardan la memoria del trabajo y la supervivencia. Ahí perdura la vetusta Imprenta de 1900, operada pacientemente por manos laboriosas; el viejo cañón de la época napoleónica, testigo de batallas independentistas que un día fue enterrado en la esquina de las calles Comercio y Ricaurte; y el rústico fueye de madera de samán y semicuero vinotinto, soplando vida a la hornalla. Las faenas del campo encuentran su eco en la coa ancestral de los conucos, mientras que el dolor de antaño se encierra en el recuerdo del chucho de cuero curtido empleado para castigar las faltas de los peones en las vasturas del hato.
El latido de la piedra y la memoria de ultramar
El perfil señorial de San Fernando también se esculpió con el pulso tenaz, el esfuerzo y la profunda nostalgia de aquellos hombres y mujeres que llegaron de allende los mares para echar raíces a la sombra generosa de los samanes. Eran arquitectos de sueños, comerciantes y navegantes que trajeron en sus maletas el eco de lejanas Europas y el anhelo de fundar un porvenir en medio de la inmensidad llanera. Entre mausoleos de mármol que desafían incólumes al olvido, capiteles tallados con paciencia artesanal y fachadas que todavía hoy guardan el secreto y el misterio de los viejos almacenes de importación, la ciudad conserva intacto el testamento en piedra de su época dorada; una huella imborrable que nos recuerda que esta tierra fue siempre puerto, encrucijada y hogar para quienes la supieron amar.
Bajo la sombra de los samanes y el fervor de las plazas
El espacio público en San Fernando es el gran salón de encuentro de su gente, un sitio donde la historia patria se funde con la brisa de la tarde y la charla amigable. Ahí está la imponente Plaza Bolívar de San Fernando, núcleo fundacional integrado por el bulevar peatonal, la Catedral, el templo masónico y el Palacio de Gobierno, donde los seis ejes de sus caminerías convergen hacia la estatua pedestre del Libertador colocada en 1930 para conmemorar el centenario de su siembra.
Muy cerca, la Plaza O’Leary, antiguo muelle de los barcos de vapor procedentes de Ciudad Bolívar, nos recuerda los tiempos en que el río era la gran autopista del comercio. Hoy, entre muros de mampostería, bancos de metal y áreas verdes, se erige el busto del general Daniel Florencio O’Leary y el monolito conmemorativo de la triunfal toma de las flecheras españolas por el general José Antonio Páez, aquel memorable 6 de febrero de 1818.
El espíritu de la gesta llanera también se alza con fuerza en el Paseo Libertador, un bulevar de mil metros lineales que conecta con la entrada del puente María Nieves. En su recorrido se despliega la Plaza Monumento a la Bandera, presidida por la obra Hombre a Caballo y la Fuente de los Caimanes esculpidas por Alejandro Colina en los años sesenta. Más adelante, la plaza circular rinde tributo a José Antonio Páez con la célebre obra Vuelvan Caras, cerrando el eje en un gran hito urbano coronado por la imponente estatua de San Fernando.
La memoria barrial y poética encuentra su refugio en espacios más íntimos, como la Plaza Torres del Valle o plaza Los Guasimitos, donde el busto del vate apureño Juan Vicente Torres del Valle observa el pasar apacible de los vecinos. A pocos pasos, la Plaza Miranda o plaza del Estudiante revive los ecos juveniles de antaño, conservando la estatua de José Félix Ribas bajo la frondosidad de árboles centenarios que brindan sombra y refugio a la comunidad.
El paisaje urbano también se enriquece con homenajes insólitos y bellos, como la Plaza en homenaje a los frutos del río, situada a la orilla misma del caudal, donde una escultura de Wascar Jaspe immortaliza al valentón, el emblemático bagre de las aguas apureñas, sobre una base cilíndrica que dialoga directamente con la corriente.
Del sutil calor del budare a la mesa del llano
La cocina de esta tierra huele a leña, a maíz recién molido y a la generosidad de un río que todo lo provee. Sentarse a la mesa en San Fernando es un acto de comunión con la sabana, donde cada plato cuenta la historia de un pueblo que sabe transformar lo simple en un banquete para el alma.
El día comienza o transcurre entre preparaciones que desafían el tiempo. Ahí tenemos el exquisito chepao, primo hermano de la cachapa llanera, elaborado con maíz sarazo desgranado, molido y amasado con papelón, huevos y manteca de cochino, para luego dorarse con paciencia sobre el budare caliente. A su lado brilla el tradicional pan de horno, panecillo en forma de rosquilla hecho con harina de maíz cariaco, leche y azúcar morena, tostado lentamente en horno de leña hasta alcanzar ese punto crujiente que enamora al paladar.
Cuando el sol calienta con fuerza el estero, la cocina se llena de vapores reconfortantes con la clásica sopa de cabeza de cachama, un caldo cargado de hierro y fósforo donde la cabeza del pez se hierve con verduras surtidas durante veinte minutos para devolverle la energía al cuerpo. El sabor del campo se concentra en el picadillo de carne seca, común en comunidades como El Recreo, La Guámita y Caramate, donde la carne cortada en cuadros pequeños se funde en la olla junto a los topochos verdes y los aliños criollos.
Y si de texturas y saberes se trata, los pisillos reinan con autoridad: ya sea de raya, de baba, de pescado seco o del tradicional chigüire, previa desalada y un toque de achote para sancochar y desmechar con esmero, cada bocado es un tributo a la inventiva del llanero. Para completar el banquete, el inconfundible palo a pique une los frijoles rojos, el topocho pintón y el arroz blanco en una sola cocción a fuego medio, sazonada con un sofrito de cebollín, cilantro y ajo que impregna el aire con el aroma indiscutible de nuestra cocina tradicional.
Porque recorrer San Fernando de Apure de la mano de su memoria no es simplemente inventariar piedras, monumentos o sabores; es permitir que el tiempo retroceda y nos devuelva el eco de los vapores lejanos, el crujir de las viejas imprentas y la paz infinita de una sabana que se extiende más allá de los ojos. Que estas líneas queden como un puente tendido entre el ayer y el mañana, para que ningún transeúnte olvide jamás que en la vastedad de los llanos venezolanos, cada atardecer de fuego y cada zaguán colonial guardan intacta la dignidad de nuestra historia. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
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