En el marco del aniversario de su nacimiento en Cumaná un 9 de junio de 1890, la figura de José Antonio Ramos Sucre se erige hoy más que nunca como una de las referencias más válidas, universales y trascendentales de las letras hispanoamericanas.

Ramos Sucre, quien además de un erudito de las letras fue un destacado políglota, educador y diplomático, dejó un legado literario que, aunque incomprendido por la crítica de su época, ha logrado romper las barreras del tiempo y las fronteras geográficas, consolidándose como una obra inmortal.

 

Un intelecto prodigioso y una erudición eximia

Nieto en línea directa de la familia del Gran Mariscal de Ayacucho, Ramos Sucre demostró desde joven una capacidad intelectual asombrosa. Tras iniciar sus estudios en Carúpano y Cumaná, se trasladó a Caracas para cursar Derecho y Literatura en la Universidad Central de Venezuela.

Su obsesión por el conocimiento —definida por él mismo en una carta a su madre con la frase «estudiar para mí es un morbo»— lo llevó a dominar lenguas tan diversas como el latín, griego (antiguo y moderno), sánscrito, francés, inglés, alemán, italiano, sueco, holandés y el danés, este último aprendido en apenas cuatro meses.

 

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Su brillantez no se limitó a la literatura. Tras obtener el título de Doctor en Ciencias Políticas en 1917, ejerció la docencia universitaria ganando cátedras por concurso y sirvió con distinción en la Cancillería venezolana. Incluso en el ámbito legal dejó una huella imborrable: como juez accidental, dictó una célebre sentencia de Derecho Internacional Privado donde antepuso los derechos humanos y la moral por encima de la rigidez de los estatutos legales vigentes.

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Casa Natal de José Antonio Ramos Sucre

 

El viaje hacia el reconocimiento universal

La producción literaria de Ramos Sucre quedó plasmada en obras fundamentales publicadas durante la década de 1920:

· Trizas de papel (1921)

· Sobre las huellas de Humboldt (1923)

· La torre de timón (1925)

· El cielo de esmalte y Las formas del fuego (1929)

 

Si bien falleció prematuramente en Ginebra en 1930 mientras ejercía funciones consulares, el verdadero estallido de su reconocimiento llegó a partir de los años sesenta. Grandes intelectuales como Juan Liscano lo definieron como un «aristócrata del lenguaje», mientras que Francisco Pérez Perdomo lo catalogó como el «poeta del dolor» por su fascinación hipnótica hacia la oscuridad y la soledad.

 

A finales del siglo XX, su obra dio el salto definitivo a la escena internacional:

1988 (España): La prestigiosa Editorial Siruela publicó Las formas del fuego en Madrid. Académicos de la Real Academia Española y críticos del diario El País elogiaron su prosa poética como «impecable», «musical» y de una «elegancia insólita».

1992 (Portugal): Su obra fue traducida al portugués por el hispanista José Bento bajo el título As formas do fogo, con prólogo del poeta venezolano Eugenio Montejo.

1999 (México): El Fondo de Cultura Económica publicó su Obra Poética.

 

Un legado que trasciende

Hoy en día, instituciones de prestigio global honran su memoria. La Universidad de Salamanca (España) creó la Cátedra de Literatura Venezolana José Antonio Ramos Sucre, y la Colección Archivo de la UNESCO trabaja activamente en la edición de su obra completa.

Antes de partir a Europa en 1929, Ramos Sucre le escribió a su hermano Lorenzo una profecía que el tiempo se ha encargado de cumplir rigurosamente:

«Creo en la potencia de mi facultad lírica. Sé muy bien que he creado una obra inmortal y que siquiera el triste consuelo de la gloria me recompensará de tantos dolores».

El presente del panorama literario mundial confirma la certeza de su pensamiento. Ramos Sucre ya pertenece, de manera definitiva, a la inmortalidad.

 

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Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Isabel Cecilia Ramos González

Ciudad Valencia/Luis Salvador Feo la Cruz/RM