No Violencia

I

El tiempo en esta ciudad transcurre con una lentitud de cal que se descascara. Camina uno por la avenida Bolívar, o por los tramos viejos del centro donde aún resisten los zaguanes de zócalo alto y barro cocido, y advierte que la violencia no siempre es el golpe seco o la bala que quiebra el aire. A veces la violencia es el ruido, la prisa gratuita, el empeño inútil de pisotear la hierba para llegar antes a ninguna parte.

Llega la semana.

Un rumor de agua estancada en la acequia recorre las esquinas de Valencia.

No hay estruendo en la luz, solo un polvo lejano que se deposita sobre las hojas secas de los mangos.

El cuerpo sabe cuándo callar.

La calle se llena de sombras cortas que caminan sin prisa, pesadas de un sol antiguo.

Hoy la ciudad no quiere gritar.

Hay algo en el aire, un sosiego endurecido que se parece a la paciencia.

Este viernes 2 de octubre vuelve una fecha que fue marcada lejos de aquí, pero que nos toca la piel como la polvareda de la tarde. En junio del año 2007, allá en la sede de las Naciones Unidas, se firmó un papel que decretaba este día, el del nacimiento de Mahatma Gandhi, como el Día Internacional de la No Violencia. Un decreto. Las instituciones le ponen fechas a las intenciones porque los hombres olvidan pronto. Pero la no violencia no se decreta en una mesa con taquigrafía y banderas; la no violencia se aprende en la sombra pequeña de una casa, cuando la mano se frena antes de cerrarse en puño, cuando la palabra se queda guardada en la garganta para no herir la tierra.

 

DEL MISMO AUTOR: DOÑA SOLEDAD

 

II

El viejo hindú no llevaba armas.

Llevaba un hilo de algodón y una manta de lana áspera.

Caminó hacia el mar para recoger un poco de sal.

Nada más.

Un puñado de sal contra un imperio.

El peso de lo simple doblega el hierro.

Gandhi comprendió lo que aquí en el trópico a veces olvidamos entre tanto aspaviento, que la fuerza verdadera es silenciosa, porosa, constante como el moho en la pared de adobe. La Ahimsa, que los traductores llaman sin ganas «no violencia», no es la cobardía del que se esconde ni la resignación del vencido. Es una terquedad. Es la convicción de que el mal no se apaga con más fuego, sino dejándolo sin leña.

Hacer de la vida un hilo delgado que se hila en la rueca. Nada más humilde que un hombre sentado en el suelo, girando una rueda de madera mientras los imperios se desmoronan a su alrededor con todo su aparataje de bronce y pólvora. La sal no hiere a nadie; sin embargo, al levantar un puñado de la arena de Dandi, Gandhi desarmó la soberbia de un rey lejano. Nos cuesta entender la fuerza de lo insignificante. En Valencia estamos acostumbrados al trueno de la tarde, a la crecida violenta del río, pero olvidamos que es el rocío imperceptible de la madrugada el que sostiene viva la raíz de los árboles.

 

III

La mano que aprieta se cansa antes que la espalda que soporta.

En el fondo del pozo el agua permanece quieta, limpia de la piedra que cayo para turbarla.

La piedra se hunde.

El agua se recobra.

Miren a su alrededor. Valencia se despierta temprano con el traqueteo de los autobuses, el grito del vendedor de hortalizas, el sudor que se pega al cuello antes del mediodía. En medio de esa barahúnda, la tentación de la agresión es constante. Nos agredimos con la mirada, con el cornetazo en el semáforo, con el desprecio sutil en la cola del pan. Creemos que imponernos sobre el vecino nos hace más fuertes, cuando solo revela el miedo que nos roe por dentro.

El mandato de este 2 de octubre no es una fiesta para colgar pancartas en las plazas ni para redactar discursos inflados de adjetivos. El periodismo y la política suelen estar llenos de palabras huecas que no alimentan a nadie. La no violencia es un ejercicio de sobriedad. Es mirar al otro, al que piensa distinto, al que camina con otro paso, al que habita en la otra orilla de la ciudad, y reconocer en su rostro la misma fragilidad que nos pertenece.

 

IV

No hay victoria en la sangre.

La victoria que mata deja un rastro de ceniza en la boca del vencedor.

El pan sabe amargo si se come sobre el cuerpo del vecino.

Aprender a no golpear.

Aprender a escuchar el espacio que queda entre dos voces.

Recuerdo el olor de la tierra mojada después del primer aguacero de mayo en los cerros de Naguanagua o en las calles de San Blas. La tierra no lucha contra la lluvia; la recibe, la traga, la vuelve barro y luego flor. Hay una lección de física elemental y de espíritu en la materia. Aquello que es rígido se quiebra con el viento; lo que cede, lo que se dobla con soltura, permanece de pie cuando la tormenta escampa.

Gandhi no inventó nada nuevo. Solo desnudó la verdad hasta dejarla en los huesos. Nos dijo que la libertad no se conquista arrebatándola, sino ofreciendo el propio pecho sin rabia. Cuando la ONU fijó en 2007 este día en el calendario mundial, no hizo más que certificar una verdad vieja como el mundo, que la humanidad solo sobrevivirá si aprende a desarmar la mente antes que las manos. La violencia empieza mucho antes de que el cuchillo corte o la bala perforar; empieza en el pensamiento que juzga, en el rencor que se amasa en la penumbra de la casa.

 

V

Queda la noche.

El Cabriales lleva su cauce turbio entre las piedras oscuras.

Nadie habla ya en la calle.

Solo el viento en las copas de los samanes.

Un hombre apaga la luz de su ventana.

Guarda el odio de hoy como quien tira una piedra inservible al fondo del matorral.

Mañana será otro día en la ciudad.

Un día para andar despacio, sin empujar a nadie, con las manos limpias y vacías.

 

Poesía

La mano que se abre no guarda nada.

No hay piedra, ni hierro en la palma.

El odio pesa como un saco de cal húmeda a mitad del camino.

Déjalo caer.

El agua de la acequia no golpea a la piedra,

la rodea, la ablanda, pasa.

Vence el árbol que se dobla, no la rama seca que se quiebra en el aire.

Desarmar la lengua primero.

Quitarle el filo a la palabra corta.

Quien no hiere camina ligero.

La tierra no le duele bajo los pies.

 

Cuento

La lección de las manos

El sol caía sobre los techos de corcho con un peso de plomo viejo. En la casa de la esquina, sobre una silla de paja gastada, el viejo José no esperaba nada. Traía en los nudillos la marca dura de los años de brega, pero las palmas estaban lisas, despojadas de toda intención.

A la mitad de la tarde llegó el muchacho. Llevaba en los ojos ese humo caliente que deja la rabia cuando se le da de comer durante días. Traía un palo cortado a hachazos, pesado, con el filo de la madera viva al aire.

—Vengo a cobrar —dijo el joven, y la voz le tembló como una cuerda tensada a punto de reventar.

El viejo no se levantó. Tampoco acomodó el cuerpo ni buscó el amparo de la sombra. Solo dejó que la brisa le moviera la camisa raída.

—El cobro que busca no cabe en esa madera —dijo el viejo, sin subir el tono, con la voz plana del que habla con la tierra.

—Usted me quitó lo mío.

—Nadie quita lo que la tierra no da. Si pega con ese palo, la sal del golpe se le va a quedar en la boca toda la vida. No hay agua que se la quite.

El muchacho alzó el brazo. Tenía la respiración corta, el sudor pegado a las sienes, la sed de quien cree que la sangre apaga la sed. Pero el viejo permaneció quieto. No cerró los ojos ni alzó las manos para defenderse. Se quedó allí, entero, ofrecido al aire como un árbol seco que ya no le teme al rayo.

Pasaron los segundos. El viento de la tarde trajo un olor a barro seco y a flores de papagayo.

El brazo del joven empezó a pesar. No fue el miedo lo que se lo detuvo, sino la falta de resistencia. La violencia necesita un muro donde chocar para sentirse viva; ante el vacío, se desmorona.

El muchacho bajó el palo poco a poco. Miró sus propias manos, enrojecidas por la fuerza del agarre, y sintió vergüenza de la prisa. Soltó la madera sobre el polvo. El golpe seco contra el suelo fue el único ruido de la tarde.

El viejo José sacó una totuma limpia y se la tendió.

—Tome agua —dijo nada más—. Para andar largo hace falta llevar el pecho desocupado.

 

Poema

Nos damos la mano

Para saber

que estamos desarmados

en la tarde

la mano se extiende

simple

como una piedra o un muro

no hay oscuridad

solo este cuerpo

que busca otro cuerpo

para no caer

 

nos tocamos

sin promesas

con la extraña costumbre

de seguir vivos

 

José Luis Troconis Barazarte

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia / RM