#Opinión: “Palpitar de la Gran Colombia y decadencia de la hegemonía yanqui” por Christian Farías

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Los acontecimientos más recientes de protestas y movilizaciones gigantescas con saldo de enfrentamientos violentos y cifras considerables de muertos y heridos en las calles de Colombia, ponen al desnudo la trágica realidad de ese pueblo hermano.

Pareciera que lo que está a la orden del día es, precisamente, la necesidad del cambio estructural, sistémico, de la estructura económica, social, política, ética y moral de la hermana República de Colombia para que ese pueblo hermano ejerza su derecho a vivir bien y en paz.

Desde nuestra perspectiva, el pueblo colombiano ha iniciado una nueva etapa de su historia, en la cual la movilización popular de calle ocupa el protagonismo principal sobre un escenario cargado de odio, perversión, violencia y muerte. Pareciera entonces que un nuevo palpitar del proyecto histórico de la Gran Colombia, pensado e impulsado por Simón Bolívar, toca de nuevo la sensibilidad del pueblo y le abre las puertas a la esperanza.

Estábamos acostumbrados a las noticias de muertos, desaparecidos, paramilitares, narcotraficantes, guerrillas divididas y fragmentadas, corrupción, tráfico de gasolina, de cocaína, negocios sucios, violaciones de mujeres y menores de edad, fraudes electorales, falsos positivos, traiciones, violaciones, bases militares gringas; en fin, el proceso de destrucción moral, ética, estética y espiritual de todo un pueblo y una nación a la que Bolívar le dedicó su honor y su gloria.

Pero ahora las noticias y sus imágenes muestran a las muchedumbres del campo y las ciudades; a la juventud estudiantil, los trabajadores y trabajadoras, las amas de casa; es decir, el pueblo en toda su diversidad política y socio-cultural: marginados, empobrecidos, arruinados, golpeados, despreciados, explotados y excluidos, que han comenzado a ocupan el protagonismo de calle y las páginas de los periódicos, así como las emisoras de radio, las pantallas de la TV y las redes sociales.

Pareciera que este nuevo escenario presagia nuevas palpitaciones del proyecto inconcluso y traicionado de La Gran Colombia, a doscientos años de su gestación original bajo la espada invencible de nuestro Padre Simón Bolívar. Quiero insistir en la profecía necesaria del renacer de La Gran Colombia; en su palpitar incansable que, pese a las derrotas y frustraciones, se sigue expresando desde el alma y la espiritualidad profunda del pueblo bolivariano de Nuestra América.

Frente a este nuevo escenario de las calles y ciudades de la actual Colombia, que el imperio pudiera calificar como una nueva “amenaza inusual y extraordinaria” para su seguridad, dada la fuerza del protagonismo popular, es necesario un análisis dialéctico, histórico-social, crítico y sistémico sin subestimar la complejidad de la situación colombiana.

En primer término, debemos decir que Colombia es y representa, en este tiempo, el enclave estratégico fundamental de Estados Unidos para el control geoestratégico-militar de la América Latina y el Caribe. Para entender esto es importante recordar que Simón Bolívar, en su momento estratégico de construcción dialéctica, visualizó y definió el proyecto de la Gran Colombia; fundamentado, primero, en la unión de Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia; y a partir de allí, la unidad de toda la América Latina y el Caribe desde México hasta la Argentina, con la convocatoria del Congreso anfictiónico de Panamá, para garantizar la soberanía y la independencia frente al emergente coloso del norte.

Efectivamente, después de lograr su independencia frente a la vieja Inglaterra, los Estados Unidos se erigen como nueva potencia y buscan posicionarse territorial y militarmente del resto del continente americano. De hecho, en el documento oficial de la Doctrina Monroe de 1823, se expresa claramente ese deseo imperial de “América para los americanos”; en el entendido de que los americanos son ellos exclusivamente; y el resto es la América que ellos monitorean y protegen para apropiarse de todas sus riquezas, territorios e instituciones.

Efectivamente, 20 años después, en 1846, Estados Unidos emprende una guerra contra México y le arranca la mitad de su territorio, lo que hoy son los poderosos y ricos estados norteamericanos de Texas y California. Igualmente, deja inaugurado el nuevo tiempo de injerencias, intervencionismos, amenazas y agresiones directas e indirectas e invasiones y asesinatos de presidentes y líderes importantes de los pueblos y naciones de América Latina y el Caribe, a lo largo de estos 198 años de la doctrina Monroe.

Hoy, Estados Unidos domina y controla el poder político-militar de la Republica de Colombia, con sus siete bases militares. Pero, más allá de las fronteras colombianas, el imperio necesita el control geoestratégico, político, mediático, cultural y militar de toda la región de América Latina y el Caribe, con especial atención sobre Venezuela; en virtud de nuestras infinitas riquezas mineras de nuestro subsuelo, especialmente nuestras reservas petroleras que son las mayores del mundo.

Pero, nuestra revolución bolivariana-chavista es hoy el principal muro de contención de la ya decadente hegemonía norteamericana; y por eso, nos han calificado de “amenaza inusual y extraordinaria”, en el marco de sus prerrogativas supremacistas, que solo son válidas para ellos y sus nefastas y anacrónicas doctrina Monroe del siglo XIX y la doctrina Truman de la segunda guerra mundial del siglo XX.

Ahora, la obsesión supremacista yanki está centrada en destruir nuestro proceso revolucionario bolivariano-chavista. Pero, para alcanzar ese objetivo estratégico principal, necesitan lograr tres objetivos igualmente estratégicos, pero específicos: uno, desaparecer a nuestro líder Nicolás Maduro; dos, derrotar a nuestro pueblo organizado como Poder Popular; y tres, desmontar y destruir la unidad cívico-militar-policial-religiosa de nuestro país. Solo así lograrían eliminar la amenaza inusual y extraordinaria que hoy somos para ellos.

En segundo término, es importante recordar que, para Simón Bolívar, el istmo de Panamá es el punto del equilibrio del planeta, desde donde se debía erigir el brazo omnipotente de la igualdad, el respeto y la solidaridad entre todas las naciones. Es el punto equidistante entre el Norte y el Sur del continente americano y del mundo. Tiene puerto por el Oeste hacia el Pacifico de cara al continente asiático; y por el Este, el Mar caribe y su extensión por el Atlántico hacia Europa y África.

Sobre esa base geoestratégica, real, material y concreta, Bolívar asume la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Panamá, con el apoyo de quienes le fueron leales; pero, bloqueado por sus adversarios instigados por los agentes diplomáticos de Estados Unidos. Esos enemigos del Libertador Simón Bolívar son los mismos enemigos de hoy que pretenden y necesitan destruirnos para enterrar de por vida la esperanza redentora del proceso revolucionario bolivariano-chavista.

La fundación de la Gran Colombia fue y sigue siendo el gran sueño; aún no realizado, del Padre de la Patria, después de la gran batalla del 24 de junio de 1821 en el inmortal Campo de Carabobo, donde se selló nuestra Independencia frente al imperio español. Han pasado doscientos años y, como dice la canción de Alí Primera: el español “se volvió gringo y aquí lo tenemos hoy”.

Frente a esa realidad histórica, hoy más que nunca, es necesario recuperar y fortalecer la unidad y la independencia definitiva de las cinco naciones, originalmente constitutivas de la Gran Colombia, para reconvocar la nueva anfictionía bolivariana a partir de las nuevas herramientas de esta época, impulsadas por nuestro comandante Chávez: PETROCARIBE, la ALBA-TCP, UNASUR, CELAC.

Es necesario insistir, hoy más que nunca antes, en ese sueño sagrado de La Gran Colombia, nacido inicialmente en la conciencia brillante y lúcida del más universal de nuestros libertadores: Francisco de Miranda. Luego, retomado y continuado por Bolívar, después de la derrota de la Primera República de 1811 y desde Cartagena de Indias, en donde exhorta a los colombianos a tomar la iniciativa y pasar a la ofensiva:

“Nosotros —dice El Libertador como si hoy estuviera vivo entre nosotros— nos hallamos invadidos, y por consiguiente forzados a rechazar al enemigo más allá de la frontera. Además, es un principio del arte que toda guerra defensiva es perjudicial y ruinosa para el que la sostiene; pues, lo debilita sin esperanza de indemnizarlo; y que las hostilidades en el territorio enemigo siempre son provechosas, por el bien que resulta del mal del contrario; así, no debemos, por ningún motivo, emplear la defensiva.” (Bolívar, 1812. Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, en: Doctrina del libertador, 2010:18).

De manera que Bolívar, manteniendo su lealtad al proyecto independentista original y habiendo liberado a Colombia, decide, después de la gran victoria de Carabobo, marchar hacia la liberación del Sur y logra, efectivamente, emancipar Ecuador, Perú y la fundación de Bolivia. De manera que el sueño de la Gran Colombia alcanza así su primera puesta en marcha con esas cinco naciones.

Pero, las limitaciones históricas, la falta de fuerzas mayores, así como un nivel mas elevado y coherente de la conciencia política de los libertadores, los criollos mantuanos y sus caudillos subalternos; además de las intrigas y divisiones propiciadas por los agentes enemigos encubiertos de dicho proyecto (especialmente Estados Unidos, como potencia emergente y sustituta de Inglaterra y España), entre muchas otras limitaciones de la época, coadyuvaron a fortalecer las dificultades y, finalmente, la frustración de la gran unidad continental representada en la Gran Colombia.

Sin embargo, convencido de la necesidad histórica de la unión para preservar la independencia lograda después de más de once años de guerra, Bolívar, valiéndose de su autoridad moral, política y militar, insiste en la construcción de la unión, de la gran Colombia y la anfictionía americana que abarcara desde México a la Argentina como un solo bloque de las fuerzas políticas, económicas y militares de las nuevas y emergentes naciones libres y confederadas.

Es necesario reflexionar en torno a la frustración y derrota de la Gran Colombia, pues, a partir de allí nos convirtieron en el patio trasero del nuevo imperio norteamericano. Lo que Bolívar quería y aspiraba de la Gran Colombia, Estados Unidos logró derrumbarlo para imponernos su hegemonía y subordinar a las naciones de América a sus designios imperiales. Por esa razón, en el actual poder de Estado colombiano, la hegemonía la ejercen el narcotráfico, el robo y el crimen, la trampa y la traición, la entrega y la perversión moral y ética.

Las primeras ideas centrales del Libertador en torno al destino de Nuestra América están expuestas en el documento de convocatoria al Congreso anfictiónico de Panamá del 7 de diciembre de 1824, en su condición de jefe de Estado del Perú, dirigido a los gobiernos de Colombia la Grande, México, Argentina, Chile y América Central (llamada Guatemala), exactamente un año después de la aprobación de la doctrina Monroe. He aquí dos elementos visionarios en esa carta del Libertador:

El primero dice “una asamblea de plenipotenciarios de cada Estado que nos sirviese de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los grandes peligros comunes, de fiel intérprete en los tratados públicos cuando ocurran dificultades, y de conciliador, en fin, de nuestras diferencias”.

El segundo afirma que “Si V.E. no se digna adherirse a él, preveo retardos y perjuicios inmensos a tiempo que el movimiento del mundo lo acelera todo, pudiendo también acelerarlo en nuestro daño”.

Desafortunadamente, estas advertencias del Libertador no fueron ni son hoy correspondidas, razón por la cual el pueblo de Colombia no tiene, ni cuenta con esa asamblea plenipotenciaria y los daños, lejos de disminuir, se incrementan y aceleran sin que alguna fuerza canalice adecuadamente la gravedad del conflicto histórico.

En carta dirigida a Santander el 6 de enero de 1825, Bolívar le dice: “Cada día me convenzo más de que es necesario darle a nuestra existencia una base de garantía. Veo la guerra civil y los desórdenes volar por todas partes, de un país a otro, mis dioses patrios devorados por incendio doméstico”.

 

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Efectivamente, la Colombia de mediados del siglo XX entró en esa espiral muy próxima o similar a un proceso de guerra civil prolongado (en verdad, fue y sigue siendo una guerra de guerrillas) que hoy, a dos décadas del siglo XXI, acumula más de 60 años de guerra de desgaste sin beneficios para el pueblo. En tal sentido, es evidente que la actual ola de protestas sociales y políticas, en su cantidad y calidad, exhibe una diferencia sustantiva y más esperanzadora.

Ojalá, este inmenso movimiento social, de todo el pueblo colombiano en su diversidad política, socio-económica, laboral, gremial, cultural, siga su curso histórico hasta derrotar al actual régimen perverso y criminal de Iván Duque y dar inicio a una nueva realidad bajo la hegemonía del Poder Popular y sus respectivas organizaciones y liderazgos, que despeje el camino definitivo de la independencia, la soberanía, la unión, la paz de la República y el bienestar del pueblo colombiano.

Solo así el palpitar de la Gran Colombia Bolivariana se convertirá en fuerza indómita para derrotar y enterrar la hegemonía yanki en su etapa de decadencia final; y sobre su sepultura, levantar el nuevo tejido de la nación grancolombiana por la que tanto esfuerzo realizó nuestro Padre Simón Bolívar.

 

Christian Farías