A mi madre le faltó una sola cosa para seguir viva: egoísmo.
Ser menos cuidadosa con mi hermana y conmigo. Entregarnos a mi papá en uno de esos viernes por la tarde donde el aire se espesaba con el humo de su cigarro antes del primer grito. Verla a ella, estática, mientras él le escupiera las palabras con esa «cara ’e tabla» que no se inmutaba ante el trabajo de esa mujer en la casa.
Hubiese preferido que ella soltara los platos, nos agarrara por las muñecas y nos dejara ahí, como dos morrales olvidados en medio de su furia en la avenida El Sol, para salvarse ella. Como si no fuera suficiente con lo que mi padre hizo y, además, criarnos.
Le faltó decirle cuatro vainas a ese hombre. Fantaseo con ella empujando la puerta fría del INAM, dejando que el ruido de sus zapatos o de sus sandalias gastadas, caminando por un pasillo imaginario, despertara a los funcionarios, para decir: «Aquí están estas dos carajitas, que no me las hice yo sola. Ubiquen al padre y se las entrego; que deje las amenazas y que sus cheques del Banco Consolidado se los meta todos por el culo».
DE LA MISMA AUTORA: DOSSIER MIENTRAS ESPERO
Hubiese querido a una madre menos sacrificada. Una madre usando otra vez Chanel Nro 5. Una mujer que fumara sin esconderse. Una madre que leyera el contrato de anulación que la cultura le puso enfrente y lo rompiera en mil pedazos. Quizás pido imposibles a un fantasma; sé que en su mundo romper ese contrato significaba el destierro. Pero mi rabia no entiende de épocas; es la rabia de la hija que se quedó huérfana porque a su madre le enseñaron que inmolarse era su único deber.

Una madre que hubiese apostado por un nuevo amor, que bien merecía. Una madre menos nerviosa, depresiva y más atrevida para sí misma. Una madre con menos culpa…, y mala, muy mala.
De seguro esa madre estaría aún aquí. Y ninguna letanía barata hedionda a incienso y mentira me hará creer lo contrario. Cada grito que no devolvió se le quedó atorado en los pulmones, fermentando, hasta que en su cuerpo, sin más espacio, se convirtió en metástasis. Fue el cortisol, y no el destino, lo que me la quitó.
Daría lo que fuera por verla tumbada en la arena de Patanemo, ignorando el hambre de todos, con los ojos cerrados bajo un sol que solo le perteneciera a ella. Verla rascándose la barriga con la lentitud de quien no tiene una lista de tareas pendiente en la casa. Una madre que se permitiera el lujo de ser, por un momento, un paisaje y no un servicio doméstico de coleto y tetero, disponible hasta que el último cuerpo se durmiera.
Una madre que no fuese admirada por su «abnegación», el aplauso hipócrita en los entierros a la mujer que nunca se quejó, mientras los demás se aprovecharon de ese cansancio para vivir tranquilos; los cuidados sin relevo que se tragaba sus horas entre los desayunos y cenas, mientras nadie preguntó si ella ya había comido.

Una madre que imagino metiendo en el carril a más de un “vástago de meretriz”… Una madre que disfrutara de ser abuela y babearse por sus nietos.
Por eso, traiciono su memoria para salvar mi pellejo. Renuncio al pedestal de la «buena madre», esa urna de cristal donde nos quieren santas, pero mudas. Me cuesta; a veces la inercia me empuja a callar mi cansancio y creer que poco hago. Pero me arranco la vocación de mártir cada día, no voy a heredarles a mis hijos mi propio funeral.
A mi hija le enseño a cuestionar. Le afilo hasta las sospechas para que me cuestione a mí, a su padre y a cualquiera que intente convencerla de que su valor reside en lo que aguanta. La educo para que entienda que su mamá necesita estar bien para ella misma, antes que para ellos. Quiero que sea ella quien me mande al carajo si intento repetir el hábito de ponerme el pedazo de carne más pequeño en el plato.
Me prefiero egoísta y completa que abnegada y bajo tierra. Prefiero que mis hijos tengan una madre que se rasca la barriga sobre la arena, que una mártir de la que hablen con orgullo en los velorios.
Si voy a gastar mi cuerpo, que sea por el incendio de decir «no» y no por el óxido de las palabras pegadas al paladar. Prefiero mi rabia: este veneno que me mantiene con los ojos abiertos. La única forma de no enterrarla de nuevo es matar “a la buena madre”.
DISFRUTA TAMBIÉN:
***

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.
Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).
Ciudad Valencia/RN/Fotografía de la autora Serge Páez













