Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas: El pasado 8 de julio se cumplieron 191 de la llamada Revolución de las Reformas, acción militar que depuso temporalmente de la Primera Magistratura al doctor José María Vargas, insigne médico, gran humanista, primer rector de la republicana Universidad de Caracas y primer presidente civil de la llamada Cuarta República; de quien, por otra parte, se cumplen este lunes 13 de julio 172 años de su muerte.

Ambas efemérides merecen que les dediquemos algunas líneas. Lo haremos alejándonos de la dicotomía que opone civiles a militares en los albores de la Venezuela Republicana, no porque ambas visiones de país dejaran de ofrecer marcadas diferencias, sino porque ello era lo normal luego del largo proceso independentista —que fue fundamentalmente una gesta de carácter militar— sin el cual la contribución civil, orientada por la clara vocación de poder del mantuanaje criollo, probablemente habría continuado relegada, como lo estuvo durante la colonia.

 

DEL MISMO AUTOR: DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA: 5 DE JULIO DE 1811

 

Carecía de méritos políticos

Una de las características que distinguió la sociedad venezolana durante el siglo XIX fue la avasalladora influencia del caudillismo militar. No en balde, nuestra gesta emancipadora fue conducida fundamentalmente por militares. Y es éste uno de los principales estigmas que se adjudican al momento de evaluar los méritos del doctor Vargas para conducir los destinos de un país con débiles instituciones y un lento aprendizaje en lo que a este asunto se refiere.

Con frecuencia se afirma que Vargas carecía de méritos políticos frente a personajes como Páez, Mariño, Soublette, Urdaneta, los hermanos Monagas, entre otros, fundamentalmente debido a que no realizó contribuciones militares al proceso emancipador. Sin embargo, una mirada más atenta nos revela un Vargas que, desde los propios inicios del proceso independentista, prestó su concurso a la causa republicana ejerciendo funciones en el Poder Legislativo que se instaló en la provincia de Cumaná en 1811. Tuvo, entonces, una clara conciencia del momento histórico y a ello prestó su concurso.

El devastador terremoto del 26 de marzo de 1812 lo sorprende en La Guaira donde prestó importantes servicios desde su profesión. Una labor muy destacada por lo complejo de la situación —gran cantidad de fallecidos y heridos— hizo que el desempeño como uno de los pocos médicos presentes en La Guaira —probablemente el único— le valieran el reconocimiento colectivo.

Luego de la capitulación acordada entre Miranda y Monteverde intentó regresar a la actividad profesional, pero la represión contra quienes apoyaron el proceso emancipador lo condujo a prisión en las bóvedas de La Guaira, lugar en que permanecerá hasta que el ejército republicano comandado por Bolívar retome el control de la provincia de Caracas y sea puesto en libertad.

Comenzó así una prolongada ausencia suya del país de doce años, tiempo en el que vivió entre Europa y Puerto Rico, durante el cual profundizó su formación científica y realizó importantes contribuciones intelectuales en el campo de la medicina. Regresó en 1825 para comenzar una nueva etapa de servicios a la causa republicana.

En 1827, durante la última visita del Libertador a Venezuela, éste se entrevistó con Vargas para diseñar el modelo de la Universidad Republicana. El día 22 de enero emitió un decreto mediante el cual se modificaba la disposición que permitía solo a los doctores eclesiásticos—sacerdotes o religiosos—; y doctores seculares—en Derecho civil o teológico—; estar facultados para la función rectoral; el decreto habilitó a los miembros de la Facultad de medicina para ejercer esa función. Así, el claustro designó a Vargas rector de la nueva Universidad.

Durante este tiempo la relación entre ambos tuvo un acercamiento importante que se fortaleció tras el pronunciamiento de la Universidad de Caracas en favor de la unidad grancolombiana y en respaldo al Libertador Presidente tras el fracaso de la Convención de Ocaña en 1828.

La confianza profundizada a partir de estas acciones quizás haya sido el motivo para que Bolívar posteriormente designara a Vargas como uno de sus albaceas, un aspecto que también denota el respeto y admiración que sentía el Padre de la Patria por el destacado hombre de ciencia. Confianza a la que éste correspondió distanciándose de los exabruptos y descalificaciones propinadas contra El Libertador desde el Congreso de Valencia en 1830.

 

José Antonio Páez

Opción frente al estamento militar

Las causas de la Revolución de las Reformas han de ser halladas, por una parte, en el poder que el caudillaje militar aspiraba ejercer en el marco de esta etapa de la vida republicana. Caudillaje que tenía dos expresiones claramente diferenciadas: el grupo liderado por Páez, máximo jefe político militar y en torno del cual se congregaban figuras como Carlos Soublette. Y el procerato oriental, encabezado por Santiago Mariño y los hermanos Monagas, entre otros. No era, entonces, un sector unificado.

Es la figura de Páez la que permite congregar todos los esfuerzos que conspiraban contra la unidad grancolombiana. En torno a él confluyen los intereses y aspiraciones de los sectores civiles y militares para la construcción de un proyecto republicano alternativo que desde el principio contó con adversarios, como lo evidencia la proclamación del llamado Estado de Oriente, liderado por José Tadeo Monagas en 1831.

Se trataba de dos visiones de país en medio de un aprendizaje político-social lento y cauteloso para el cual no había mayores experiencias. Esto permite comprender en parte las demandas que los caudillos orientales realizaron al gobierno de Vargas: establecimiento de un gobierno federal y fuero militar, adopción del catolicismo como religión de Estado, y que los cargos de la administración pública fueran ejercidos por los “fundadores de la Republica”, entendiéndose por esto, quienes habían luchado en los campos de batalla para alcanzar la independencia.

También ha de verse en el marco de la aspiración que un importante sector de la clase dominante criolla se planteó frente al estamento militar. Aspiración que tuvo en la candidatura y elección de Vargas su mejor expresión. La nación de propietario plasmada en el texto constitucional, reflejada en los prerrequisitos para el ejercicio de la condición de ciudadano, en el marco de un proyecto de país cuya arquitectura jurídica política era de carácter liberal; es un claro ejemplo de la vocación de poder de este sector social.

El triunfo momentáneo de los sublevados contra el gobierno de Vargas se vio favorecido por la debilidad institucional del naciente Estado, que entre otras cosas no contaba con una fuerza militar capaz de hacer cumplir la Constitución y las leyes. Sería la intervención del general Páez la que lograría congregar en torno a sí una fuerza militar suficientemente grande y poderosa como para lograr la derrota de los alzados.

La Revolución de las Reformas fue el resultado normal de un largo proceso bélico en que tanto el sector civil como el caudillismo militar se creían destinados a conducir los destinos de la República. Era el efecto natural de una larga devastación y no la oposición ontológica que se pretende mostrar entre civiles y militares. A fin de cuentas, la independencia, insistimos, fue una gesta de carácter militar.

Construir un Estado fuerte, capaz de garantizar el respeto a la institucionalidad será un propósito y una aspiración durante todo el siglo XIX, que sólo fue alcanzada, paradójicamente, por la acción de un caudillo que logró la derrota definitiva de sus pares e impuso una paz duradera: el general Juan Vicente Gómez.

 

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"La Campaña de Oriente de 1813", por Ángel Omar García

Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.

 

Ciudad Valencia/RN