“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.
Antonio Machado
Yo andaba por los diecisiete años cuando nos mudamos a donde la tía Alicia. Su casa quedaba diagonal al estadio “José Pérez Colmenares”, la casa de “Los Tigres de Aragua”. Es importante comentarles que mi hermana y yo nos hicimos seguidoras de ese equipo por la sencilla razón de que mi madre adoraba el béisbol.
Un día conoció a uno de los que cuidaban el estadio y, con su respectivo cafecito y esa manera tan suya de tratar a las personas, consiguió que las tres pasáramos gratis a ver los juegos.
Un día, mi tía dijo que había que generar dinero para los gastos de la casa. Uno de mis hermanos por parte de padre vivía en Caracas y trabajaba en una empresa de computación. Para ese entonces estaban llegando las famosas computadoras de IBM. Eran aquellas que arrojaban tarjetas con piquetes en números y letras. Hablé con él y consiguió que me aceptaran, a prueba, por unas semanas.
DE LA MISMA AUTORA: ¡YO VUELVO A LA CAMINATA DE SAN SEBASTIÁN!
Por ser menor de edad para viajar, exigían un permiso del representante legal. Mamá todos los fines de semana me hacía dos, uno para ir a Caracas y otro para regresar a Maracay. La paga no era buena, pero dijeron que si me quedaba, la mejorarían. Debí dejar el liceo para lanzarme a la calle en la búsqueda de algo que me permitiera ayudar a nuestra madre, que para entonces no trabajaba.
Lo otro fue encontrar dónde me quedaría. Tuvimos que hablar con una buena amiga que habíamos hecho en “Las Lomas de Urdaneta”, Mercedes, para ver si me aceptaban en su apartamento. Esas son las amistades que no te preguntan: “¿Hasta cuándo te quedarás?”, solo ponen lo que tienen a la orden y ya.
Al llegar a Caracas no contaba sino con lo poco que pudo darme mi mamá para los pasajes internos. Regresar al lugar de donde habíamos huido tras el terremoto de los sesenta fue maravilloso. No quedaba mucha gente conocida; sin embargo, supe que los “mala conducta” de aquella época seguían, y con más fuerza, en la zona.
El lunes siguiente me fui en autobús desde el “Cuartel de Infantería Rafael Urdaneta”, en Propatria, hasta la avenida Urdaneta, donde quedaban las oficinas de mi primer trabajo. Mi hermano me recibió y me presentó a todos.
—¡Atención, señores, quiero presentarles a la joven Carmen Pacheco!; ella comenzará a trabajar desde hoy con nosotros y les pido que la hagan sentir bien. Está demás decirles que no sabe nada de computación, así que búsquenle una máquina para que se vaya familiarizando con el trabajo.

Cuando me senté ante esa gran máquina, me encontré con que habían tapado todas las teclas. Al preguntarles la razón, dijeron: “Es la mejor manera de que jamás se te olvide el lugar de cada una de ellas y rendirás más”, en lo cual acertaron.
Ese día estuvo fuerte, pero seguí empeñada en aprender a manejarla. Era una buena oportunidad para ingresar a la nueva tecnología que estaba ahí, ante mis ojos.
Mis días eran parecidos: salir de madrugada hasta la parada, trabajar todo el día y regresar, ya de noche, a “Las Lomas”. En la mañana, las amigas me regalaban una taza de café y una arepa con lo que tuvieran para rellenar ese día. Yo me llevaba otra para el almuerzo. Fue en ese momento que comencé a fumar más seguido. Arepas y cigarros fueron el alimento de todos los días.
Una mañana, bien temprano, cuando iba para el trabajo, me conseguí con tres hombres encapuchados al inicio de la escalera. Tenía dos opciones: seguir adelante o devolverme y no ir a trabajar. Cuando vieron que estaba paralizada, uno de ellos se me acercó.
—¡Hola! ¿Tienes poco tiempo en el edificio, verdad?
—Sí —dije entre dientes.
—Tranquila, no te vamos a hacer daño. Supe que eres la hija de la señora que vivía en el piso catorce del bloque uno.
—Sí —volví a decir.
—Tú estabas pequeña y no me recuerdas. Yo fui quien las sacó de aquella fiesta del piso cinco y las llevó a su apartamento.
Habían pasado ocho años de aquel episodio y ese hombre me reconoció. En ese momento, como pluma que se desprende de un ala en vuelo, llegó este recuerdo de mi niñez. Aquello ocurrió cuando, en una fiesta para niños, aparecieron tres hombres en la puerta preguntando “por las hijas de la señora Adulfa”. En esos días, eran ellos los que mandaban y los dueños de la fiesta «nos entregaron» sin chistar.
Inmediatamente, ellos nos subieron al apartamento y, al salir mi madre al pasillo, allí estábamos nosotras con nuestros ángeles guardianes, quienes le dijeron: «Es hora de que se vayan a dormir». Al otro día se supo que la fiesta había terminado en trompadas y cuchillazos, mientras nosotras dormíamos.
—Nosotros respetábamos a tu mamá. Siempre fue muy amable con nosotros.
—¿Para dónde vas tan temprano? Recuerda que esta zona es peligrosa.
—Voy al trabajo —les dije muy asustada.
—¿Adónde tomarás el autobús?
—Por el cuartel que está en Propatria.
—De hoy en adelante —me dijo con firmeza—, uno de nosotros te acompañará hasta esa parada, y cuando regreses, estaremos allá abajo para subirte hasta el edificio.
No podía creer lo que oía, pero ese acompañamiento duró hasta el último día que trabajé en Caracas.
Luego de tener quince días trabajando, un lunes, al iniciar las labores, el jefe me llamó aparte y me dijo:
—Carmen, ¿tú recuerdas qué significa el piquete de la tarjeta en la esquina?
—Sí, claro. Significa que está mal tipeada.
—Bueno, estas dos rumas de tarjetas que ves ahí están mal tipeadas y son tuyas. Veo que no avanzas, por lo que tengo que decirte que no puedes seguir trabajando aquí.
El corazón se me puso como un puño. Casi no podía respirar. Lo único que llegaba a mi mente era que no podría llevarle la ayuda a mi madre y, sin decir palabra, un par de gruesas lágrimas brotaron, mojándome el rostro. Ya no oía lo que decía mi jefe.
—¡Carmen, Carmen, tranquila, todo es una broma!… Es el bautizo que se les hace a los nuevos. ¡Al contrario, quiero felicitarte por el buen desempeño que has venido haciendo en la empresa!
Lo miré y lo único que quería era despescuezarlo por haberme hecho sentir tan mal. De ahí en adelante, en el trabajo, todo estuvo muy bien. Lo malo era que no me estaba alimentando como debía y fumaba como una chimenea. Conclusión: bajé mucho de peso…
En el lugar donde vivía, las mujeres fueron una familia para mí. Dentro de sus carencias, siempre lograban apartarme algo para que comiera en la noche.
Pero mis viajes terminaron cuando mi tía me vio un fin de semana y dijo:
—¡Carmen, estás flaca! Adulfa, no mandes más a esta muchacha a Caracas, está muy flaca y se puede enfermar; que se quede aquí, yo le consigo un empleo donde yo trabajo.
El lunes siguiente no viajé más a Caracas y comencé a trabajar en CADAFE-Aragua. Mi tía se dio cuenta de que lo que se creía era una ayuda para la familia, se podía convertir en tragedia porque mi salud estaba en juego.
Recuerdo que aquel fin de semana en que volvía a Maracay, justamente ese sábado, yo cumplía dieciocho años. Los choferes de los autobuses ya me conocían y sabían que debía entregarles el permiso para viajar, pero ese día, cuando me pidieron el documento, yo les mostré mi cédula y en ella decía que había llegado a mi mayoría de edad. El chofer se paró de su asiento y comenzó a cantar el cumpleaños junto a los pasajeros. ¡Nunca fui tan feliz en mis siguientes cumpleaños como ese día!
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia / RN













