En medio de la recuperación anímica del pueblo y de los rescates de personas que aún se encuentran bajo los escombros en La Guaira, me atrevo a escribir una breve crónica sobre el día en que me decidí a caminar por mi pequeño mundo, Guacara.

Es muy cierto que, tras esta vivencia de terremotos dobles, quedamos con una gran susceptibilidad ante cualquier movimiento o sonido, lo que equivale a decir que estamos emocionalmente vulnerables. Lo más común es sentir miedo, ansiedad, insomnio, hipervigilancia y esa constante sensación de que el suelo sigue temblando; algo que, en lo personal, aún siento.

Pensando en todo aquello es que me decido a salir del apartamento para buscar ese contacto del día a día, ya sea a través del saludo o del tropezón de alguien que camina distraído; lo que importa es saberse vivo y resuelto a integrarse a la cotidianidad. Con paso lento y la mirada atenta a los techos de los edificios, camino sigilosamente hasta llegar a la plaza.

 

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Allí parece que no hubiese pasado nada: están los mismos señores mayores de siempre —como aquel al que le gusta, de soslayo, sacarse del bolsillo una supuesta botella de agua—, los niños brincando por todos lados y las madres absortas en sus celulares sin levantar la vista para mirarlos. Lo de siempre.

En la plaza estaba el personal de mantenimiento de las áreas verdes, trabajando con esa maquinaria que corta la grama limpiamente en todos los bordes como si fueran barberos… Aprovechando la sombra de un árbol, logré sentarme para disfrutar de la brisa que movía las banderas y de unos cristofués que no dejaban de cantar; definitivamente, era justo lo que necesitaba para relajar la mente.

plaza Bolívar de Guacara-jardinero

—Señora, disculpe, el muchacho viene con la máquina, pero es un momentico y luego se vuelve a sentar —me dijo uno de los jardineros.

—Por supuesto —respondí levantándome de inmediato.

A mí me gusta conversar mucho y, si encuentro una oportunidad para hacerlo, no la desaprovecho.

—La plaza la tienen muy bonita. Se nota que saben muy bien su trabajo —le comenté, mientras observaba al que venía con la cortadora de grama.

—Muchas gracias. Es nuestro trabajo y nos gusta, ¿por qué no decirlo? —me contestó.

En el rato que llevo sentada aquí no he visto a las iguanas que siempre andan comiendo o posando para los que, como yo, nos gusta fotografiarlas —le comenté sonriendo.

—Han estado desapareciendo —me contestó, mientras le indicaba a su compañero que le faltaba un pedacito por cortar.

—¿Cómo es eso posible? Dudo que se vayan de un lugar donde tienen comida, agua y árboles.

Lo que pasa es que los perros se las están comiendo —me dijo, al tiempo que señalaba a unos que merodeaban al otro lado de la plaza.

—¿Y qué están haciendo para evitar que eso pase? —le pregunté, impresionada.

—Si me pregunta a mí, yo prefiero a los perros.

—¿Por qué dice eso?

—¿Usted sabe cuántos huevos pone una iguana? Entre veinte y setenta huevos. En cambio, los perros, según la raza, tienen máximo cuatro o cinco cachorros.

—Pero las iguanas son una distracción en la plaza. Los niños disfrutan verlas correr con el camisón arriba; forman parte de la cultura de nuestras plazas —le reiteré.

—Es cierto, pero tantas juntas se vuelven una plaga. Tenemos que traerles bolsas de lechuga de los mercados y luego esparcirla por todos los árboles.

—Ya va, espérese —le dije—. ¿Usted tiene que ir a buscar la lechuga a los mercados?

—No, eso lo hace la Alcaldía —contestó.

—¡Ah! Ustedes lo que hacen es ponerles la lechuga en los árboles.

El joven seguía insistiendo:

—Si no se les coloca la lechuga, son capaces de comerse la grama y las plantas.

Y le pregunté:

—¿Si a usted no le ponen de comer por unos días, no sería capaz de comerse hasta la grama?

—Claro que lo haría.

—Eso mismo pasaría con ellas. Si se ven agredidas —porque quitarles el alimento sería una agresión bastante directa— se comerían el mundo si fuera posible.

El otro joven terminó de cortar lo que le faltaba y ambos se despidieron muy amablemente. Puede que la conversación que tuvimos le haya hecho entrar en razón y, por qué no, se motive a averiguar más sobre ellas.

Sé que hay mucha controversia en torno a las iguanas, sobre todo por parte de los campesinos a quienes estas señoras les comen las siembras. Sin embargo, son fundamentales para el equilibrio de nuestro ecosistema. Su valor para la naturaleza es inmenso:

 

Iguana comiendo lechugas

Dispersión de semillas: Al alimentarse de una gran variedad de frutos y hojas, ingieren semillas que recorren su tracto digestivo. Al defecar, las esparcen a largas distancias, facilitando que germinen y crezcan nuevos árboles en diferentes zonas de nuestros bosques.

Fertilización del suelo: Sus excrementos son ricos en nutrientes que ayudan a fertilizar la tierra, atrayendo microorganismos y favoreciendo la biodiversidad vegetal de los espacios que habitan.

Control biológico: Al consumir grandes cantidades de vegetación, actúan como podadoras naturales que controlan el crecimiento excesivo de ciertas plantas, manteniendo el balance en su entorno.

Cadena trófica: Son un eslabón vital de alimento para una amplia gama de depredadores naturales, incluyendo aves rapaces, serpientes, zorros y pequeños mamíferos.

Indicadores ambientales: Al ser animales ectotérmicos —que dependen del sol para regular su temperatura— y sensibles a su entorno, su salud y comportamiento sirven como un termómetro biológico para detectar alteraciones en el ecosistema antes de que se agraven.

 

De vuelta a mi hogar, ya más tranquila, me di cuenta de lo interesante que había resultado mi conversación con ese joven que, junto a sus compañeros, cuida del ornato de la plaza y de la fauna silvestre urbana que allí hace vida.

A las iguanas siempre les he tomado fotos porque me parece que son parientes lejanos de los dragones; al verlas, mi mente vuela a castillos de leyenda y a caballeros encargados de proteger la comarca de esas criaturas que escupen fuego. Verlas correr es una escena muy cómica, pues da la simpática impresión de que se alzaran las enaguas para no tropezar antes de trepar a un árbol.

 

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Carmen Pacheco foto nueva columna BOTERO

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

Ciudad Valencia/RN/Fotos: CP