Lo importante no es llegar, sino lo que descubres al detenerte a mitad del camino.
Proverbio árabe
Tres jóvenes, al fondo del autobús, estaban conversando con mucho entusiasmo. El chofer había fijado la hora de salida para Los Teques a las diez de la mañana.
—¿Quién te espera en Los Teques? —preguntó una de las chicas.
— Mi hermana —respondió Sofía—, porque haremos hallacas para el 24.
—¿Y a ti?
—La familia. Allá no comienza la Navidad si yo no aparezco.
—Cuéntanos, Fredy, ¿quién te espera?
—Solo voy a conseguir chamba en una compañía que necesita a un muchacho de mandado para llevar y traer los recados a los «pipirisnais»; luego me regreso a mi casa…
DE LA MISMA AUTORA: DE CUENTOS E INFILTRACIONES
—Señor, por favor, el pasaje. Puede pagar en efectivo o con pago móvil… Desde atrás se oía un murmullo como si alguien rezara: “Banco de Venezuela, cero cuatro catorce dos treinta, cuarenta y cinco; once millones doscientos… trece… “Repítame el número de la cédula”, decía el colector.
—¡Ey, chofer, aquí está mi pago!
—Gracias, señora.
Eran las nueve y aún había asientos vacíos.
—¿Cuántos puestos quedan?, somos cuatro —preguntó una señora.
—Espere, ya le digo —y miró atrás—… Suban, en la parte de atrás quedan puestos. Debe pagar antes de subir.
—¿Cuánto es el pasaje para los niños?
—Igual que el de los adultos, si tienen más de cinco años. ¿Tiene la partida de nacimiento de ellos?
—Permiso —dice alguien mientras se abre paso por el pasillo con un par de bolsos enormes—.
—¡Epa! Tenga cuidado, estuvo a punto de quitarme la cabeza.
—Perdón, amigo.
—Escuche, señor —digo yo—, voy un momento al baño, ¿tengo tiempo?
—Vaya tranquila, todavía hay tiempo.
Había fila para entrar al baño.
—¿Cuál es el precio de la entrada? —pregunté.
—Cincuenta.
—¿Bolívares o dólares?
—Bolívares, si quiere con papel y treinta sin él. pero espere, señora, voy a ponerle agua a la poceta.
Adentro las mujeres se pintaban la cara y se arreglaban el cabello. Al fondo vi que alguien quería evitar que una niña se sentara en el inodoro y la empujaba, pero casi termina cayéndose al suelo la pobre tripona. Un típico “baño de carretera”.
Cuando quedaba poco para la hora acordada, los asientos ya estaban ocupados en su totalidad. Un hombre de mediana edad trataba de subir, “sin pasar por Go” y el conductor le dijo:
—Señor, debe presentar su cédula laminada y hacer el pago antes de subir.
—¿Es posible que deje el bolso en la silla y baje a pagar?
—¡Pasaje por aquí! —le insiste el conductor con aspereza.
Para mí, el viaje empieza cuando te alejas de la terminal y tomas ya la dirección de tu destino. Es cuando les aviso a los hijos que comenzó mi viaje.
Tratando de ser observadora de lo cotidiano, espero hallar algo interesante para escribir y me percato de que la gente ya no habla en los autobuses como solía hacerlo. Esta y hasta la generación anterior se sumergen en la pantalla de un teléfono móvil. Si observamos con atención, nos daremos cuenta de que casi dejan de respirar durante ese tiempo absortos.
El chofer se orilla a un lado de la carretera y sube alguien. Desde mi asiento no logro ver bien, pero de pronto un aroma característico, muy conocido en mi juventud, me hace suspirar; es un joven vendiendo cachapas, y no es por el joven, sino por las cachapas que suspiro.
—¡Buenos días, señoras y señores! ¡Aquí les traigo las más ricas cachapas recién salidas del budare, bien calienticas y con una ración muy generosa de queso de mano! ¡Las pueden pagar en bolívares, pago móvil, dólares!
No parecía el vendedor normal que se sube a un autobús. Me dio la impresión de ser nuevo en esto. Su verbo no resultaba callejero, aunque se esforzaba en parecerlo.
El anhelo de saborear ese manjar de maíz tierno era tan fuerte que atacaba mis defensas contra la harina. Fue en ese momento cuando comprendí que ahí había algo para escribir.
—Joven, deme dos. ¿Tiene pago móvil? —gritaron cuatro personas a la vez en el bus—.
Precisamente él se colocó a mi lado y comenzó a despachar los pedidos. Dejó la olla abierta y el olor emergía, cual serpiente de un cesto, y hacía que me picara la nariz de gusto; no quería comprar cachapa, pero entendí que debía escribir sobre ese momento.
Le tomé una foto, pero él me cachó y la borré. Por lo que tuve que hacer un trueque inmediatamente: “¡Cachapa por foto!”. No fueron necesarias más palabras; las miradas lo dijeron todo y terminé comprando la cachapa y él se dejó tomar la foto.
El viaje continuó en silencio. Solo uno que otro pasajero gritaba: “¡Déjeme en el puente tal!”. Al llegar a Los Teques, ya había terminado de escribir el borrador de la crónica. Sentí que el viaje había sido muy rápido, pero también sentí que había valido la pena aquel pequeño trueque.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia / RN













