A la decisión de los constructores de demoler toda la cuadrícula histórica de la ciudad se opuso el encanto de su diseño que los obligó a explorar. Saltaron hacia el centro de Valencia destruyendo el Palacio Municipal cuya cúpula reflejaba un curioso reflejo de arcoíris en el cielo.
Los detuvo la Plaza Bolívar donde los vientos producen una insólita sinfonía que los hace retroceder. Los pocos jardines y las guirnaldas restantes cayeron víctimas de un desfoliador muy eficaz en Vietnam.
Entonces los constructores toparon con el vasto Parque Metropolitano que les impuso un ritmo a su arboricidio. Pidieron de emergencia a sus operadores políticos en los concejos municipales y alcaldías, gruesos pliegues con cambios de zonificación y así nivelar el terreno a condiciones óptimas.
Entonces descubrieron el secreto de la rebelde arquitectura tradicional valenciana. La ciudad es un laberinto de reflejos históricos que sostiene todas las posibilidades contenidas en ellas, apoyadas en titánicas fuerzas generadas por multitudes de valencianos y valencianas con sentido de pertenencia y memoria colectiva.
Los constructores pidieron por radio las tormentas de gasolina gelatinosa para los parques municipales de «Casupo» y «La Guacamaya» y descubrieron otra inesperada armonía en la trama de la ciudad: fue construida para perecer hermosamente, esa es la razón por la que no pudieron taladrar la Zona de Protección compuesta por la cadena de cerros del este que frustró el innecesario y costosísimo túnel El Trigal-San Diego.
El vendaval de la destrucción solo logra que las obras de arte valencianas rebelen infinitas capas de mayores creaciones como ocurrió con los óleos de la Casa Páez. Sorprendidos los constructores observan un papagayo gigantesco de chispas coloreadas que desde El Calvario vuela airosamente hacia el centro, a la Plaza Sucre.
La furia de la belleza valenciana nubla la mente de sus destructores enloquecidos con tantos prodigios. Allí es que deciden solicitar más y mayores leyes sobre nuevos urbanismos, enarbolando la manoseada y desgastada consigna del «Progreso». Se marchan aturdidos con la melodía del vals «Valencia la novia del sol, su lago y su luna de abril».
Autor: Douglas Morales Pulido
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