Ciudad en Verso y Prosa - Y si nadie mintiera

La ciudad despertaría con un temblor distinto. No sería el ruido de los autobuses ni el canto de los gallos que aún insisten en la madrugada. Sería un silencio nuevo, un silencio sin máscaras. Un silencio que no teme ser lo que es.

Porque si nadie mintiera en el mundo, el planeta sería diferente, Valencia no sería la misma. No lo sería su plaza, ni su mercado, ni su escuela, ni su iglesia. No lo sería su sombra. No lo sería su luz.

 

Imaginemos.

Un día cualquiera.

Un lunes, por ejemplo:

El panadero abre su negocio y no dice “buenos días” por costumbre, sino porque realmente desea que el día sea bueno. El cliente, al recibir el pan, no finge una sonrisa ni oculta su tristeza. Dice: “Hoy me duele el alma, pero gracias por el pan”. Y el panadero, sin miedo, responde: “Yo también estoy cansado, pero aquí estamos, sosteniéndonos”.

 

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La verdad, cuando no se esconde, no es una espada. Es una lámpara.

Pero también es un espejo.

Y no todos quieren verse.

 

Si nadie mintiera, los niños no aprenderían a callar lo que sienten para no incomodar. No se les enseñaría a decir “estoy bien” cuando están rotos. No se les premiaría por obedecer sin preguntar. Aprenderían a nombrar el miedo sin vergüenza. A decir: “Tengo miedo de que no me quieran”, y encontrarían una voz que responda: “Yo también”.

 

La política sería otra cosa.

No un teatro de promesas huecas, sino un ritual de responsabilidad.

Los candidatos no dirían “vamos a resolverlo”, sino “no sé cómo, pero quiero intentarlo contigo”.

Y el pueblo, ese cuerpo herido que aún canta, sabría que la verdad no es una solución, sino un compromiso.

 

Si nadie mintiera, el amor no sería una estrategia.

No habría que fingir desinterés para no parecer débil.

No habría que ocultar el deseo detrás de la ironía.

No habría que decir “te quiero” como quien lanza una moneda al pozo.

Diríamos: “Te necesito”, y no sería una derrota.

Diríamos: “No puedo más”, y no sería una rendición.

Diríamos: “Te amo”, y no sería una trampa.

 

La ciudad, entonces, sería un cuerpo sin maquillaje.

Las paredes no mentirían con promesas de rebajas ni con grafitis de odio.

Los semáforos no serían pretextos para la impaciencia.

Las colas no serían campos de batalla.

Los saludos no serían fórmulas vacías.

Serían invocaciones.

 

Pero cuidado.

La verdad no es cómoda.

La verdad no es un perfume.

La verdad es un animal salvaje que duerme bajo la lengua.

Y cuando despierta, muerde.

 

Si nadie mintiera, los poetas tendríamos que aprender a escribir sin metáforas.

O mejor: tendríamos que inventar nuevas.

Porque la metáfora no es mentira.

Es una forma de decir lo que no se puede decir de otro modo.

Es una verdad que se disfraza para no asustar.

Es una herida que canta.

 

La ciudad sin mentiras sería más lenta.

Más torpe.

Más humana.

Los contratos se firmarían con la mirada.

Los juicios serían confesiones.

Los abrazos serían pactos.

Y los funerales, celebraciones de la verdad vivida.

 

Pero también habría caos.

Porque la mentira es un pegamento.

Une lo que no encaja.

Sostiene lo insostenible.

Nos permite dormir sin llorar.

Nos permite amar sin entender.

Nos permite vivir sin saber.

 

Entonces, ¿qué haríamos sin ella?

¿Podríamos soportar la verdad desnuda?

¿Podríamos vivir en una ciudad donde cada palabra fuera un espejo?

¿Dónde cada gesto fuera una confesión?

¿Dónde cada silencio fuera una respuesta?

 

Quizás sí.

Pero tendríamos que aprender a mirar de nuevo.

A escuchar sin miedo.

A hablar sin armaduras.

A vivir sin guiones.

 

La ciudad, entonces, sería un poema.

No uno perfecto.

No uno rimado.

Sino uno verdadero.

Con tachaduras.

Con errores.

Con versos que sangran.

Con estrofas que curan.

 

Y nosotros, los que la habitamos, seríamos menos estatuas y más cuerpos.

Menos vitrinas y más ventanas.

Menos discursos y más susurros.

Menos poses y más presencia.

 

Porque si nadie mintiera, no habría máscaras.

Y sin máscaras, solo quedaría el rostro.

Y el rostro, cuando se muestra, es un acto de fe.

 

La ciudad sin mentiras no sería perfecta.

Pero sería nuestra.

Como un poema escrito con la sangre de todos.

Como una canción que no busca aplausos, sino compañía.

Como un conjuro que no promete milagros, pero sí presencia.

 

Entonces, quizás, podríamos decir:

“Esta es mi verdad.

No es toda.

No es limpia.

No es eterna.

Pero es mía.

Y te la entrego”.

 

Y la ciudad, al recibirla, no aplaudiría.

No juzgaría.

No corregiría.

Solo abriría sus brazos.

Y nos diría:

“Gracias por no mentirme”.

 

 

La verdad sin mentira (Poesía)

No brilla.

No grita.

No se vende en vitrinas.

Camina descalza

por la costra de la ciudad

y no pide disculpas.

No convence.

No consuela.

Solo está.

 

Y al estar,

desnuda todo

lo que no puede quedarse.

JLTB

 

El día en que la verdad y la mentira se conocieron (Microcuento)

En un pueblo sin nombre, donde los gallos cantaban antes del alba y las campanas repicaban aunque no hubiera misa, la Verdad y la Mentira se conocieron una tarde de agosto, bajo la sombra de un samán que ya no daba frutos.

La Verdad venía desnuda, con los pies sucios de tanto andar, y la mirada limpia como un pozo sin fondo. La Mentira, en cambio, vestía de lino blanco, olía a jazmín y hablaba con la voz de las madres cuando no quieren asustar a sus hijos.

— ¿Tú eres la que dicen que hiere? —preguntó la Mentira, mientras se abanicaba con una hoja de plátano.

—Y tú, ¿la que dicen que consuela? —respondió la Verdad, sin dejar de mirarla a los ojos.

Se quedaron en silencio. El pueblo, que las había invocado sin saberlo, contuvo el aliento. Hasta los perros dejaron de ladrar.

Entonces, como si lo hubieran ensayado desde el principio de los tiempos, se abrazaron. Y en ese instante, nadie supo quién era quién.

Desde entonces, en ese pueblo, cada palabra tiene dos sombras. Y cada silencio, una grieta.

 

José Luis Troconis B.

Ciudad Valencia, en verso, en prosa

y en conjuro…

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Y si nadie mintiera

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte es artista, narrador, docente y sembrador de lenguajes. Licenciado y Magíster en Artes Visuales y Escénicas por Strayer College (Washington D.C.), doctor en Historia del Arte por Bircham International University y la Universidad de Salamanca (España), ha hecho de la interdisciplina su firma y de la cultura su morada.

Fue director de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador cultural de la Alianza Francesa de Valencia. Fundó y dirige CEINFOLEIM, un espacio de creación y formación artística donde enseña siete idiomas, música y literatura creativa. Desde allí impulsa movimientos como Cacao Tekisuto, centrados en el mestizaje simbólico y la maduración lenta del arte.

Ha sido premiado en certámenes de relato breve en España, ganador de la Bienal Internacional de Literatura Vicente Gerbasi (2017) y ha publicado los libros Empáticos y Cartas a la Soledad (2025). Su obra circula en más de 30 antologías digitales. 

Interprete de lengua de señas, diseñador digital, guionista, director coral y fundador de FUNDÁCRO, su travesía creativa se nutre de la danza, el relato, la música y como médico de la sanación. 

 

Escribe como quien borda, con barro en los pies

cielo en la lengua, fuego en la voz,

con oído de calle y pulso de viento. 

Poeta que escucha lo que otros callan 

y traduce silencios en tinta viva.

(Reseña de Antonio V. Díaz B.)

 

Ciudad Valencia/RM