»Si nos cruzamos de brazos seremos cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa». Ernesto Sábato, escritor argentino.
El «Nunca Más» —un principio establecido tras concluir los juicios contra los criminales de guerra nazis— representaba el compromiso de no volver a cometer actos que figurasen en los anales de la infamia y la atrocidad mundial. Históricamente, estas barbaries se han justificado con diversos discursos para mantener las estructuras tradicionales de poder de las oligarquías y las burguesías bajo regímenes fascistas.
Esto fue exactamente lo que sucedió el 24 de marzo de 1976. Aquel día se desató una represión generalizada encabezada por sectores ultraderechistas. La violencia fue dirigida por la Junta de Comandantes Generales, integrada por Jorge Rafael Videla (Ejército), Emilio Massera (Armada) y Orlando Agosti (Aviación). Con el auspicio del secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, y amparados bajo la vieja justificación de la «Doctrina de Seguridad Nacional», ejecutaron uno de los golpes militares más sanguinarios de la historia del continente contra el gobierno de Isabel Martínez de Perón. Es una verdad histórica innegable que este asalto contra la democracia contó con el respaldo de sectores civiles, incluyendo a empresarios y a un grueso sector eclesiástico.
El Plan Cóndor y la reorganización nacional
El golpe militar buscaba descabezar a las organizaciones políticas, al movimiento sindical peronista y a las organizaciones de izquierda (como Montoneros y otras estructuras de resistencia armada). Para ello, se utilizó el eufemismo de «Proceso de Reorganización Nacional», cuyo fin era acabar con la «subversión marxista». Un proceso similar ocurrió en Chile en 1973 con el derrocamiento de Salvador Allende, también bajo la influencia de Kissinger.
Esta política represiva formaba parte del siniestro Plan Cóndor para el Cono Sur (Chile, Argentina, Uruguay), cuyo único objetivo era exterminar las insurgencias y los movimientos de protesta populares. En aquellos años, las crisis de legitimidad y consenso político de los gobiernos se resolvían mediante la violencia del Estado militarizado. Al respecto, el periodista y escritor Rodolfo Walsh —asesinado por la dictadura— argumentó en su célebre Carta abierta de un escritor a la Junta Militar en 1977:
»El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde (…) Lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez, sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron».
Cultura, exilio y la Guerra de Malvinas
La represión fue devastadora para militantes de izquierda, obreros, intelectuales, profesionales, técnicos y artistas. El exilio masivo se convirtió en una constante; Venezuela, por ejemplo, recibió solidariamente a miles de exiliados. Grandes intelectuales como Gregorio Selser, Enrique Dussel, Julio Cortázar, Osvaldo Soriano, Tomás Eloy Martínez y Osvaldo Bayer tuvieron que huir del perverso terror estatal.
Argentina vivió un auténtico genocidio cultural y artístico. Muchos intelectuales resistieron desde adentro, generando debates sobre la incomodidad de quedarse y dando vida a un fenómeno cultural de resistencia conocido como la «Universidad de las catacumbas».
Para 1982, ante el desgaste y la crisis del militarismo, la cúpula recurrió a un viejo reclamo de soberanía territorial y se lanzó a la Guerra de las Malvinas contra Inglaterra. El objetivo real no era la soberanía nacional, sino relegitimar a la Junta Militar, manipular la identidad nacionalista y construir un muro de olvido. El resultado es conocido: la derrota de Argentina y el quiebre definitivo de la dictadura.
La memoria contra el olvido
Hoy, cada aniversario del golpe de marzo de 1976 sigue siendo el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.
La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), que actuó como comisión de la verdad bajo la presidencia de Ernesto Sábato, investigó los crímenes cometidos entre 1976 y 1983. Su informe determinó los delitos de lesa humanidad. Argumentos como la «obediencia debida» o la «lucha contra la subversión» —que en su momento condujeron a leyes de impunidad y amnistía— son irreconciliables con el exterminio y las profundas cicatrices del pueblo argentino.
El proyecto común sigue siendo frenar a la ultraderecha en su política de negar u ocultar el terror de aquellos años. Es la lucha permanente de la memoria contra el olvido.
Esta memoria vive también en la literatura de poetas como Juan Gelman (Buenos Aires, 1930 – México, 2014). En su obra expuso el dolor del desarraigo, el exilio, los hijos asesinados por la dictadura y la angustia de los nietos apropiados. Pero también narró el reencuentro y la dignificación de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; mujeres combativas que dijeron, y siguen diciendo: ¡Nunca Más!
Entre Luces y Sombras. Naguanagua 24 de marzo 2026.
Ciudad Valencia / José Ramón Rodríguez / I.N.













