¿Por qué los cuerpos femeninos están tan arraigados a los accesorios? ¿En qué momento se hizo sinónimo de feminidad o decoro? Estas no fueron preguntas que me surgieron durante una conversación académica ni mientras leía un tratado sociológico.
Hay mañanas en las que salgo de casa y, sin quererlo, mi mente inicia un inventario silencioso. El orden que a veces no se ve, pero se siente: ¿Llevo la ropa como se debe? ¿Alguna media o pantaleta asoma su desgano por una costura rota? ¿Me puse desodorante? ¿Me cepillé los dientes o fue solo el impulso automático de la rutina?
Ese desfile mental no ocurre antes de salir. No. Suele aparecer cuando ya estoy caminando, cuando el apuro me envuelve y el cuerpo se mueve, pero la conciencia escarba.
Hoy, por ejemplo, salí a caminar pasadas las seis y media de la mañana. Cuarenta y cinco minutos de tránsito entre pasos, árboles que se muestran imponentes y charcos típicos de la resaca que dejan estos días lluviosos. Puse el cronómetro en cero y me lancé. Es una rutina que requiere mi cuerpo y mi mente.
Esta vez pasaron cinco minutos. No como siempre. Llegó la revisión. Y ahí lo descubrí: los zarcillos. No están. No están en mis orejas, ni siquiera olvidados en algún bolsillo. Coño, sí. Me lavé el cabello anoche. Corté las puntas, como quien poda recuerdos viejos y se libera de alguna carga. Para eso, me quité las argollas. Y no las volví a poner.
Yo, esta mañana, también lo pensé. Volver a casa, buscar los míos. Pero no lo hice. Me detuve, respiré, y me dije —como el actor español José Mota—: “¿Y si sí?”. ¿Y si sí sigo caminando así, con los lóbulos al aire y el recuerdo de las argollas como única compañía?

El cuerpo aprende a moldearse según el entorno, a repetir rituales como quien hereda gestos de una generación que los aprendió sin preguntarse por qué. Desde niña escuché que andar sin zarcillos era andar desnuda. No literal, no física: desnuda de decoro, de feminidad, de presencia. Esa idea se enredó en mí como un hilo invisible.
A una gran mayoría de las niñas recién nacidas una de las cosas que se le hace es perforarle las orejas para el uso de zarcillos.
Recuerdo una vez, hace años, que una madre de mi familia le pidió a su hija que la acompañara a comprar algo. La adolescente se negó a bajar del carro: no tenía zarcillos. Y eso bastaba para sentirse incompleta.
Seguí. Porque, a veces, olvidarse algo también es una forma de recordar quién se es sin adornos. Sin embargo, no paraba de pensar que los que me daban los buenos días, los que también van caminando, se iban a dar cuenta de que caminaba desnuda: DES-NU-DA.
LEE TAMBIÉN: “No soy intelectual, vengo a escribir de amor (6)”
Entonces pensé en mi abuela, en mis hermanas, en mi mamá, en todas las mujeres a quienes escuché que sin zarcillos no se sale.

Que eso es como andar sin respeto por una misma, como dejar una parte importante tirada en la mesa de noche. Esas ideas no se gritan, pero sí pesan. Se meten bajo la piel, se convierten en revisiones automáticas mientras camino.
Vi mi reflejo en un charco. Difuso, sí. Pero estaba ahí. Cabello semi recogido, cara sin maquillaje, y dos lóbulos libres que me incomodaban. Le metí más velocidad a cada paso. Las mujeres que cruzaban frente a mí no dijeron nada. No fruncieron el ceño. Me dieron los buenos días, como siempre.
Pensé entonces en una frase de Han Kang: “Tu propio cuerpo es lo único a lo que le puedes hacer daño. Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieres. Pero ni eso te dejan hacer”. Y sí. Porque hasta los zarcillos tienen historia. Hasta los lóbulos sin argollas tienen un significado heredado. El cuerpo se revela en los detalles.
Hoy no me puse los zarcillos. No por rebeldía. Tampoco por olvido. Fue por costumbre rota. Y, a veces, romper una costumbre es como abrir una ventana: entra aire, entra ruido, pero también entra una. Entera.
***

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada. Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).
Ciudad Valencia













