Gritar en presente continuo | Marhisela Ron León

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Yo pertenezco a ese sexo, el que debe callarse, al que todos acallan. Y que debe tomárselo con cortesía, una vez más, jugar a mantener un perfil bajo. A riesgo de que te borren del mapa. Los hombres saben mejor que nosotras lo que podemos decir sobre nosotras mismas… Lo que yo he soportado por ser mujer escritora es el doble de lo que un hombre soporta.

—Virginie Despentes

 

Me escapé de ser violada. Como en las películas. Un hombre de unos noventa kilos o más, con ginebra en la sangre, el cerebro y el hígado, intentó tocarme. Yo gritaba desesperada y nadie me escuchó. En mi vida había gritado tanto. Me forzaba los brazos sobre la cabeza. Él intentaba meter la mano dentro de mi pantaleta. Lloré mucho. Pedía auxilio y él me mandaba a callar. No se escuchaba otro ruido que el mío o su voz. No dejé de gritar.

Me dio una cachetada después de un “¡Cállate!”. No sirvió de nada, aunque me retumbó la cara. No dejé de gritar. No dormí nada del miedo, hasta que el hombre cayó rendido. Calculé mi salida. Con el mayor de los cuidados abrí la puerta y luego la reja. Llamé al ascensor, pero el hombre se despertó y venía hacia mí. Salí corriendo por las escaleras; saltaba dos o tres escalones de una sola zancada. No sé cómo, pero la reja principal estaba abierta. Caminé hacia la avenida. Pasaba un taxi y lo llamé. El corazón se me iba a salir por la boca. Todo mi cuerpo temblaba.

 

DE LA MISMA AUTORA: CRÓNICA DE UNA JEVA

 

Cuando tenía cuatro o cinco años bajé a la casa de unos vecinos de mi abuela. Entré y estaba el esposo de la vecina acostado con su hijo bebé en la cama. Yo no me moví del marco de la puerta. De repente, el hombre adulto, desde su cama, como si se acomodara una media, se sacó aquella cosa a través del short. Esa carne blanda y ajena, frente a mí.

Para mí era «el pipí». Algo chocó ante mis ojos. Me sorprendió y salí corriendo, confundida y asustada, para la casa de mi abuela. No recuerdo haber hecho comentario alguno. Estaba muy pequeña. A ese mismo hombre me lo encuentro algunas veces cuando salgo a caminar armada con mi «cara de culo».

A eso de mis once años se repitió la escena. Esta vez era un adolescente. También me asusté. Lo escribí en mi diario. Ocurrió con unas compañeras de quinto grado: un hombre en una bicicleta se sacó el pene frente a nosotras como si nada.

 

El cuerpo es palabra donde encontrarnos y ubicarnos…

—Cristina Rivera Garza

 

En la adolescencia, dos veces, en tiempos y en lugares diferentes, me vieron desnuda mientras me bañaba.

Alguna vez, otro hombre me dijo que no podíamos tener relaciones sexuales “solo cuando yo quisiera”. Otro me dijo que escribía como si tuviese un pene entre las piernas; es decir, como un hombre. Un insulto disfrazado de cumplido. El falo como mi único salvoconducto a la seriedad. ¡Qué arrechera!

La hipervigilancia en la calle nos viste en ocasiones de silencio y sumisión. En dos oportunidades, al salir a caminar, un hombre me interceptó. La primera vez se quedó parado en el medio de la calle y me decía cosas que yo no lograba escuchar, porque llevaba audífonos. La segunda, me hablaba muy bajito. Es un hombre cuyo rostro no logro definir. No sé si por los nervios. Ahora salgo a caminar más tarde y no llevo audífonos.

 

El miedo no se va. Se aprende a vivir con él.

—María Fernanda Ampuero

 

Nos llaman «exageradas». Nos acusan de ver monstruos donde no los hay, ignorando que la violencia nos atraviesa desde siempre. Olvidan que sus propias madres, abuelas o hijas probablemente también callaron “para evitar» y por saber que, si rompían el silencio, la ley las recibiría con más silencio.

¿Cuántos de esos hombres distraídos son los mismos padres, tíos, hermanos? ¿Cuántos son los amigos de la familia… a quienes todavía les servimos el café en la mesa? La respuesta quizás está en nuestra agenda de teléfonos, en nuestras cocinas o lugares de trabajo.

Dos amigas fueron abusadas: una por su tío y su papá desde los cinco años; la otra, desde los cuatro años, por el respetado amigo de la familia que la sentaba sobre sus piernas para tocarla. A una mujer su esposo le colocaba corriente en las manos y en los pies mientras la tenía amarrada a una silla. Mujeres que conozco. No es que lo leí en una noticia.

Reconozco que la mayoría de mis amigos son hombres y, en cuanto puedo, abro con ellos la conversación. A quienes son escritores, les comparto literatura escrita por mujeres: Lección de cocina, de Rosario Castellanos; Subasta, de María Fernanda Ampuero, por nombrar dos autoras. Pero la literatura no es suficiente si no se pone el cuerpo en la lucha.

Pienso en mi hija. Le digo que, en casos como ese, grite mucho y que, sea quien sea, no debe tocarla. Debe decirnos, a su papá o a mí. Porque el miedo, como dice Ampuero, no se irá, pero el grito es la única lengua que nos han dejado para nombrarlo. Y esa lengua, la del presente continuo, no se la podrán callar. ¡Yo grito!

 

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Marhisela Ron León-columna-Ciudad Valencia

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada. Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

 

Ciudad Valencia / RN