Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas: colonialismo e imperialismo son términos que suelen usarse con frecuencia en nuestro contexto político actual sin advertir las diferencias existentes entre ambos. Ellos resultan importantes para comprender mejor la actuación de naciones que ejercieron esas prácticas respecto a Venezuela.

El colonialismo, grosso modo, es una práctica y doctrina que consiste en la expansión, ocupación y dominio de otros territorios y naciones mediante el uso de la fuerza y la coerción política y económica, para alcanzar la sumisión que permita su control y explotación.

El imperialismo, aunque tuvo varios teóricos, fue Lenin quien mayor éxito alcanzó en su definición, refiriéndolo al proceso de concentración monopólica y expansión del capital del sector industrial al financiero a través de megacorporaciones, fase que comenzó en el último cuarto de siglo decimonónico siendo un fenómeno exclusivo del capitalismo.

Así, los imperios del pasado: egipcio, romano, otomano y otros, utilizando el concepto desde la perspectiva de Lenin, habrían sido colonialistas, pero no imperialistas.

 

Una colonia apacible

Venezuela sufrió durante trescientos años el yugo colonial español, un proceso que comenzó a finales del siglo XV con la invasión europea, imponiendo un dominio militar, político e institucional en todo el continente que tuvo como consecuencia el genocidio contra de los pueblos originarios, el epistemicidio cultural, la expoliación de los recursos, la preterización indígena, entre otros aspectos.

Por más que cierta perspectiva historiográfica propagó la visión de una leyenda dorada que solo habría traído progreso y bienestar a estos territorios, generando una colonia apacible y contenta con la monarquía; los hechos señalan la temprana resistencia de los pueblos originarios que habría dificultado la ocupación territorial.

La fundación de los primeros pueblos en lo que hoy conocemos como Venezuela da cuenta de las dificultades que tuvieron los invasores para adentrarse en el territorio. Casi medio siglo tardaron los españoles en avanzar al interior para poder fundar un pueblo como El Tocuyo, en 1545.

El dominio colonial encontró resistencia desde sus propios inicios: en 1552 tuvo lugar la insurrección del Negro Miguel; más tarde, en 1731, ocurrió el levantamiento contra el monopolio de la Compañía Güipuzcoana del zambo Andresote y la rebelión protagonizada por Juan Francisco de León contra la misma empresa vasca, en 1748.

 La insurrección de José Leonardo Chirinos, en 1795, y la conspiración de Manuel Gual y José María España, en 1797; los intentos de invasión de Francisco de Miranda para solo mencionar las de mayor proporción, amén de la formación de cumbes y cimarroneras, y los alzamientos de menor repercusión como el de Miguel Gerónimo “Guacamaya” en Barlovento y los Valles del Tuy; que denotaban la crisis de la sociedad colonial.

El comienzo del proceso de independencia en 1810 lo lideró el sector más privilegiado de la sociedad, que pretendió alcanzar un cambio político pero no social; así, pardos, esclavizados e indígenas mantenían la misma condición en la etapa republicana. Fue tras el fracaso de los primeros ensayos republicanos que Bolívar tomó conciencia de la necesidad de incorporar y otorgar beneficios a los sectores excluidos del proceso independentista. El decreto de liberación de esclavizados de junio de 1816 fue un  paso fundamental en esa dirección.

Sin embargo, alcanzada la independencia y disuelta la unión grancolombiana, las condiciones sociales de los sectores excluidos no cambiaron. Según Iraida Vargas y Mario Sanoja, a partir de 1830, comenzó un proceso de neocolonización adelantado por viejas y nuevas oligarquías, fundamentado en el establecimiento de concepciones ideológicas que ocultaban los orígenes y motivaciones del proceso colonial, promoviendo los principios y valores de occidente, específicamente los estadounidenses, “como único y hegemónico modelo de desarrollo sociopolítico para todas las sociedades del mundo. Se promovió la cultura de los centros neocolonizadores con el fin de facilitar la asimilación cultural de los pueblos colonizados”.

Fue el comienzo de la etapa imperialista en la que la ocupación territorial y el dominio militar no eran esenciales, pues contaban con aliados internos que, beneficiados por los nexos establecidos con sectores de esas naciones (Gran Bretaña y Estados Unidos), contribuían a establecer la hegemonía de esos imperios sobre la República. Lo que Rodolfo Quintero llamó la Cultura del Petróleo, con su impacto político, económico, social, cultural, educativo, gastronómico, y otros; sería la mejor expresión del accionar imperialista norteamericano.

 

Garantizar la paz

Las acechanzas y amenazas de intervención militar contra la patria, intensificadas en las últimas semanas, son reflejo de la pretensión hegemónica norteamericana de retomar el control imperial que perdieron desde el comienzo de la Revolución Bolivariana.

Las excusas, ilegales y carentes de sustentación, son nuevos episodios en una larga cadena de agresiones. En 1860, la pretensión de Gran Bretaña de consolidar el control sobre el territorio Esequibo tuvo como pretexto la anarquía generada por la Guerra Federal y la complicidad de familias de la oligarquía venezolana.

En 1902, el bloqueo naval a las costas venezolanas encontró justificación en la insolvencia del Estado venezolano y la incapacidad temporal de honrar los compromisos de deuda contraídos desde la época colonial, agudizado por el estado de conmoción interna que representaba la Revolución Libertadora que pretendía derrocar al gobierno de Cipriano Castro.

Hoy la excusa es el narcotráfico. Una matriz de opinión falsa —como lo demuestran los propios informes de la DEA y la ONU— que procura un cambio de gobierno que permita al Estado norteamericano retomar el control geopolítico absoluto sobre el continente, asegurar el abastecimiento seguro y confiable de petróleo y obstruir el suministro a potencias como China.

En el fondo de las acechanzas imperiales subyace la disputa por el nuevo orden mundial que, todo indica, será multicéntrico y pluripolar. No son las acciones ni el discurso del presidente Nicolás Maduro, los presos políticos, el déficit democrático, la migración de venezolanos, la crisis económica, el resultado electoral y otros aspectos que puedan esgrimirse; todos argumentos políticos absolutamente debatibles. Es el empeño del imperio norteamericano por mantener su hegemonía en una época de cambios geopolíticos a escala planetaria, lo que propicia la escalada de agresiones contra la patria.

Es el choque de dos concepciones: la visión hegemónica e imperialista, esbozada por James Monroe hace más de dos siglos: América para los norteamericanos; y la doctrina de libertad, independencia, soberanía, integración y paz, impulsada por el Libertador Simón Bolívar, plasmada de forma diáfana en la Carta de Jamaica.

El pueblo venezolano quiere seguir viviendo en paz. Para eso salió el ejército libertador a otras naciones hace doscientos años, a conquistar la libertad y garantizar la paz; y en esa condición ha vivido por más de un siglo.

 

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En esta circunstancia de acechanzas militares es necesario recordar la respuesta del Libertador al agente norteamericano Juan Bautista Irvine, en 1818: “Parece que el intento de V.S es forzarme a que reciproque los insultos: no lo haré; pero sí protesto a V.S que no permitiré que se ultraje ni desprecie al Gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndola contra la España ha perecido una gran parte de nuestra población y el resto que queda ansía por merecer la misma suerte. Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si el mundo entero la ofende”. Con José Martí repetimos:

 

El amor, madre, a la patria
no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas;
Es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca
”.

 

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"La Campaña de Oriente de 1813", por Ángel Omar García

Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.

 

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