Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas: En diciembre de 1902, durante el gobierno de Cipriano Castro, Inglaterra, Alemania e Italia lideraron una agresión contra el territorio venezolano, apostando naves de guerra y desembarcando tropas en las costas de la Guaira y Puerto Cabello bajo el pretexto de cobrar deudas contraídas, que la nación se veía temporalmente imposibilitada de honrar.

En medio de esa convulsa situación, el presidente Castro invocó la defensa del sagrado suelo de la patria realizando un llamado a la defensa de la soberanía y la independencia, llamado que fue atendido hasta por un pacifista probado como el Dr, José Gregorio Hernández.

 

Aprovechando la conmoción nacional

El arribo a la presidencia de la república del general Cipriano Castro, al frente de la llamada Revolución Liberal Restauradora, en octubre de 1899, se produjo en medio no solo de la crisis política que enfrentaba el gobierno de Ignacio Andrade, también ocurría en el contexto de una grave crisis económica, que había reducido sustancialmente los ingresos nacionales, fundamentalmente a consecuencia de la caída del precio del café en el mercado internacional, que para entonces era el principal rubro de exportación.

La gravísima crisis fiscal y financiera llevó al gobierno a solicitar préstamos a los banqueros caraqueños en diciembre de ese año para poder atender los diversos compromisos de la administración pública. Estos –que no confiaban en Castro, entre otras razones porque su discurso y actuación generaban incertidumbre al representar una ruptura total con la política iniciada por Joaquín Crespo, tras el triunfo de la Revolución Legalista en 1892– negaron el préstamo y el gobierno respondió sometiéndolos a prisión. La medida hizo cambiar de parecer a los representantes del capital financiero, pero dejó abierta una brecha para futuros enfrentamientos.

El descontento de los banqueros criollos fue estimulado por sectores del capital transnacional, representados por la compañía norteamericana New York and Bermudez Company, que tenía el monopolio para la explotación de asfalto en el lago Guanoco (estado Sucre), sobre el que hubo controversias judiciales respecto a la legitimidad de la concesión; también se sumaron a la instigación la Compañía Francesa del Cable Interoceánico y el Gran Ferrocarril de Venezuela de capital alemán.

Juntas aportaron un monto inicial de 100 mil dólares destinados a la adquisición de un buque y armas para derrocar al gobierno de Castro. El líder del movimiento insurreccional, conocido como Revolución Libertadora, fue el banquero Manuel Antonio Matos, dueño de las dos entidades financieras más importantes del país: Banco de Venezuela y Banco Caracas, y principal vocero de la burguesía nacional surgida desde los tiempos de Guzmán Blanco, de quien fue concuñado, y en cuyos gobiernos fue agente para el trámite de varios negocios, entre ellos, la acuñación de la primera moneda nacional: el Bolívar de Plata.

Esta iniciativa fracasó en su propósito de derrocar al gobierno de Castro, quien les propinó una contundente derrota en la batalla de La Victoria, en noviembre de 1902. Fue en medio de este cuadro de crisis fiscal, financiera y política que los imperios británico y alemán, poniendo como excusa el incumplimiento de los compromisos de deuda contraídos con esas naciones, y alegando daños contra el patrimonio de algunos de sus ciudadanos en el país, luego de una serie de amenazas, emprendieron acciones militares contra el país en las costas venezolanas.

Tanto Inglaterra como Alemania –aprovechando la situación de conmoción nacional: alzamientos contra el gobierno, crisis económica, pobreza generalizada– vieron la oportunidad de hacer valer sus intereses y expandir su influencia geopolítica en Suramérica intentando controlar Venezuela. Inglaterra ya había logrado un avance importante obteniendo, con la complicidad del gobierno norteamericano, un fallo írrito en el Laudo Arbitral de París de 1899 que le otorgó posesión de la Guayana Esequiba. Alemania, que también disputaba la hegemonía mundial, veía la oportunidad de sacar mayores ventajas, dadas las inversiones y negocios que databan desde tiempos coloniales.

La agresión militar produjo la valiente respuesta del gobierno nacional. El presidente Cipriano Castro, en una memorable proclama, convocó a defender la soberanía y la independencia: “Venezolanos: La planta insolente del Extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria”; otorgó libertad a prisioneros –incluido el principal opositor a su gobierno, José Manuel (El Mocho) Hernández– y puso a la orden su investidura de presidente. Al tiempo que denunciaba lo injusto, ilegal y arbitrario de la agresión, recordaba el carácter del que estaba hecho el pueblo venezolano:

 

El sol de Carabobo vuelve a iluminar los horizontes de la Patria y de sus resplandores surgirán temeridades como la de las Queseras del medio, sacrificios como el de Ricaurte, asombros como el de Pantano de Vargas, heroísmos como el de Ribas y héroes como los que forman la Constelación de nuestra grande Epopeya. Hoy por una feliz coincidencia conmemoramos la fecha clásica de la gran Batalla decisiva de la Libertad Sudamericana, la batalla de Ayacucho, hagamos votos porque nuevos Sucres vengan a ilustrar las gloriosas páginas de nuestra Historia Patria.

 

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Voluntad de defender la patria

Hasta ese entonces, el Dr. José Gregorio Hernández no pasaba de ser un hombre de ciencia que venía ejerciendo la docencia en las cátedras de Histología Normal, Patología, Fisiología Experimental y Bacteriología en la UCV; y realizando investigaciones que fueron reflejadas en escritos como: Lecciones de Bacteriología, Estudios de Parasitología venezolana y Elementos de Embriología General. Era pues un hombre de ciencia.

También había sostenido un interesante debate público con el eminente Dr. Luis Razetti, en el que argumentaba las razones por las cuales la Academia de Medicina no debía acoger como doctrina la llamada Teoría de la Descendencia; un criterio que más allá de los argumentos científicos resultaba una posición comprensible en un hombre devoto como él.

Era pues, por su estilo vida, un pacifista de razón y de vocación. Pero también era un patriota auténtico, cuyas convicciones lo llevaron a atender el llamado que en defensa de la patria realizó su paisano –no de pueblo sino de región– Cipriano Castro. El Dr. José Gregorio Hernández, que era un hombre ajeno a la vida política, manifestó su firme voluntad de tomar las armas para defender la patria. Así quedó registrado en la boleta de inscripción militar levantada en la Jefatura de Milicias Nº 1 de la parroquia Altagracia de Caracas, el día 11 de diciembre de 1902.

Este hecho simbólico cobra una vigencia sustantiva en nuestros días, cuando observamos la posición de “venezolanos” que orientados por ideologías contrarias al gobierno actual, promueven la intervención armada al territorio nacional, la confiscación de activos y la muerte de compatriotas; llamados que se hacen, la inmensa mayoría, desde el exterior a buen resguardo de sus efectos y repercusiones.

En esta coyuntura de nuevas amenazas de invasión militar, ataques a la economía, confiscación de activos, guerra cognitiva y un largo etcétera; el ejemplo del Dr. José Gregorio Hernández Cisneros es una bofetada histórica que recuerda, especialmente a esos sectores, que la Patria siempre está primero.

 

El amor, madre, a la patria
no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas;
Es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca
José Martí

 

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"La Campaña de Oriente de 1813", por Ángel Omar García

Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.

 

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