El domingo 8 de febrero se celebró en Caracas la décima edición del Maratón CAF 2026. En él compitieron atletas de distintas distancias, entre ellos nos encontramos con la triatleta Carmen de Valles, quien, ese domingo, correría su quinto maratón en la CAF. Aquí nos cuenta su experiencia:
Cuando voy a correr un maratón, comienzo a prepararme con cuatro meses de anticipación. En ese tiempo trato de hacer puro fondo. No trabajo la velocidad ni el cambio de ritmo. Ya cuando llega la fecha del entrenamiento me pongo seria. Debo cumplir el plan de entrenamiento al pie de la letra, en cuanto a alimentación, vitaminas, fortalecimiento, y si se puede, hago otra actividad aparte de correr para no cansar las piernas y las articulaciones. Trabajo ciclismo, tanto fijo, como en movimiento.
En esos días trato de que el horario para dormir sea sagrado. No me trasnocho, no ingiero alcohol, aunque no soy muy amiga de tomar, solo en ocasiones especiales; me alimento con cosas naturales: bebidas de vegetales, vitamina B12, electrolitos, vitamina C…
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A mí no me gustaba correr, odiaba hacerlo. He practicado otros deportes, como natación y ciclismo. Mi esposo comenzó a correr y me uní a él. Me gustó el ambiente de los corredores, así que comencé a participar en las carreras y quedé atrapada en este deporte. Me gusta correr en montaña, al aire libre; no tanto asfalto, porque se desgastan las articulaciones.
Cuando corres por la montaña o por algún parque, el paisaje nunca es igual. Siempre cambia su aspecto. El árbol que estaba en una curva es probable que se haya caído o esté repleto de hojas; siempre será distinta tu caminata.
La parte que más me gusta es correr cuando llueve, porque siento el contacto con la tierra. Siempre hay alguien que te dice: “No te mojes”, pero es inevitable no hacerlo, sobre todo en los entrenamientos. Me llevo una muda de ropa y llego calladita a bañarme, a tomar algo caliente. Ver el amanecer cuando inicio mi entrenamiento o la carrera es gratificante, porque me lleno de energía pura.
Muchos creen que la carga energética se hace solo la noche anterior; yo prefiero empezar una semana antes. No como solo pasta; integro arroz, papa y pan blanco para diversificar mis fuentes de glucógeno. Mi estrategia consiste en ajustar las raciones de carbohidratos según mi peso corporal para asegurar reservas máximas. Divido estas cargas en porciones manejables y las acompaño con una hidratación rigurosa y descanso total antes del disparo de salida.
No uso ropa nueva cuando voy a correr y, si son cuarenta y dos kilómetros, menos. Mi entrenamiento lo comienzo tres meses antes de la carrera. Uso la misma ropa con la que correré el día del evento, porque ya estará adaptada al cuerpo, igualmente el calzado. Así evito rozaduras que me irriten la piel y ampollas por un zapato nuevo.
Cuando voy a retirar los materiales, prefiero ir el primer día; así estoy tranquila en casa, sin hacer rubieras ni andar trajinando en la calle. Trato de acostarme temprano, pero todo corredor, un día antes de la carrera, sabe que es imposible, porque el cerebro está con “un poco de monitos saltando y brincando, tocando batería y cantando rock”.
En esta oportunidad, el clima estuvo genial, nos favoreció mucho. En las ediciones anteriores, la humedad era fuerte y mucha gente se acalambró y desmayó apenas empezando. Cada dos kilómetros había hidratación, y cada un kilómetro había electrolitos y bebida energizante.
Dado que abrieron la distancia de diez kilómetros, hubo más gente que en las ediciones anteriores de la CAF. Los de la distancia de cuarenta y dos kilómetros fuimos dos mil locos que aceptamos el reto.
La gente salió a las calles a animar a sus familiares y a los que no. También vi más fotógrafos que en las anteriores ediciones. Quiero recalcar el efecto positivo que ejerce sobre los corredores los carteles que el público lleva. Es estimulante, porque siempre están llenos de inventivas como: “Corre que sí puedes” o “Corre que tu EX viene atrás”. Nos hacen reír y generan adrenalina de la buena para seguir adelante.
“El fulano muro de los treinta y cinco”
Cuando no se tiene una buena alimentación o hidratación, el cuerpo se descompensa y llega el momento en que no te da más, porque se empieza a trabajar con las reservas de electrolitos, de las sales y de los carbohidratos.
El cuerpo es un carro. Tienes que mantenerlo lleno de gasolina o de aceite. No dejar que se vacíe completamente, porque comienza a fallar. Si le falta aceite, se enciende la luz que te indica que hay una falla. Tienes que darle sal porque le estás exigiendo de más. Si no lo haces, llega al punto de colapso y eso, casi siempre, es en el kilómetro treinta o treinta y uno, si no antes.
Cuando llega la “Y”, que es cuando se dividen los grupos de corredores, los que ya van a terminar, se van a la mano izquierda (21K) y los que seguimos hacia los cuarenta y dos, a la derecha. Cuando se llega a esa “Y” se escucha un silencio total. Termina la bulla de ese público que nos venía acompañando y que evita que uno ande buscando “enanitos verdes, marcianos y cualquier otra cosa” en la mente.
Es allí, en el kilómetro veinte, cuando comienza la carrera de los cuarenta y dos kilómetros. ¿Por qué? Porque es cuando estamos más solos en la vía. Está el asfalto y tú y nadie más. No hay quien nos anime a seguir. Es en ese momento cuando comienza mi letanía: “¡Quién coño me manda a venir a correr, yo si soy masoquista!”. Al mismo tiempo me voy contestando: “Sí, soy masoquista, pero los que corrieron veintiún kilómetros no se atrevieron a correr cuarenta y dos y yo sí, y estoy segura de que llego; a qué hora no sé, pero de que llego, llego”.
“Odio Río de Janeiro. Ojalá hagan una campaña para sembrarles árboles, porque es una “peladera de chivo”, jajaja.
Por poco y no hago esta carrera, porque me enfermé en diciembre y no pude cumplir las dos semanas más fuertes de entrenamiento. Eran las distancias más largas y no entrené como era. Al recuperarme, corrí treinta kilómetros como para cumplir.
Cuando voy llegando a la meta digo: “¡Al fin terminé esta vaina!”. Cuando pasas por la California y corres y corres y pasas Altamira, aunque te falten, así sean cinco kilómetros, uno dice: “¡Vamos a ponerle!”. Son dos vueltas a La Fragua y dices “¡Ya llegué!”. Es que esos cinco kilómetros se hacen eternos, pero cuando veo a mi “coach personal”, mi esposo, disfruto ver esa sonrisa que me dice: “¡Llegaste!”.

El remate…
Cuando me faltaban 500 metros en subida, me encontré con un corredor mayor que yo, que me vio y comenzó a hablarme. En ese momento, la rodilla quiso molestarme y yo le dije: “¡Tú si eres arrecha de verdad, cuarenta y dos kilómetros y no te dolió nada!, ¿vas a llegar cojeando?”, estuve a punto de pararme, pero aquel señor me repetía: “¡Respira, suelta los brazos, sigue el ritmo!”.
Con toda esa bulla que había en el ambiente, su voz llegó fuerte hasta mí. No dejé de verlo y hacía lo que él me decía. Cuando le pasé por un lado, chocamos los puños y él seguía aupándome: “¡Viste que sí pudiste, ya llegaste!”.
Al ver a mi esposo le dije: “¡Llegamos, amor!”, y digo llegamos, porque él también estaba en la carrera, en los entrenamientos, en mis madrugadas para ir a entrenar. Al chocarla, entendí que aún debía llegar con dignidad y estilo, pero había que rematar.
Comencé a correr duro y le hablaba a mi rodilla: “Tuviste cuarenta y un kilómetros corriendo, te quedan trescientos y tanto, y ahora vas a empezar a joder. No, no. Muévete, corre, ya llegaste; al pasar la meta te sientas, chillas, pero debes llegar con la frente en alto, nunca tirándote en el piso. ¡Vamos, vamos!”.
La adrenalina me subió de una manera tal que remonté el ritmo y llegué fina. Fue grandioso y, al pasar la meta, solté el aire como diciendo: “¡Llegué!”. Con una uña morada y otra que se cayó, pero esas son heridas de guerra.
Llevo cinco carreras de la CAF. Primero fueron los veintiún kilómetros, y las otras cuatro fueron cuarenta y dos kilómetros. Siempre digo, cuando estoy corriendo: “¿Quién me manda a mí a meterme en este peo?”, pero luego veo que es el reto de lograr hacer los cuarenta y dos kilómetros.
Hay personas que te dicen: “¡Estás loca!, ¿cómo se te ocurre correr tantos kilómetros? Siento que también está el llevarle la contraria al mundo. Los demás lo ven como sufrimiento y, claro, hay momentos de momentos, pero hay que estar en la carrera para saber cuánto se disfruta. El entender que puedo hacerlo y eso me llena por dentro.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
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