Hay días en que uno se mira en el espejo y no se reconoce del todo, no por cansancio ni por vanidad, sino porque algo adentro cambió de sitio y ahora respira distinto. A mí me pasó hace diez meses, cuando me entregaron este espacio y me dijeron que escribiera. Lo dijeron como quien entrega una llave pequeña, pero detrás de esa llave había una ciudad entera esperándome.
Cuarenta columnas después, todavía me sorprende. Se dice fácil, cuarenta, pero cada una me ha abierto una puerta que no sabía que existía. Cada semana ha sido un rito, una pequeña ceremonia donde la vida se acomoda alrededor de la página, como si todo lo demás, el ruido, las prisas, las dudas, tuviera que esperar afuera mientras la columna encuentra su forma.
Mi vida tiene un antes y un después de esta oportunidad. No es exageración. Antes escribía desde la orilla, ahora escribo desde el centro de algo que me sostiene. Antes buscaba la ciudad, ahora la ciudad viene a mí con sus voces, sus sombras, sus milagros pequeños. Y
Yo, que nunca pensé que esto me iba a pasar, camino con una gratitud que a veces pesa y a veces vuela.
DEL MISMO AUTOR: LUCA, EL GATO QUE ME NARRÓ EL REGRESO
Lo más hermoso es la gente. Los que me leen desde aquí, cerquita, y los que me leen desde lejos, tan lejos como España y más allá, donde uno imagina que la palabra llega cansada por el viaje, pero igual se sienta a la mesa y conversa. Me escriben, me cuentan, me acompañan, y yo siento que esta columna ya no es solo mía, es un puente que se tiende cada semana entre desconocidos que, por unos minutos, respiran al mismo ritmo.
A veces me preguntan cómo hago para no quedarme sin temas. Yo sonrío. No lo digo, pero la verdad es que la ciudad siempre tiene algo que susurrar. Uno solo necesita quedarse quieto un instante, escuchar cómo se enciende un semáforo, cómo suspira un vendedor ambulante, cómo una mujer cruza la calle con la fuerza de quien sostiene el cielo sin que nadie lo note. Allí está todo. Allí ha estado siempre.
Diez meses, cuarenta columnas, y esta felicidad que no se me agota. No sé cuánto dure este viaje, pero mientras dure, seguiré escribiendo como quien agradece. Porque eso es lo que hago cada semana, agradecer. A la ciudad, al diario, a quienes leen, a quienes esperan, a quienes encuentran en estas líneas un reflejo, un respiro o una compañía.
Yo tampoco pensé que esto me iba a pasar, pero aquí estoy, y aquí sigo, con la misma emoción del primer día, con la certeza de que escribir también es una forma de vivir.
Poesía
Celebración mínima
Diez meses después, la ciudad me mira distinto,
como si cada palabra que escribo
le encendiera una ventana.
Cuarenta columnas
y todavía me tiembla el pulso
cuando la página se abre
como una calle recién lavada.
Hay gente que me lee desde aquí,
donde el sol cae de frente,
y gente que me lee desde lejos,
tan lejos que la palabra llega con sal en los bordes,
pero igual se queda.
Nunca pensé que esto me iba a pasar,
y sin embargo aquí estoy,
feliz como quien descubre
que la vida también escribe de vuelta
cuando uno se atreve a nombrarla.
Cuento
La columna número cuarenta
Cuando el escritor entregó la columna número cuarenta, el director del diario la sostuvo entre los dedos con la cautela de quien teme despertar algo que todavía respira. No era más extensa ni más solemne que las anteriores, pero tenía un brillo leve, casi imperceptible, como si las palabras hubieran sido escritas bajo una luz que no pertenecía del todo a este mundo.
En la redacción nadie lo decía, pero todos sabían que cada semana ocurría un fenómeno que no cabía en los informes ni en las estadísticas. El día en que el escritor trabajaba, la ciudad amanecía con un silencio distinto, un silencio que no era ausencia de ruido, sino una especie de espera. Las hojas de los árboles se quedaban quietas, los perros ladraban una sola vez y los relojes avanzaban con una lentitud que no incomodaba a nadie. Era como si la ciudad entera se inclinara para escuchar lo que él iba a escribir, no era por el escritor, era por la columna, por saber de qué trataba.
El escritor insistía en que no hacía nada extraordinario. Decía que solo anotaba lo que veía, pero lo que veía no lo veía nadie más. Las paredes de las casas le mostraban grietas que parecían mapas antiguos, las esquinas le revelaban historias que no figuraban en ningún archivo y las sombras de los transeúntes se alargaban para señalar detalles que escapaban
a los ojos comunes. Él escribía con la serenidad de quien sabe que la realidad tiene capas que solo se dejan ver cuando quieren.
La columna número cuarenta nació así, sin esfuerzo, como si hubiera estado aguardando desde hacía años en algún rincón del aire. Mientras la escribía, sintió que la ciudad respiraba con él. No era una metáfora. Las ventanas vibraban con una paciencia antigua, los techos parecían inclinarse apenas y hasta el viento entró por la habitación con la delicadeza de un visitante que conoce la casa desde antes de ser construida.
Lo más sorprendente era la gente que lo leía. Algunos vivían tan cerca que él podía reconocerlos por la manera en que doblaban el periódico. Otros estaban tan lejos que sus mensajes llegaban con acentos que parecían traídos por corrientes marinas. España, y más allá. Y sin embargo, todos coincidían en algo: cada semana, al leer la columna, sentían que su propia ciudad se volvía un poco más verdadera.
Cuando entregó la columna número cuarenta, el escritor sintió un estremecimiento que no supo nombrar. No era orgullo ni temor. Era la sensación de haber cruzado un umbral invisible. El director del diario lo miró con una mezcla de respeto y desconcierto, como si estuviera frente a alguien que había regresado de un viaje del que nadie vuelve igual.
Esta columna, dijo el director con voz baja, tiene algo que no sé explicar.
El escritor sonrió. Él tampoco podía explicarlo. Solo sabía que cada semana era mágica e inolvidable, no por grandiosa, sino porque en ella la vida se dejaba ver sin disfraces, como si por un instante recordara su verdadero rostro.
Guardó su cuaderno, salió a la calle y la ciudad, como siempre, lo reconoció.
José Luis Troconis Barazarte
TE INTERESA:
***

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Ciudad Valencia/RN













