A propósito de nuestra disertación sobre los libros, periódicos y revistas que nos dejaron su huella, continuaremos nuestro terco oficio borroneando unas pocas cuartillas sobre algunas revistas literarias que despertaron nuestro interés y que hoy día nos sirven de material de consulta para compartir nuestras majaderías, con la inmensa minoría de fieles lectores que nos siguen cada semana.
De entrada decimos que fundar una revista es algo quijotesco y un tanto descabellado. Se necesita una buena dosis de paciencia para lograr poner de acuerdo a un grupo de amigos amantes de la literatura en torno a un objetivo común y muy poco o nada lucrativo. La mayoría de las veces emprendemos este raro oficio porque necesitamos un medio para difundir nuestros primeros trastazos en la creación literaria.
Generalmente, comenzamos realizando varias reuniones para decidir las características, el contenido y el público al que irá dirigido nuestro trabajo editorial; seguidamente, escogemos el equipo que estará al frente de la dirección, diagramación, diseño y fotocopiado de los textos, para luego ordenarlos, encuadernarlos y finalmente buscar un mínimo de consenso para ponerle nombre a la quijotada.

Esto último siempre nos ha llamado la atención y despertado nuestra curiosidad, dada la galería de nombres misteriosos e inauditos con que sus fundadores acostumbran denominar sus creaciones literarias. Parece que lo hicieran luego de sumergirse en la fuente de Castalia; de abrir al azar el Diccionario del Diablo de Ambroise Bierce; o de resolver un enigmático criptograma. Siempre nos queda la duda acerca del porqué de determinados nombres.
A aquellos potenciales editores que sueñen con editar una revista les reiteramos que publicar una revista es una empresa quijotesca, que llevamos adelante por puro amor a la literatura y al arte de escribir, aunque al final nuestra quimera no pase de la primera edición, debido a que terminemos sin recibir el subsidio prometido por algún ente público o privado, por tanto, endeudados, peleados con el tipógrafo, y que el número de posibles lectores se limite al reducido grupo de amigos que comparten nuestra bibliofilia, reafirmando lo dicho por el Gabo, y que hemos repetido infinidad de veces: Siempre terminamos escribiendo para los amigos.
Actualmente el número de editoriales, librerías, bibliotecas y revistas culturales se ha reducido o la mayoría han desaparecido, producto de la crisis económica mundial, al punto que el libro se ha convertido casi en un artículo de lujo. No obstante, nos sigue asombrando la cantidad y calidad de revistas publicadas en Venezuela, hasta hace unos pocos años. Nos limitaremos tan solo a nombrar aquellas que han tenido cierta relevancia en el amplio panorama de las letras, esas que han resistido los embates del tiempo y trascendido nuestras fronteras. Desde nuestra subjetividad, haremos mención de las que han tenido una dilatada trayectoria, las que despiertan nuestra curiosidad por su nombre o su temática, o porque nos han dejado honda huella.

Abrimos la lista con tres revistas pioneras nacidas a finales del siglo XIX: El Zulia Ilustrado (1888), primera revista venezolana, fundada por Eduardo López Rivas, El Cojo Ilustrado (1892-1915), fundada por Manuel García Echezuria y Cosmópolis (1894-1895), fundada por Pedro César Dominici, Luis Manuel Urbaneja Achelpol y Pedro Emilio Coll, cuya circulación fue de solo 12 números.
Seguimos con la Revista Nacional de Cultura, fundada en 1938 por Mariano Picón Salas, actualmente bajo la dirección del poeta, Antonio Trujillo. Continuamos con la revista Imagen (1967), que siempre ha contado con un equipo de excelentes directores durante sus 58 años de fructífera vida editorial, y cerramos con las revistas Poesía (1971), fundada por Alejandro Oliveros y Reynaldo Pérez Só, últimamente dirigida por Víctor Manuel Pinto, y Zona Tórrida, fundada por Alejando Oliveros, actualmente bajo la dirección de Luis Alberto Angulo.
Siguiendo el orden de ideas planteado, cabe nombrar las que despertaron nuestra insaciable curiosidad por ser raras avis, como sería el caso de Imaginaria, dirigida por Gabriel Jiménez Emán, dedicada a hurgar en lo inquietante y lo fantástico, cuestión que me atrapó desde la primera vez que conseguí un ejemplar, no recuerdo si en la librería del Sur o en algún remate de libros leídos. Lo cierto es que la entrevista al escritor norteamericano, William Burroughs (1914-1997), integrante de la Generación Beat y autor de El almuerzo desnudo (1959), obra emblemática de la contracultura de los sesenta, sumado a la mayoría de los artículos que encontramos en sus páginas nos convenció de que vale la pena leerla.

Lamentablemente parece que no siguió circulando. También, en esa onda fuera de serie podríamos señalar la revista NANACINDER (1954-1962), revista literaria escrita por los pacientes del psiquiátrico de Bárbula, caso de excepción en la literatura nacional creo que sin ningún precedente hasta la fecha.
Al respecto, el reconocido escritor, Carlos Yusti (Valencia, 1959), le dedica un interesante texto al final de su libro Dentro de la metáfora (2007), editado por el Fondo Editorial del Caribe, del cual tomamos algunos datos que nos parecieron interesantes, como los referidos a que “se editaron veinticinco números sin interrupción, durante 8 años, y allí colaboraron con sus escritos prominentes médicos como el doctor José Solanes; su nombre se decidió por votación de los pacientes y enfermeros, quedando elegido por unanimidad el neologismo “Nanacinder”, de nana (aya) y zinder (apócope de sindéresis) y significa persona de juzgar correctamente.

Finalmente, nombraremos algunas de las tantas que vienen a nuestra mente, y cerraremos esta entrega con aquellas que nos dejaron huella. De las primeras podríamos señalar, a vuelo rasante y aleatoriamente, sin detenernos, por ahora, en fechas, fundadores, directores, ni orden de importancia, las siguientes: Trapos y helechos, Solar, Quimera, Babel, Predios, Folios, Rayado sobre el Techo, Sardio, Talud, Zona Franca, La Oruga Luminosa, La tapa del frasco, Actual, Fábula, Azar Rey, Laberinto, Hipocampo, Garabato, Raíces, Válvula, Cárcava, Entreletras, El Sádico Ilustrado, Trópico Absoluto, Altazor, Escritura, La Tuna de Oro, Titirijí, En Ancas, Arawak, A Pie de Página, El Toro Constelado, Umbra. Alcantarilla, Letralia, Huellas del Sendero, Necronomicón, Rocinante, Memorias de Venezuela, A Plena Voz, Revista Bigott, Revista del Banco Central, Revista de la fundación Polar, Tricolor… entre otras que se nos escapan.
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Como pudimos apreciar, es asombrosa la cantidad y calidad de revistas que se editaron en Venezuela durante el pasado siglo XX y finales del siglo XIX, ojalá este fenómeno editorial se pudiera repetir nuevamente. En relación a aquellas con las que tuvimos la oportunidad de tener una relación más cercana y que ahora forman parte de nuestra memoria y mitología personal, destacamos: Poesía, La Honda y el Pájaro, Estría, Nanacinder, El Alimento Diario y Casa Grande.

Hacemos énfasis en que son muchas las vivencias y evocaciones que estas especialmente nos producen y que nos motivan a decir algunas palabras más de las que ya hemos expresado en reiteradas oportunidades. Pero preferimos poder compartirlas a nuestras anchas en nuestra próxima disertación. ¡Salud Poetas! (Continuará).
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Mohamed Abí Hassan (El Tigre, 1956). Poeta, artista visual y editor independiente. Licenciado en Educación, Mención Artes Plásticas (cum laude), por la Universidad de Carabobo (UC). Ha ejercido la docencia en la UC y en la Universidad Arturo Michelena. Ha sido colaborador en las revistas Poesía y La Tuna de Oro (UC). Primer Premio II Bienal de Literatura Gustavo Pereira, Mención Poesía 2013; Primer Premio IV Bienal de Literatura José Vicente Abreu, Mención Poesía 2016; Primer Premio Concurso Nacional del II Festival 3.0 de Historias Comunales Ramón Tovar (2022).
Formó parte de la Comisión Rectoral del Encuentro Internacional de Poesía de la UC. Coordinó el Taller de Formación de Cronistas Comunales en Mariara, estado Carabobo, auspiciado por el Minci, la Revista Nacional de Cultura y el Centro Nacional de Historia. Actualmente se desempeña como facilitador de talleres de iniciación en la creación literaria, así como talleres sobre patrimonio histórico.
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